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Opinión Posturas

La infraestructura invisible del mérito

Cuando pensamos en el éxito masculino solemos imaginar una historia de esfuerzo individual. Un hombre trabaja, se sacrifica, asciende, acumula prestigio y finalmente alcanza una posición de reconocimiento. La narrativa es conocida: talento, disciplina, perseverancia. Lo que rara vez aparece en esa historia es la infraestructura humana que la hizo posible.

Ninguna trayectoria existe en el vacío. Detrás de muchas carreras exitosas hay una enorme cantidad de trabajo destinado a garantizar que alguien pueda dedicar tiempo, energía y concentración a construir una vida profesional. Históricamente, gran parte de ese trabajo fue realizado por mujeres.

Las feministas marxistas Mariarosa Dalla Costa y Selma James llamaron la atención, ya en los años 70, sobre algo que parecía obvio pero que rara vez era pensado como parte de la economía: cocinar, limpiar, criar hijos, cuidar enfermos y sostener hogares también es trabajo. Silvia Federici profundizó posteriormente esta idea mostrando que el capitalismo no depende únicamente de quienes producen mercancías, sino también de quienes reproducen diariamente la vida de quienes trabajan.

Sin embargo, cuando celebramos un ascenso, un premio o una carrera extraordinaria, rara vez nos preguntamos quién estaba resolviendo todo lo demás. Quizás por eso la historia del éxito masculino también pueda leerse como la historia de miles de mujeres que aprendieron a interrumpirse a sí mismas. Mujeres que abandonaron estudios porque la carrera de su marido requería una mudanza. Mujeres que redujeron sus aspiraciones laborales cuando nacieron los hijos. Mujeres que organizaron la logística cotidiana para que otro pudiera concentrarse en construir prestigio, riqueza o poder.

La política ofrece ejemplos particularmente visibles. Conocemos las trayectorias de presidentes, senadores, ministros e intendentes. Mucho menos sabemos sobre las renuncias, los trabajos invisibles y las reorganizaciones de vida que acompañaron esas carreras.

Durante gran parte del siglo XX, la esposa ideal de un político debía estar disponible para acompañar campañas, recibir invitados, administrar el hogar, sostener emocionalmente a la familia y criar hijos en contextos atravesados por horarios impredecibles, viajes y exposición pública. Rara vez esas tareas fueron consideradas trabajo político. Eran presentadas como amor, compromiso o vocación familiar.

Mientras tanto, el capital político se acumulaba en otra persona. Nancy Fraser ha señalado una contradicción fundamental de nuestras sociedades: el sistema económico depende del trabajo de cuidados para reproducirse, pero funciona como si ese trabajo apareciera espontáneamente. Como si siempre existiera alguien disponible para cocinar, escuchar, acompañar, contener, planificar y reparar los daños que produce la vida cotidiana.

La consecuencia es una distribución desigual del tiempo y de las oportunidades. Algunas personas pueden dedicar años a construir una carrera porque otras dedican esos mismos años a sostener las condiciones que la hacen posible.

Esto también obliga a revisar una figura profundamente arraigada en nuestra cultura: la del hombre proveedor. Durante generaciones se nos enseñó que el proveedor era quien sostenía económicamente a la familia y que, por esa razón, ocupaba una posición central dentro del hogar. Sin embargo, esa imagen oculta una paradoja. El proveedor solo puede proveer porque alguien sostiene cotidianamente las tareas que permiten que él esté en condiciones de hacerlo.

La independencia masculina ha estado históricamente acompañada por una dependencia que rara vez se reconoce. Pero quizás la pregunta más incómoda no sea quién sostiene el éxito masculino, sino para quién se construye.

Mientras el éxito continúe apareciendo como una hazaña puramente individual, seguirá siendo difícil reconocer la red de dependencias, cuidados y desigualdades sobre la que descansa.

La socióloga Raewyn Connell mostró que la masculinidad no se juega únicamente en la relación con las mujeres. También se construye en una búsqueda permanente de reconocimiento entre hombres. El prestigio, la autoridad, el dinero o el poder funcionan como formas de validación dentro de jerarquías masculinas.

La teórica Eve Kosofsky llamó a esto una lógica homosocial: formas de vínculo en las que la mirada de otros hombres adquiere una importancia central. Tal vez por eso muchos de los logros que obsesionan a los hombres impresionan más a otros hombres que a las mujeres.

El empresario compite con otros empresarios. El académico busca reconocimiento de otros académicos. El político mide su relevancia comparándose con otros políticos. Gran parte de la energía masculina se orienta hacia la obtención de prestigio frente a pares masculinos. Las mujeres suelen aparecer en esa historia como apoyo emocional, administradoras de la vida cotidiana o símbolos de estatus, pero rara vez como las destinatarias principales de esa búsqueda de reconocimiento.

Esta observación permite comprender el éxito masculino de una manera más compleja. No se trata únicamente de una relación de desigualdad entre hombres y mujeres. También se trata de un sistema de competencia y validación entre hombres, que necesita, para existir, una enorme cantidad de trabajo reproductivo y afectivo realizado fuera de los espacios donde se distribuyen el prestigio y el poder.

Heidi Hartmann y, más recientemente, autoras como Tithi Bhattacharya han mostrado que capitalismo y patriarcado no funcionan como sistemas separados. La producción económica necesita cuidados. Necesita cuerpos alimentados, educados, acompañados y emocionalmente sostenidos. El problema es que esas tareas continúan distribuyéndose de manera profundamente desigual.

Así, mientras que algunos acumulan reconocimiento, otros acumulan responsabilidades. Mientras que algunos construyen una biografía pública, otros garantizan silenciosamente las condiciones para que esa biografía pueda existir.

La metáfora de la montaña sigue siendo útil. Solemos admirar únicamente la parte visible del paisaje: el cargo, el prestigio, el patrimonio o los logros profesionales. Lo que queda fuera de la fotografía son los cuidados cotidianos, las renuncias silenciosas, el tiempo transferido y todas esas formas de trabajo que rara vez contabilizamos cuando hablamos de mérito.

Quizás la pregunta no sea si los hombres exitosos merecen sus logros, sino qué dejamos de ver cuando contamos la historia de esos logros. Porque mientras el éxito continúe apareciendo como una hazaña puramente individual, seguirá siendo difícil reconocer la red de dependencias, cuidados y desigualdades sobre la que descansa. Y tal vez una sociedad más justa empiece precisamente por ahí: aprendiendo a mirar todo aquello que hasta ahora permaneció fuera de escena.

Yasy Lambiasse es licenciada en Relaciones Internacionales.