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El logotipo de la candidatura de Qatar 2022 para el Mundial de fútbol junto a un estadio en Doha. / foto: Stringer, Efe (archivo, setiembre de 2010)

Lejos de casa

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En tres meses murieron 44 inmigrantes mientras trabajaban en obras para el Mundial de Qatar 2022.

Extranjeros que trabajan en condiciones de semiesclavitud y recurren a las embajadas para pedir refugio, confiscación de pasaportes y retención de salarios, operarios que sufren crisis cardíacas o accidentes laborales. Esos fenómenos acompañan los preparativos para el Mundial de fútbol de Qatar, que se celebrará en nueve años.

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La Confederación Internacional de Sindicatos calculó que al menos 4.000 trabajadores inmigrantes morirán en las construcciones para el Mundial de Qatar 2022 si no se cambian las condiciones de seguridad. Así lo informó el diario británico The Guardian, que la semana pasada publicó una extensa investigación realizada en el pequeño emirato árabe, rico en petróleo y gas.

Desde que Qatar fue designado sede del Mundial, organizaciones internacionales de derechos humanos han advertido de atropellos, como la persecución a los homosexuales. Eso no pareció incidir en la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA). Su presidente, Joseph Blatter, en una conferencia de prensa tras el anuncio de la adjudicación a Qatar, recomendó a lesbianas y gays que se abstuvieran de “tener relaciones” durante el campeonato para no ser reprimidos por las autoridades locales.

Una de las principales críticas apunta al sistema laboral kafala que se utiliza en ese país, por el cual el empleado extranjero es “patrocinado” por su empleador, lo que genera una fuerte relación de dependencia, casi esclavizante. El “patrocinante” puede, por ejemplo, confiscarle el pasaporte, suspenderle el pago del sueldo, disponer el horario de su jornada e incluso impedirle la salida del país.

Esta situación ha sido denunciada por instituciones como Human Rights Watch (HRW) o la Confederación Internacional de Sindicatos, e incluso ha causado problemas a los jugadores de fútbol extranjeros que han participado en la liga qatarí.

En el fútbol también

El marroquí Abdeslam Ouaddou jugó en el Nancy-Lorraine francés y el Fulham inglés antes de llegar en 2010, y con un contrato de dos años, al Lekhwiya Sports Club, propiedad del príncipe heredero de Qatar, Tamim bin Hamad al Thani, también propietario del Paris Saint-Germain. Tras su primer año en el cuadro lo pasaron a otro equipo, Qatar Stars League. “Pasé de un club a otro como por arte de magia, simplemente me mostraron un nuevo contrato por otros dos años y me presionaron para que lo firmara”, aseguró. Al año quisieron rescindir su contrato sin pagarle indemnización, a lo que él se negó.

Fue sometido a una fuerte presión, según denunció. Entre otras cosas lo obligaron a entrenar al sol con temperaturas de 40 y hasta 50 grados, y dejaron de pagarle su salario. Transcurridos tres meses, decidió desistir en su postura, denunciar la situación ante la FIFA y volver a Francia. Pero su “patrocinador” le negó el visado de salida si no retiraba la demanda ante el organismo. Ouaddou redobló el tono y amenazó con dirigirse a instituciones humanitarias, y finalmente le permitieron dejar el país.

En 2012, a instancias de una denuncia de HRW, el subsecretario de Trabajo, Hussain al Mulla, aseguró a la cadena CNN que el gobierno buscaría que se descartara este sistema y que se sustituyera “por un contrato firmado por las dos partes”.

El Comité Supremo de Qatar 2022 y la FIFA se han comprometido a mejorar las condiciones de seguridad laboral, al menos para los que trabajen para el Mundial, pero ese compromiso no parece haberse cumplido.

Respuesta a la demanda

Qatar es un país pequeño, tiene poco más de dos millones de habitantes, de los cuales se estima que sólo 20% son nacidos en su territorio. La mano de obra nacional para la construcción de la infraestructura para el torneo -transporte, hoteles y 12 estadios- es escasa, y se calcula que para complementarla llegaron 1,2 millones de extranjeros. La mayoría de ellos son indios, nepalíes, iraníes o del norte de África.

Desde el comienzo la actividad laboral fue seguida de cerca por la Confederación Internacional de Sindicatos, cuya secretaria general, Sharan Burrow, señaló que los derechos de los trabajadores no se respetan. “Qatar no ha hecho lo fundamental, no tiene ningún compromiso con los derechos humanos”, acusó Burrow.También lo denunció así la Organización Internacional del Trabajo de Naciones Unidas, cuyo representante de los países árabes, Azfar Khan, aseguró que si bien Qatar firmó el convenio internacional sobre trabajo de migrantes, “muchos de los abusos que pueden llevar al trabajo esclavo siguen sucediendo”. Khan también señaló que las inspecciones que el gobierno se comprometió a realizar no se han concretado, y dio a entender que esto puede deberse a falta de voluntad política.

