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Opinión Editorial
Foto principal del artículo 'Una alianza progresista hemisférica' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Una alianza progresista hemisférica

No hay una página en Wikipedia acerca del Congreso Panamericano (CP), y antes de que se anunciara la realización de su tercer encuentro en Uruguay, inaugurado ayer en el Palacio Legislativo, es probable que fueran relativamente pocas aquí las personas informadas sobre la existencia de esta plataforma, que se constituyó hace apenas dos años en Colombia.

En aquella primera edición había delegaciones de ocho países que incluían a legisladores del Partido Demócrata estadounidense; en la segunda, el año pasado en México, fueron 12; ahora son 15, y además de la cantidad creciente importa el significado estratégico. Mientras el gobierno presidido por Donald Trump impulsa e impone relaciones de vasallaje en las Américas, con políticas de intervención económica, política y militar, en el CP se coopera para construir una visión progresista colectiva, con vínculos de solidaridad entre los pueblos y de soberanía entre las naciones.

Esta plataforma posee una mayor flexibilidad para la búsqueda de acuerdos que la de organizaciones con representación formal de fuerzas políticas nacionales, como el Foro de San Pablo, y una representatividad actualizada, a diferencia de las integradas por personas, como el Grupo de Puebla. Tiene, entre otras características, potencial para contrapesar la incidencia internacional creciente de la coordinación entre fuerzas políticas de ultraderecha, con dos ventajas relevantes.

Por un lado, el internacionalismo reaccionario de estos tiempos entraña una contradicción interna profunda, porque sus conductores en cada país invocan el nacionalismo. Pueden compartir –y lo hacen– un relato contra el progresismo y un repertorio de procedimientos para combatirlo, pero Trump procura que Estados Unidos gane poder a expensas del resto del mundo, y solo es posible secundarlo desde posiciones subordinadas, que traicionan las promesas de los otros líderes a sus pueblos.

Por otro lado, la ultraderecha de este siglo fomenta una polarización que absorbe o debilita a las fuerzas políticas tradicionales de derecha, centroderecha y centro. El tejido de alianzas progresista planteado por iniciativas como la del CP, por el contrario, respeta y fortalece una diversidad de posiciones, dándoles así sustento y sentido a las reglas de juego democráticas que la ultraderecha socava.

No es menor ni casual que Uruguay sea sede de esta tercera edición del CP. En la actualidad, nuestro país es uno de los pocos en la región con un gobierno democrático progresista, y no cuenta con la riqueza y el peso internacional de Brasil y México. Esto implica la necesidad de actuar en varios frentes simultáneos con inteligencia y amplitud de miras, desde el plano de la política exterior estatal hasta el partidario.

La coyuntura actual de la región impone –en especial hasta que se despejen este año las incógnitas de las elecciones en Brasil y Estados Unidos– que en algunas áreas nos mantengamos a la defensiva o trabajemos para reducir daños, mientras diversificamos nuestros puntos de apoyo y elegimos nuestras batallas. Ser anfitriones del CP abre perspectivas que valen la pena.