Desde su aparición sobre la Tierra, la humanidad ha intervenido sobre la naturaleza, con resultados de mayor o menor éxito. A lo largo de los siglos ha buscado las repuestas a esta pregunta: ¿cómo cultivar la tierra para producir alimentos y otras materias primas útiles para el ser humano? Últimamente, a esta preocupación se le han agregado otras igualmente importantes: ¿cómo lograr ese objetivo y al mismo tiempo hacer funcionar agroecosistemas que atenúen los posibles daños al medioambiente?, ¿cómo gestionar los distintos sistemas agrícolas (la mayoría de las veces realizados a cielo abierto)?
Una primera respuesta nos es dada por la definición de la agronomía: conjunto de saberes científicos y tecnológicos necesarios para la práctica de la agricultura, es decir, la combinación del indispensable conocimiento de las ciencias básicas y de las que a partir de ellas fueron construyéndose a lo largo de los años: biología, botánica, química y bioquímica, física, bioestadística, genética, ciencias del clima, economía, informática... Donde es aplicado, este enfoque complejo permite aumentar la producción de modo eficiente y sustentable, garantizando la seguridad alimentaria en el país, en la región e incluso a nivel mundial.
En segundo lugar, es importante señalar que el campo de trabajo en la agronomía no abarca solo la investigación y la docencia, sino también, y fundamentalmente, la extensión y la asistencia técnica a los productores –grandes, medianos y pequeños– que buscan obtener productos agrícolas, pecuarios o forestales, en forma responsable, en un marco ambiental, económico y social sustentable.
Con el tiempo, hemos aprendido que todo proyecto agronómico que implique una modificación del paisaje natural debe apoyarse en un estudio que incluya, además de las bases físicas del territorio (geomorfología, clima, suelos, topografía, recursos hídricos superficiales y subterráneos, ecología e ingeniería), los conocimientos biológicos y el manejo de los cultivos (fertilización, tratamiento de malezas y prevención de plagas, entre otros factores).
Los aportes, desde sus inicios
Los primeros pobladores europeos de la Banda Oriental, venidos de tierras lejanas, aportaron saberes y prácticas ancestrales que buscaron replicar en estos lugares con relativo éxito. Sin duda que cabe mencionar la introducción del ganado por Hernandarias en el siglo XVII.
Hace más de 110 años, la creación de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República se tradujo en el surgimiento de las primeras generaciones de ingenieros agrónomos. Es imperioso recordar aquí el aporte de los profesores alemanes que a comienzos del siglo XX dejaron su impronta gracias a su tarea de docencia en la Facultad y de investigación en el Instituto Fitotécnico de Colonia.
Los noveles ingenieros tuvieron gran incidencia en la transmisión y en la difusión de nuevos conocimientos a los productores y trabajadores rurales, con vistas a mejorar la producción y el bienestar de todos los pobladores del país. A modo de ejemplo, basta mencionar el trabajo conjunto de los nuevos profesionales y los productores progresistas para diseñar las subdivisiones de los campos atendiendo a la calidad de las tierras y la ubicación de las aguadas, y su contribución al conocimiento de la composición botánica, la productividad de las pasturas naturales y el pastoreo conjunto de bovinos y ovinos, sin olvidar los aportes a la industrialización de los alimentos, área en la que varios colegas fueron pioneros.
A partir de mediados del siglo pasado, nuestro país conoció un importante proceso de modernización de todo su sistema agropecuario. Se introdujeron nuevas semillas para incrementar la producción de pastos, se logró el mejoramiento genético del ganado y se adecuó su alimentación. Se seleccionaron y se produjeron semillas más adecuadas para la producción de trigo y otros granos, se introdujo y se mejoró el cultivo de arroz, se intensificó la lechería, se avanzó en citricultura, se reconvirtió la viticultura, hizo su aparición con gran impulso la soja, se adoptó la siembra directa para la implantación de los cultivos, se desarrolló la silvicultura con el plan forestal. También, se reglamentó la trazabilidad del ganado y se generalizó a otros rubros; tanto en fruticultura como en horticultura se seleccionaron y mejoraron variedades, se realizó un manejo agronómico de las diferentes especies incluyendo los cultivos bajo techo; se impulsó a la granja en general y se trabajó en colaboración con los laboratorios, cuyo aporte en datos analíticos se debe destacar.
