El libro Mi padre, Raúl Sendic (Fin de Siglo) tiene un anexo fotográfico que le da lugar y valor a imágenes de la infancia habanera de Carolina y de la máquina de escribir de Raúl Sendic, con la que escribió cartas a su hija desde la prisión y la libertad en Montevideo, o ya con una “enfermedad importante” pero “con el mejor ánimo y deseos de hacer cosas” desde París, fotos de ambos en viaje por Europa y en Uruguay, esquelas y poemas que el líder tupamaro le dedicó.
Como explicó Carolina Sendic a la diaria el 16 de marzo, mientras conmemoraba el 101 aniversario de su padre en el exlocal de los tupamaros -hoy Lo de Molina-: “El libro está basado en rescatar toda la parte humana de ese maravilloso hombre que fue mi padre, y para mí sus cartas o las fotos hablan mucho más que mi escritura”. Rodeada de fotos y objetos de su padre, donados por la familia Sendic a este bar y centro cultural de Tristán Narvaja, la hija menor de Sendic sigue: “Yo conservo todos los escritos y los recortes de periódicos de cuando era niña en Cuba, el Granma, mi mamá me los cortaba, entonces yo los guardaba en una libreta. Conservo todas sus cartas, todas sus fotos. Tengo una especie de álbum sagrado que es mi herencia, es como tenerlo. Cuando lo miro, de vez en cuando, es como revivirlo, y bueno, para el libro lo utilicé muchísimo”.
¿Por qué hiciste este libro?
El libro comienza porque mi hijo Camilo, que ya pasó la adolescencia, me preguntaba cómo era mi padre, cómo era su abuelo y, en mi respuesta, sentía que la memoria dudaba (“¿Era así o no?”), como que no tenía algo claro. Entonces dije: “Tengo que empezar a escribir”. En el confinamiento -durante la pandemia de covid-19- empecé a escribir un poco, pero muy poco en realidad. Luego me dije: es injusto, porque en el fondo es algo que le voy a dejar a mi hijo y a mi sobrino y a todos aquellos jóvenes que han olvidado un poco la figura de Sendic. Elegí decirlo desde mi punto de vista, desde lo que yo viví. Y así tomó forma. Luego tuve que venir a Uruguay por razones personales y fui a ver a la editorial Fin de Siglo. Enseguida hicieron confianza en mi proyecto y eso me estimuló más. Y en el mes de agosto pasado lo entregué.
Mencionabas que los jóvenes quizás no tienen tan presente hoy la figura de Sendic.
Hay una parte en el libro donde mencionás justamente el momento del velatorio, en este mismo lugar -cuando aquí funcionaba el local del MLN-T- y citás lo que escribe después su gran amigo Carlos María Gutiérrez para el quincenario Mate Amargo: “Todos saludaron a Sendic muerto porque, en el fondo, todos hubieran querido ser como él en la vida: inmune a la adversidad, coherente entre sus ideas y su práctica, modesto y cabal como dirigente y como ser humano, obstinado en su intransigencia para levantarse después de cada fracaso, apostador incansable -pese a los años- por los jóvenes y por la victoria de la revolución inevitable. (…) La lección de Raúl Sendic, la más perdurable, empieza ahora, desde su muerte, entregada en aras de la vida por venir. ¿Seremos capaces de entenderla y estar a su altura?”.
Mi papá dejó un high level en todo sentido, humanamente, pero además en su visión y en su lucha por un mundo mejor, lejos de eslóganes y de reuniones interminables. Mi padre odiaba las reuniones interminables donde hablamos y hablamos y después no se hace nada. Por eso se separó tantas veces y por eso fue muy criticado tantas veces porque estaba más allá. Él ya en los últimos tiempos recibía ingenieros, recibía todo lo que tenía que ver con la tierra. Le preocupaba el medioambiente. Fue un gran visionario. Siempre apostaba por la juventud, darle paso a la nueva generación que se va a servir de las experiencias, pero va a aportar nuevas cosas.
