El proceso electoral brasileño, que comenzará el domingo y probablemente termine con una segunda vuelta por la presidencia tres semanas después, tiene una importancia internacional indudable. Una nueva reelección de Luiz Inácio Lula da Silva fortalecerá la resistencia regional al imperialismo de Donald Trump y a los avances de fuerzas ultraderechistas aliadas con él, alentando la difícil construcción de alternativas en el escenario mundial. Un triunfo de Flávio Bolsonaro tendrá el significado inverso.
Esta relevancia es muy obvia para Uruguay, uno de los muy pocos países latinoamericanos con mayoría electoral progresista. Nuestra autodeterminación para recorrer el camino que la ciudadanía prefirió en las últimas elecciones sería menor si nos rodearan gobiernos alineados con Trump. Aun quienes piensan que la mayoría del electorado se equivocó deben aceptar su mandato y defenderlo ante las presiones externas, sin emular el triste papel desempeñado por Eduardo Bolsonaro, hermano de Flávio, cuando abogó en Estados Unidos por una agresión económica que no afectó solo al gobierno de Lula, sino a todo Brasil.
De todos modos, la ciudadanía brasileña no va a votar en función de lo que considere conveniente para Uruguay, para nuestra región o para el mundo. Cada persona decidirá, sobre todo a partir de opiniones sobre la situación de su país y la propia, lo que crea necesario para mejorarlas, las propuestas y características de los candidatos y la credibilidad que les adjudica.
En este sentido, es preciso tener presente que, con independencia de los logros de Lula durante sus gobiernos, en el gran país vecino hay partes semejantes a su favor y en su contra. Lula ganó su actual mandato en segunda vuelta y por menos de dos puntos porcentuales. Según las encuestas, hoy persiste una relación pareja de fuerzas entre lulistas y antilulistas. Así se plantea la polarización, centrada en un líder de 80 años sin relevos a la vista, y sería necio atribuirla solamente a la ignorancia y el engaño.
La sociedad brasileña sigue siendo muy desigual, y no ha superado problemas estructurales como el poderío del agronegocio y del crimen organizado, el retroceso de la industria (con las consiguientes caídas del empleo de calidad y de la sindicalización), la fragmentación y la corrupción del sistema partidario, que inciden en la designación del Supremo Tribunal Federal, el oligopolio de los medios de comunicación masivos tradicionales y un fuerte peso de creencias religiosas alienantes. Todo esto afecta la calidad de la democracia y crea un ambiente propicio para las fuerzas regresivas.
Limitaciones como las antedichas afectaron los resultados de los gobiernos progresistas latinoamericanos, sobre todo cuando la caída de precios internacionales redujo los recursos disponibles para políticas sociales. Aquí, como en Brasil y en el resto de la región, no solo es preciso lograr más y mejor crecimiento económico, sino también apostar al desarrollo humano y profundizar la democratización. Para nuestro país será más difícil si gana Bolsonaro, pero no va ser Lula quien nos lo resuelva.