Estos son solo algunos ejemplos en los que la agronomía actuó racionalmente sobre el medio ambiente, y aun cuando a veces se cometieron errores en el intento de incrementar la productividad del campo, siempre se buscó el bienestar de la sociedad y un aumento de la entrada de divisas para Uruguay. Hoy es posible constatar los adelantos obtenidos: recorriendo el mapa de Uruguay y comparando las actividades económicas de cada departamento hace 50 años con las actuales, se observa que los avances logrados son debidos, en gran parte, al desarrollo de los diferentes rubros del agro.
Desafíos de la agronomía
Actualmente, a menudo no es fácil ponernos de acuerdo cuando hablamos de agronomía. En general, se la acusa de intervenir sobre ecosistemas complejos buscando soluciones a corto plazo y perjudicando así al ambiente, ya sea por el modo de encarar algunas situaciones productivas, con un mal manejo de los recursos genéticos, o por el inadecuado uso de productos químicos (insecticidas, herbicidas o fertilizantes) o por la sobreexplotación de los recursos naturales.
También es cierto que desde muy temprano existieron colegas que tuvieron la visión de la importancia del cuidado ambiental e idearon, por ejemplo, sistemas de rotación de cultivos para diversificar la producción y mantener la calidad del suelo a través de ensayos de larga duración (verdaderos “laboratorios vivos”). Otro factor importante es que surgieron políticas nacionales que favorecieron el conocimiento de los recursos edáficos del país (plan de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico), lo que permitió hacer avances en el uso racional, el cuidado y la conservación del suelo. Revisando los últimos temas de investigación agropecuaria en los institutos especializados –Facultad de Agronomía, Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA)–, encontraremos que el cuidado ambiental y el cambio climático constituyen una preocupación y un desafío para producir en forma sustentable –proyectos para analizar los efectos del carbono (CO2) y los gases de efecto invernadero, el manejo del agua en el suelo, el control de plagas, la racionalización de los agroquímicos, el manejo en la alimentación del ganado, entre otros–. Es un hecho relevante la importancia que se le ha dado últimamente a la biodiversidad del campo natural y su manejo racional como ecosistema clave para el secuestro de carbono y, por ende, la mitigación de los efectos del cambio climático, teniendo en cuenta la producción de pasto como eje central. Debemos resaltar también los trabajos de investigación sobre el silvopastoreo, en los que participan productores.
La agricultura es una de las actividades humanas que demanda mayor cantidad de agua debido al rol que este elemento desempeña en los procesos fisiológicos que tienen lugar en los vegetales. El riego es imprescindible para el desarrollo de algunos cultivos como el arroz, pero, debido a la variabilidad pluviométrica, también es muchas veces necesario para suplementar la falta de agua en momentos críticos de todos los cultivos. El agua permite lograr rendimientos estables y aceptables e incluso aumentar la productividad.
En este tema, la agronomía tiene la responsabilidad de hacer estudios hidrológicos para promover el riego, así como hacer un uso eficiente del agua a través de tecnologías ajustadas a cada cultivo y al tipo de suelo en que se desarrolla, favoreciendo la economía del agua en el perfil, evitando la erosión así como la contaminación de napas y cauces de agua, sin olvidar la importancia del abastecimiento de agua para el bienestar animal. También son importantes los trabajos en genética para lograr variedades resistentes a la sequía y el estudio de los ciclos de las especies para aminorar riesgos.
Diferentes “enfoques” de la agronomía
Hace 50 años era corriente, en los corredores y aulas de la facultad, oír discusiones apasionadas sobre la reforma agraria. Hoy en día, debido a la sensibilización a nivel mundial de cuidar los recursos naturales y luchar contra el cambio climático –retrasándolo lo más posible–, y a la vez producir más alimentos y otros bienes primarios, surgieron entre los diferentes actores relacionados a la agronomía distintas tendencias sobre cómo resolver este problema, lo que llevó a cambiar el enfoque de las discusiones.
