El 1° de setiembre, una estudiante de medicina de 19 años fue apuñalada, reiteradamente, por un hombre de 19 años, también estudiante de esa facultad. Una tentativa de femicidio que la Justicia sustanciará en el marco del debido proceso y garantías para el victimario, como corresponde.
Además de compartir mi solidaridad con la estudiante, sus familiares y amigos, propongo aquí reflexionar sobre lo ocurrido en las horas posteriores y la complejidad que lo precede, para desembocar en algo así de terrible.
Un intento de femicidio, lesiones graves a una mujer en un espacio de comunidad, es todo lo contrario a un episodio aislado. Este hecho se inscribe en un flagelo social grave que lo precede.
Esta violencia nunca nace de un gajo. Se construye, se trasmite y, lo peor, se normaliza.
Como han explicado muchos profesionales y algunas autoridades, las enfermedades de salud mental de un individuo (en caso de que las haya, se pericien y se confirmen) no explican solas la agresión de un hombre a una mujer, más con estos niveles de violencia y de daño. No es un ataque a un cuerpo cualquiera ni a otro hombre.
Salud mental y violencia de género no son contrapuestas ni mucho menos excluyentes. Las condiciones individuales no reemplazan las categorías sociales. No hay atajos. Sería mucho más cómodo repartir culpas y quitarnos el sayo. No se trata de culpas. Esa es una coartada (y falsa).
Que en 2026 no podamos distinguir la categoría violencia de género también es “información” que deja este episodio.
En Uruguay, cada 11 días se mata o se intenta matar a una mujer por su condición de género. Se registra una denuncia por violencia doméstica cada 12 minutos. Hay entre 18 y 30 femicidios al año y miles de denuncias; 35.000 en 2025. Más que una isla, es un archipiélago. Es imposible seguir eludiendo la lectura estructural. No hay atajos interpretativos que nos absuelvan. Es más: las “fallas del sistema”, esas que buscamos desesperadamente para tratar de explicar, son parte de la dimensión estructural de la violencia.
Comencemos entonces por el primer acto político: nombrar. Llamemos a las cosas por su nombre. Tentativa de femicidio. Violencia basada en género. Empiezo por el lenguaje porque es central para poder pensar. No solo para nombrar las cosas, sino para asumirlas. Es curioso cómo hablar de violencia, atravesar el fenómeno con el lenguaje, genera más incomodidad que el acto mismo de violencia.
Pensemos en todas las voces que en estas horas objetan las movilizaciones: “¿qué van a conseguir parando?”, “¿qué vamos a evitar marchando?”, “¿para qué sirven las declaraciones y los espacios de reflexión?”. Es paradójico que nombrar incomode más que los actos que se nombran.
Visto el elefante en la habitación, ¿cómo seguimos? Deberíamos seguir por desentramparnos del círculo perverso; buscar respuestas que se desenganchen de la noria, desencializar la violencia. Pensarla. Si no cambiamos, cada vez que las cámaras iluminan una escena como esta, la violencia no pasará de ser una impugnación moral.
Cuando ocurre este hecho feroz, ¿hacia dónde miramos intuitivamente los ciudadanos? Hacia el sistema político, la referencia ciudadana inmediata. Pero resulta que los espacios de representación política son un escenario cotidiano de misoginia y de violencia. La violencia de género tiene rayos atroces, como este; y otros que hemos integrado, como los ríos y las estaciones, al orden natural de las cosas.
Hoy hay algunos senadores de la República, de la oposición, que exhiben permanentemente un discurso violento y misógino. Un senador en funciones habla de “la estupidez de género y génera; la burocracia de género, la plata tirada en los talleres de sensibilización”. Otra senadora afirma que “con la ley de género todos los hombres están en libertad condicional”. “Tenemos un problema serio. Cada vez que la mujer dice una cosa, dice la verdad”. “Se quiere imponer a los niños una ideología de género, por la cual los heterosexuales pasamos a ser una minoría discriminada”. “Cuidado con las decisiones que limitan nuestra libertad: el lenguaje inclusivo no solo es adoctrinamiento por una ideología, sino también hacernos más ignorantes”. Un representante nacional en funciones dice: “La ley de género es un mamarracho jurídico que destruye las garantías del debido proceso y asume que el hombre es culpable por el solo hecho de ser hombre”.
Entonces, si además de nombrar el árbol vemos el bosque, la cosa cambia. Es evidente que hay algo muy hondo, estructural, en los cimientos mismos de la sociedad: ese es el patriarcado. La violencia es la expresión del patriarcado en el que crecimos, nos educamos y se educan las generaciones actuales. Nos precede y, tristemente, promete acompañarnos por un largo rato.
El patriarcado –que incomoda con solo nombrarlo– no es otra cosa que una forma de dominación que construye subjetividades, habilita conductas y actúa en infinitas microviolencias (y no tan micro).
A esa sociedad la organiza el Estado. ¿Dónde queda el Estado en este orden de cosas?
