Nos toca presenciar una edición más de las pruebas PISA. Ya van más de 20 años que el país participa en este estudio comparativo, que supo despertar y aún despierta las más diversas reacciones. Por un lado, desde la perspectiva de los detractores, las pruebas estandarizadas estarían armadas en función de objetivos que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos establece más allá de la capacidad que tiene el país de incidir en su definición. Se trataría de que parte de la soberanía pedagógica estaría en juego al exponer al sistema educativo a estándares de calidad que no tienen por qué coincidir con las definiciones políticas del país. Por otro lado, los defensores de PISA sostienen que, con la inclusión de Uruguay a las pruebas, nuestro país ingresó en el mundo de las evaluaciones comparativas que permiten conocer cuáles son los resultados de aprendizaje en las áreas fundamentales. Así podríamos salir de nuestra insularidad autocomplaciente que no admitía ninguna comparación, ni siquiera con nosotros mismos.
Estas dos perspectivas abren líneas interesantes de debate, pero algo más parece haber cambiado desde que PISA se instaló en el escenario de la política educativa uruguaya. El año pasado presentamos un libro que se desarrolló como parte de un proyecto de investigación en conjunto con Nicolás Bentacur, María Eugenia Ryan y Rodrigo Cordara, en el cual entrevistamos a diferentes autoridades de educación secundaria y el Codicen que se habían desempeñado desde la transición democrática hasta 2020. La intención del libro era analizar cómo se conectaban los diagnósticos sobre la situación educativa con los instrumentos de política. Una cosa que nos sorprendió fue cuánta importancia los diferentes actores le atribuyeron a PISA. Lo que la investigación no pudo obviar fue cuánto se resaltó la capacidad para modificar la percepción de los problemas educativos.
Incluso, podríamos decir que PISA, al establecer un análisis comparativo con otros países, nos permitió descubrir lo que se ha venido planteando como la “paradoja de PISA”: los resultados en aprendizajes en las áreas que se evalúan no se corresponden con los niveles de egreso de la educación media cuando realizamos la comparación con los otros países de la región. Tenemos niveles de aprendizaje que nos ubican en los primeros lugares de América Latina, pero aparecemos en los últimos lugares de la tabla cuando se trata de medir los egresos de la educación obligatoria. ¿Cómo explicarlo?
Y esto nos permitió plantear algunas hipótesis de lectura que son las que les dan sentido a las políticas educativas actuales: no estamos frente a una gran crisis educativa como algunos sostuvieron a partir de las mismas lecturas de los resultados, sino que el sistema educativo de media fue estructurado como un mecanismo de selección para los que iban a realizar estudios universitarios. Se trata entonces de cambiar la forma de funcionamiento para que empiece a responder a criterios de atracción y no selección de los estudiantes, como lo planteaba Carlos Vaz Ferreira a comienzos del siglo pasado.
A partir de esta nueva edición podemos decir que hoy tenemos más estudiantes aprendiendo y, sin embargo, la calidad de los resultados de aprendizaje se ha mantenido casi estable.
Pero muchos comenzaron a sostener que la idea de volver más atractiva o, en un lenguaje actual, más inclusiva la educación media estaba volviendo al sistema educativo menos exigente; en otras palabras, hacer lugar a aquellos que la educación expulsa era una forma de bajar la calidad de la educación en la actualidad. Desde esta perspectiva no se considera posible pensar una educación de calidad y que al mismo tiempo pueda abarcar a la totalidad de los y las adolescentes uruguayas.
Gracias a PISA hoy podemos decir que esta presunción no era más que un prejuicio. A partir de esta nueva edición podemos decir que hoy tenemos más estudiantes aprendiendo y, sin embargo, la calidad de los resultados de aprendizaje se ha mantenido casi estable, con algunas pequeñas modificaciones, pero que no son muy relevantes. Y no solamente tenemos más estudiantes y mantenemos los resultados, sino que además esos estudiantes hoy repiten menos de lo que ocurría en ediciones anteriores. Entonces, no es muy arriesgado plantear que la repetición está muy lejos de ser un mecanismo que permite mejores aprendizajes. Y eso hoy lo podemos saber gracias a PISA. Entonces, también este instrumento puede ser utilizado para ver cómo ciertas políticas que discutían la repetición desde hace varias administraciones parecían estar en lo cierto.
Más allá de las diferentes posiciones que se pueda expresar en torno al instrumento, y que son totalmente legítimas –sostener la evaluación de las políticas en clave exclusivamente externa sacrificaría aspectos de la realidad educativa importantes de medir, del mismo modo que confiar solo en instrumentos nacionales no nos permitiría percibir fenómenos que se producen a escala global–, está claro que también podemos usar PISA para poder evaluar lo que queremos llevar adelante y contar con algunos insumos comparativos para ver si con relación a otros logramos mejorar, pero, sobre todo, ver la larga duración en relación con nosotros mismos. 20 años es poco, pero también en otros aspectos ofrece bastantes insumos que nos ayudan a entendernos mejor.
Antonio Romano es director ejecutivo de Políticas Educativas de ANEP.