En el libro destacás cómo tu padre te apoyó en tu carrera artística, considerando a la danza como una profesión, frente a cuestionamientos familiares. Además, contás de esa cercanía que tenías con amigas tuyas mientras estabas estudiando en Montevideo, hablás de su humor, su picardía.
Él, siempre que me respondía, me decía: “Dale saludos a todas tus compañeritas de clase, claro, revolucionariamente”. Siempre tenía ese humor en sus cartas. Muchas son muy personales y no las saqué a la luz porque no vienen al caso, pero todas sus cartas eran de un humor que a mí me encanta: me ponía “Querida loquiyuya”, “Querida chumichcunchi”, palabras que no existen. Siempre me decía cosas así, eso yo lo uso mucho con mi hijo y me parece un lenguaje fantástico que entiendo perfectamente.
Además de referirte a la intensidad en la mirada de tu padre, mencionás a lo largo del libro una característica de él que era la ternura. Ciertos movimientos están hablando de la ternura como algo revolucionario, frente a un avance de las ultraderechas y los movimientos conservadores que militan el odio.
Bueno, pero es que si analizamos la historia, los grandes hombres han basado su lucha desde la ternura, como tú dices, o desde el amor, tú alimentas el odio o el amor, como Gandhi. Mi padre detestaba que lo llamaran líder político, no quería ningún cartel, él era ecuánime o equilibrado con sus emociones y sus, vamos a decir, intuiciones. Su intuición era de una gran inteligencia, tenía un gran olfato político, visionario, económico y humano.
Mi padre era de muy pocas palabras, tenía una ternura muy tímida, pero era muy seguro de las personas con las que se unía y con las que se rodeaba. Si bien veía todo, sacaba de cada cual lo mejor y lo positivo; también supo ser radical con personas que solamente eran parásitos, desde su punto de vista. Y con el tiempo, no se equivocó. Me habló mucho la última semana que estuvo en Cuba sobre la economía, toda esa dependencia con la Unión Soviética de la época, sobre cómo iba a caer, él lo predijo. Y unos meses después empezó el periodo especial.
Mi padre era alguien muy culto, que se interesaba por todo, entonces mis conversaciones con él no eran de política. Me hablaba de la naturaleza, de la ecología, de la cultura, jamás me introdujo discursos, ni panfletos, ni me dijo “tienes que ir a militar”. Me respetó tal como yo era.
Volviendo a la cita de Carlos María Gutiérrez tras el velorio de Sendic: ¿creés que estamos a su altura?
Sería pretencioso de mi parte que yo analice la política uruguaya porque no estoy empapada de eso, entonces no voy a expresarme sobre eso, pero sí encuentro que hay algo que quedó como obsoleto: seguir pensando como doctrinas. Es todo lo que mi padre detestaba: estar endoctrinado. Él me enseñó a tener una gran libertad de pensamiento. Yo nunca tuve un tabú de hablar con mi padre de algo en lo que podríamos estar en contradicción, se podía hablar. Él tenía una gran visión, era una persona que militaba o luchaba por la libertad de pensamiento y por la tolerancia. Así como mi padre creó e inspiró movimientos humanos en política, yo trabajo desde el movimiento del cuerpo.
Foto: Gianni Schiaffarino
En esta coyuntura de policrisis, donde es necesario recuperar el movimiento humano, lo colectivo en política, también pienso en cómo el cuerpo estaba muy disociado de la militancia intelectual de los años 60 o 70. El cuerpo estaba implícito en la militancia, porque ponían el cuerpo, pero a la vez creo que se ponderaba y separaba lo corporal de lo intelectual. ¿Lo ves así?
Bueno, eso sería algo muy filosófico, porque yo creo que son tendencias, por ejemplo, yo hablaba con mi madre, que también estuvo presa, y después de eso llegamos a Cuba. Ella me contaba cómo estaban todos en comunidad: “Creíamos en algo y teníamos ese ideal; estábamos muy fuera de nuestro cuerpo, pero el nosotros era como un cuerpo colectivo”. Hay que ubicarse en tiempo y forma, eran momentos. Hoy en día, desde mi práctica como instructora de pilates, estoy muy conectada a mi cuerpo, a mi respiración. Para mí estar adentro es estar mucho mejor afuera, porque sabes quién eres, respetas un cuerpo que va a tener esa cabeza para tus ideas. Encuentro que es tan válido el camino hacia el interior como el camino hacia el exterior, mi trabajo es ayudar a la gente, entonces de alguna manera esa es mi revolución. No puedes reflexionar bien si sufres. Esa es mi lucha y me encanta.