El Estado moderno es una construcción relativamente reciente en términos históricos, muy posterior al patriarcado y a la violencia.
En Uruguay el 52% de la gente cree que el feminismo llegó demasiado lejos. Y no. No es que la igualdad llegó demasiado lejos, es que nunca llegó. No debería ser normal que todas las mujeres tengamos una historia de violencia que contar.
El Estado tuvo siempre vocación de responsabilidad sobre las cuestiones de seguridad pública (ha llevado siglos correr los visillos de los hogares y perseguir la violencia privada, intrafamiliar). Incluso las versiones más reduccionistas tienen entre sus competencias la seguridad.
Con esto quiero decir que también es un atajo diluir la responsabilidad en un imaginario social escurridizo. Ni es un loquito suelto y aislado, ni somos todos responsables por igual.
El pacto democrático en el que todos participamos se fricciona con la violencia y el delito, que amenazan la trama social. La repetición cotidiana y variada de violencia produce un efecto de normalización del paisaje de la crueldad.
Por eso la respuesta debe ser orgánica e inequívoca. Empieza por nombrar; participar sin titubeos en un mismo diagnóstico político que no fracture y no exculpe. Nombrar y hacer.
Se ha hecho muchísimo. Hemos avanzado en las últimas décadas. El derecho es la foto de los bordes que consiente una sociedad en una época, y la foto es mucho mejor. Ha nombrado y ha atrapado conductas violentas. No todas. Sí muchas.
Claro que los avances nunca son por generación espontánea, sino que son la síntesis política de su tiempo. Aquí está el punto de fricción actual. Lo que hoy ocurre es que hay conductas violentas que no llegan a ser delito, pero son social e individualmente reprochables. Ahí radica el ruido. Nos violentan conductas que todavía no terminamos de condenar.
¿Qué hacer entonces? ¿Hay que seguir escribiendo leyes? Seguramente sí. Pero no alcanza. Es más complejo todavía. Lo único que removerá las raíces es un cambio cultural. La película, no solo la foto. Urge refundar las bases estructurantes de la convivencia entre géneros.
El derecho es imprescindible, pero siempre es posterior. Por eso es incoherente pedir anticipación y a la vez descansarse en el sistema judicial.
Finalmente, cuando pase el impacto y las cámaras se vayan a iluminar otras cosas, cuando podamos trascender la rabia y la impotencia, ¿cómo seguimos?
Haciendo lo mismo, seguiremos igual.
Hay cosas que ocurren para enseñarnos el sentido más profundo de la palabra irremediable. Otras que ayudan a abrirnos los ojos; a obligarnos a mirar donde nunca queremos ver. A veces, ambas coinciden.
Quizás la pregunta que tengamos que hacernos no sea ya ¿qué más tiene que pasar?, sino ¿de qué otra forma, de qué nuevas formas tenemos que reaccionar? Yo siento que no alcanza con las instituciones si no mueven los cimientos culturales.
El advenimiento de las izquierdas ha representado y representa enormes transformaciones en la vida de la gente más excluida, más rezagada en muchísimos sentidos. De la mano de los progresismos y del giro a la izquierda ocurrieron avances reales en la agenda de derechos de las mujeres.
Pero las izquierdas clásicas también cedieron a la tentación de monopolizar las respuestas. Con la caja de herramientas de los progresismos orgánicos se pretendió atender y contener todas las demandas sociales y las injusticias históricas. La vida ha demostrado que esa vocación de universalidad fue superada por la complejidad de nuestras sociedades contemporáneas.
No vamos a superar la estructura patriarcal ni sus consecuencias más violentas únicamente con respuestas institucionales clásicas.
Sofisticar el Estado y la propia democracia es urgente. Pero además se precisan nuevas formas de participación; subvertir los cánones de dominación que nos atraviesan a todos.
En Uruguay el 52% de la gente cree que el feminismo llegó demasiado lejos. Y no. No es que la igualdad llegó demasiado lejos, es que nunca llegó. No debería ser normal que todas las mujeres tengamos una historia de violencia que contar. Chistes. Comentarios inapropiados. Difusión de contenidos. Abuso. Silencio. Caminar con la llave en la mano. Quedar en avisarnos cuando llegues. Que no llegues.
La violencia simbólica que define Pierre Bourdieu y la brutalidad en la Facultad de Medicina.
Hace falta aceptar con humildad que no estamos pudiendo, que hay que cambiar la cabeza. Renovar la savia. Reinventarnos con audacia. Como dice inmejorablemente Pablo Stefanoni: “La política no se dirime solo en el Estado, sino también en la disputa por el sentido común”.
Hoy, cuando parecen vencidos todos los plazos; hoy también hay reacción: jóvenes que reaccionan rápido y bien, lejos de la espectacularidad. Gente joven que piensa y busca bajito, sin estridencias. Estudiantes que siguen marchando, porque saben que lo ocurrido es más violento que cualquier protesta.
Hay una generación bastante harta y conmocionada. Eso es esperanzador.
Lo que conmueve conduce.
Laura Fernández es abogada.