Las declaraciones públicas de Khan llegaron después de que The Guardian denunciara que 44 trabajadores nepalíes murieron durante su horario laboral en las obras del Mundial entre junio y agosto -los meses veraniegos- y que miles viven en condiciones deplorables, encerrados en grandes sótanos divididos en pequeñas habitaciones ocupadas por 12 o 14 personas.

Los trabajadores contaron cómo pasan sus días: sin cobrar sus salarios, deshidratados -les niegan agua cuando tienen que soportar temperaturas de hasta 40 y 50 grados-, con una o dos comidas al día, sin permiso para moverse en solitario -son trasladados a diario del lugar para dormir al de trabajo- y con jornadas de unas 15 horas. Sin pasaportes ni permisos para tramitar sus documentos de identificación, los inmigrantes se convierten en ilegales si pierden el apoyo de su “patrocinador”.

Las imágenes filmadas por el diario británico muestran cocinas en las que abundan las cucarachas y la suciedad, y baños en condiciones sanitarias inaceptables, por lo que los trabajadores suelen estar enfermos, aunque no reciben atención médica. En estas condiciones la muerte por paro cardíaco o el empeoramiento de cualquier infección están a la orden del día.

En muchos de los casos expuestos por The Guardian se denuncia que además del sistema casi esclavizante de trabajo muchos trabajadores extranjeros llegan a Qatar engañados acerca del empleo en el que se van a 
desempeñar, cuánto van a cobrar o dónde van a residir. A algunos les habían prometido que trabajarían en sus oficios -electricistas, sanitarios, plomeros-, que cobrarían diez veces más de lo que recibían hasta entonces en sus países, que se alojarían en hoteles y les darían un auto, por ejemplo. Pero una vez en el emirato la situación era muy distinta y cuando quisieron irse no se lo permitieron.

El embajador de India en Qatar informó a The Guardian que 82 trabajadores de su país murieron en los primeros cinco meses de este año y que 1.460 se quejaron en el consulado, aunque fueron pocos los que pidieron refugio. No sólo les quitan el pasaporte, sino que a veces también se lo cobran si solicitan que les sea devuelto, a unos 500 dólares. Por eso la sede diplomática puede ser la única salida.

Semanas atrás, la embajadora de Nepal, Maya Kumari, denunció públicamente que cada mes unos 30 inmigrantes piden refugio en la embajada y dijo a BBC que Qatar es “una cárcel abierta” para que los trabajadores de su país entren en ella. Tras sus declaraciones fue despedida, a pedido del gobierno qatarí.

Manijeado

“Claramente hubo influencia política directa. Los cabezas de gobierno europeos sugirieron a los miembros de la FIFA que votaban que diesen su elección a Qatar por el amplio interés financiero que está vinculado con ese país”. Con estas palabras el presidente de la FIFA confirmaba en declaraciones al periódico alemán Die Zeit, el 19 de setiembre, algo que se consideraba un secreto a voces: los gobiernos europeos, guiados por sus intereses económicos, recomendaron a sus representantes ante la FIFA que votaran por ese país como sede del Mundial 2022.

La candidatura de Qatar venció en diciembre de 2010 a países como Estados Unidos, Corea del Sur, Japón y Australia, decisión envuelta en sospechas de compra de votos en tiempos de crisis. No ayudó a que cesaran esas críticas el hecho de que la Fundación Qatar firmara con el club catalán Barcelona un contrato para patrocinarlo por 150 millones de dólares, con el que inauguró la publicidad paga en su camiseta. O que unos meses después el entonces heredero y hoy emir qatarí comprara el Paris Saint-Germain.

Ni siquiera impidió la adjudicación a Qatar el hecho de que la comisión técnica que analizó las propuestas ubicara la suya en último lugar. En sus declaraciones públicas, Blatter reconoció que “fue un error” elegir a ese país por la falta de condiciones técnicas, empezando por las altas temperaturas que hay a mediados de año, época en la que se juegan los mundiales desde 1930.

Qatar pretendía mitigar los problemas con la construcción de estadios con sistemas de climatización, o incluso fabricar “nubes capaces de hacer disminuir hasta 20 grados las temperaturas de los estadios”, según las autoridades. Pero la FIFA insistió con el cambio de fecha, preferentemente a enero de 2022, para lo cual hay tres grandes obstáculos: las ligas nacionales de fútbol deberían modificar sus calendarios, el Comité Olímpico Internacional tiene previstos para esa fecha los Juegos de Invierno, y la cadena Fox, dueña de los derechos de transmisión de los mundiales de 2018 y 2022 -pagó 245 millones de dólares para ello-, advirtió que no le conviene porque coincide con la temporada de fútbol americano en Estados Unidos.

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