Vos trabajás en ayudar a la gente desde el cuerpo, teniendo un padre que pasó toda su prisión política torturado. ¿Cuánto de preocuparse por los cuerpos de los demás, de esta gente con la cual trabajás, habrá influido en que a vos te interese ser instructora de Pilates y ayudar a otras personas a sanar sus cuerpos?
Creo que tengo ese amor por el cuerpo gracias a mi padre. Con mi padre hacíamos caminatas eternas, corríamos a veces. Mi padre siempre andaba con una toalla en las reuniones -me imagino que eso lo traía desde la prisión-, y hacía trabajos de flexibilidad escapular, trabajos de fuerza, depende de cómo usara la toalla. Es decir, él estaba constantemente en movimiento. Mi padre estaba superconectado a su cuerpo. Y tengo el recuerdo de la última semana que lo vi en Cuba, que ya estaba muy lento, su cuerpo se movía muy lento, pero mi padre agarraba la toalla y se movía. El hecho de moverte es lo que te ayuda a mantenerte mejor.
Como señala Samuel Blixen en el prólogo del libro, traes otra faceta de Sendic, desde su cotidianidad como padre. Pero, además, yo pensaba, en un tiempo tan corto: unos cuatro años de compartir más o menos cerca físicamente. Algo frenético. O quizás no era así. ¿Cómo lo vivías?
Es que yo creo que el tiempo es muy relativo. Cuántas familias comen juntas y están ausentes. Esos cuatro años fueron superintensos porque mi padre estaba presente. Mi padre es lo que hoy en día está muy a la moda, el mindfulness. Mi padre estaba presente todo el tiempo. Cuando estaba conmigo, estaba ahí, o cuando estaba con las personas que se reunían, estaba ahí, no estaba en otro lugar. Yo me quedé transparente el día de su muerte porque yo sentí que el destino me había dado el regalo de haber vivido ese tiempo con él. La principal herencia que me dio es esa: cuando estoy con mi hijo o con cualquier persona, que esté es muy importante. Por eso he saboreado cada minuto de este viaje.
Creciste en Cuba, ¿cómo ves la situación hoy?
La Cuba del 2026 no es la misma que en aquel momento y creo que hay una cosa que hay que respetar: que el pueblo decida su destino. Fueron muy lindos los eslóganes y todos creímos en muchas cosas. Yo viví hasta mis 24 años y sé lo que es, pero a veces la visión desde afuera es casi como una ilusión de algo en lo que creímos y que fue muy bonito, pero hoy en día lo que está sucediendo y lo que está viviendo el pueblo cubano no se lo merece. Y ustedes que vivieron en Uruguay pueden saber lo que es una dictadura. Yo vivo en París hace muchos años, y la gente que no está adentro no puede comprender. Creo que todos deberíamos dejar al pueblo cubano que se exprese, porque hablamos por ellos. Creo que es cegarse un poco. Uno tiene que ver la realidad, cómo se está viviendo, ver qué pasa desde adentro. No puede ser el bloqueo toda la vida. Yo viví ahí y vi a los grandes líderes y a sus hijos vivir como reyes y al pueblo muriéndose de hambre.
Yo no estoy de acuerdo con que niños de 18 años caigan en prisión 24 años porque estén en contra del gobierno. Personalmente, no abogo por eso y lo digo bien en voz alta. Si bien no es mi trabajo porque no estoy en la política, pero sí creo, no puedo hablar por mi padre porque ya no está aquí, pero mi padre fue un hombre que defendió siempre a los pueblos, al pueblo. No hay que olvidarse de eso, no nos quedemos con los carteles de los años 70 u 80, estamos en 2026.