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Presentación del mapa de desplazados forzados en la dictadura, el 12 de noviembre, en el Campus Luisi Janicki.

Foto: Gianni Schiaffarino

Un mapa del Medio Mundo y su entorno en los años 70 es parte del proyecto Memorias afrouruguayas

3 minutos de lectura
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La iniciativa, dirigida por investigadores de la Udelar, busca que no quede en el olvido el desarraigo que sufrieron esos habitantes de Barrio Sur y Palermo.

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Silvia González sostiene el mapa entre las manos como si fuera una llave, como si el papel abriera algo que creyó perdido para siempre. “Más que un papel es un gran documento”, dice. Lo mira un rato y su voz se quiebra, como si dentro del mapa estuviera guardado el latido de un barrio que le arrancaron hace más de 40 años. “Esto se lo puedo mostrar a mis nietos para que entiendan la verdad. Lo que vivió su abuela. Lo que sufrimos”.

Silvia fue una de las cientos de personas –la gran mayoría afrodescendientes– desalojadas de Medio Mundo y Ansina en dictadura –entre fines de 1978 e inicios de 1979–, trasladadas primero a una fábrica en Capurro bajo un régimen casi carcelario y luego realojadas en viviendas precarias en Cerro Norte. El desarraigo no fue sólo geográfico, sino que también rompió rutinas, redes de cuidado y una forma de habitar la ciudad.

Ese quiebre es el punto de partida del proyecto “Memorias afrouruguayas. Mapeos colaborativos en territorio para recordar y reparar el desplazamiento de Barrio Sur y Palermo”, que dirige un equipo interdisciplinario de la Universidad de la República (Udelar). Días atrás, presentaron una de sus piezas centrales, un mapa de Medio Mundo y alrededores tal como era a finales de la década del 70, construido a partir de memorias compartidas con vecinas, vecinos y colectivos afrouruguayos.

La presentación no fue un acto formal, sino un encuentro. En un salón del Campus Luisi Janicki –la antigua Facultad de Veterinaria– se formó un círculo de sillas donde docentes, personas desplazadas y descendientes revisaron el mapa y hablaron sobre lo que este proponía: reconstruir un territorio que les fue arrebatado.

Varias de las docentes definieron la pieza como una “cartografía afectiva”. Entre los presentes hubo una frase reiterada en que coincidieron: “Se perdió más que el barrio y las viviendas, se perdió una red de afectos”. Allí estaban las calles caminadas en cinco minutos hasta la rambla o 18 de Julio, las escuelas, los centros de salud, los lugares de trabajo, los comercios, los espacios del candombe y del fútbol. Una vida cotidiana que se les hizo inaccesible de un día para el otro.

Las investigadoras Ana Laura de Giorgi, Fernanda Olivar, Alma Varela, Mercedes Altuna y Betiana Cuadro, docentes de Ciencias Sociales, Humanidades, Arquitectura y Comunicación, explicaron que el proyecto buscó visibilizar los vínculos que estructuraban la comunidad, los espacios de encuentro, los recorridos laborales, la trama social que sostenía al barrio, lo que rara vez queda registrado. Recordar eso, sostienen, es una forma de reclamar el derecho a la ciudad desde la memoria afrodescendiente y de discutir las continuidades de aquel despojo en los procesos actuales de gentrificación y pérdida de espacios comunitarios.

En ese sentido, Olga Celestino, referente de la organización Volver a mi Barrio –que nuclea a personas desplazadas de Medio Mundo y Ansina–, dijo que “este mapa muestra lo que éramos antes de ser desalojados. Habla de nuestras madres, de nuestras abuelas, del centro de comunidad que construyeron. Esto nos despierta sentimientos muy profundos”.

Celestino insistió en que el mapeo no es un cierre, “es más que un triunfo, es la primera parte de lo que tenemos que seguir comunicando. Tenemos que continuar con Ansina”. “Seguimos buscando la reparación integral que el Estado no nos ha dado”, agregó como demanda fundamental.

La conversación avanzó sobre lo visible y lo que quedó escondido bajo décadas de silencio. “Para nosotros es muy profundo –dijo Celestino–, todavía estamos sanando. Perdimos mucho, la emergencia, la seccional, las escuelas, los afectos, la cultura del candombe, el fútbol. No éramos conscientes de lo ricos que éramos”.

A su lado, otra vecina asentía en silencio. La pregunta que rodeaba la sala era inevitable: ¿cómo se repara algo que excede lo material? Para Celestino, un punto de inflexión fue el proceso de organización. “Estábamos mudos respecto de la política social y partidaria, pero aprendimos a hacer escuchar nuestra voz. Acumulamos pruebas, documentos, para que queden reflejadas nuestras voces. Ahora necesitamos dar otro paso y es dignificar nuestra calidad de vida”.

La dimensión política estuvo presente también en la intervención de Juanita Silva, activista afro y edila del Frente Amplio, quien participó en la creación de Volver a mi Barrio en 2019. “Hay que revisibilizar este hecho. Hay un patrimonio histórico destruido y familias que quedaron abandonadas. El barrio perdió identidad sin ellos”, dijo. Silva anunció que solicitará a la Junta Departamental la impresión de 500 mapas para ampliar su difusión.

Desde la academia, el equipo investigador subrayó que el proceso también transformó su trabajo universitario. “Fue un orgullo participar”, expresó Alma Varela, que destacó la importancia de aprender de los saberes del propio territorio y habitantes, “conocer de estos saberes e intentar aportar del nuestro”.

De Giorgi, por su parte, mencionó el uso estratégico de esta memoria. Dijo que “hay que mostrar con datos que los vecinos desplazados tenían todo a cinco minutos”. Y también atender la dimensión subjetiva del dolor, un proceso que, incluso si hubiera una ley de reparación o se volviera al barrio, es más largo de gestionar y afecta a diferentes generaciones. “Esto fue algo trágico”, añadió.

Celestino habló también de algo que ella y los integrantes de Volver a mi Barrio vivieron en este proceso: la transformación que se está dando en la propia universidad. “La Udelar está luchando contra el racismo, los desplazados pasamos de ser objeto a sujeto. Antes nos miraban con un microscopio y ahora trabajamos juntos. Cambió la forma de comunicarnos, de mirar el urbanismo, el arte. Preservar nuestra cultura es muy importante. No somos más grandes ni más chicos: somos iguales. Sentimos que la universidad nos está defendiendo”.

Sobre una de las mesas del salón el mapa desplegado seguía abierto. Una hoja que no pretende reemplazar lo perdido, pero que intenta recuperar recuerdos, aportar información y ayudar a encontrar un camino de vuelta hacia el barrio.

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