Como en otros temas, las posiciones suelen ser extremas (blanco o negro) y suelen estar teñidas de filosofía y de política. Por ejemplo, surgieron así, entre otros, los enfoques de agroecología y de agronegocio, que son, de hecho, términos contrapuestos.
La agroecología promueve la agricultura orgánica, que debe apoyarse en bases científicas para demostrar que es posible lograr rendimientos aceptables que permitan generar sistemas sustentables y económicamente viables para los productores.
El agronegocio es una forma de expresar la maximización del uso de los recursos genéticos y de agroquímicos, entre otros, forzando el agrosistema. El término negocio es simplificar el concepto, pues, en definitiva, en todo proceso agronómico debe estar, en primer lugar, su economía para que sea validado y aceptado. Dentro de este enfoque también entra lo que en los años 70 se denominó la “revolución verde”, en un intento de combatir el hambre a nivel mundial.
Por supuesto que es un desafío para la agronomía hacer primar las bases científicas y los equilibrios ecológicos y ambientales para llevar esos diferentes enfoques a niveles de entendimiento razonables. Así surge el concepto de agronomía sustentable, que consiste en el arte de usar los conocimientos científicos para combinar un conjunto de prácticas y tecnologías que permitan el desarrollo de sistemas rentables con énfasis en la innovación, donde el cuidado del ambiente se tenga en cuenta como un factor más en la ecuación de producción sin generar antagonismos.
La irrupción de la informática incidió fuertemente en la agronomía. Por un lado, ayudó a sistematizar la abundante información elaborada en ensayos de campo y relevamiento de recursos durante muchísimos años. De esa forma, fue posible generar potentes bases de datos que permiten resolver y solucionar múltiples problemas, ofreciendo diferentes alternativas que pueden ser analizadas y evaluadas rápidamente.
Hoy, el uso de la bioinformática y la programación genética permiten avances a nivel de laboratorios y en la creación de productos comerciales; la agricultura de precisión, con el apoyo de los sistemas de información geográficos y los drones, han permitido, a nivel de chacra, cuadros o melgas, racionalizar los recursos necesarios en la producción aumentando la rentabilidad; el análisis de imágenes satelitales conjuntamente con datos meteorológicos permiten elaborar modelos con predicciones sobre plagas o sequías, por ejemplo. En nuestro país, un hito importante fue la creación del GRAS en el INIA, con el objetivo de sistematizar y potenciar la información de uso agropecuario a nivel institucional.
No quiero dejar de mencionar los aportes del conocimiento agronómico (en particular botánico) en la selección de especies, planificación y manejo de parques y jardines.
El futuro
La misión de la agronomía sigue siendo la producción de alimentos y fibras animales o vegetales, así como biocombustibles. Un país como Uruguay, además de abastecer el consumo alimentario de la población, tiene como meta exportar excedentes para generar divisas. Estas funciones deben realizarse en un marco de racionalidad de los diferentes enfoques y áreas de acción y resolverse en ámbitos científicos, en conjunto con los productores.
Entre las funciones más relevantes de la agronomía debería estar el seguimiento de la huella de carbono en la producción de los diferentes rubros para poder contribuir a lograr el carbono neutro en todos los procesos y, de esa forma, aportar en la mitigación del cambio climático a nivel mundial, además de aumentar el valor de las exportaciones de Uruguay.
Las actividades del agro emiten gases de efecto invernadero. Es cierto. Pero lo hacen en menor grado que otras actividades industriales y urbanas y, sobre todo, también es cierto que los procesos del agro colaboran en descarbonizar el planeta cuando se los aprovecha inteligentemente. Así, el manejo correcto de los vegetales en su fotosíntesis, el pastoreo con animales en sistemas extensivos para secuestrar carbono, la reutilización de los desechos orgánicos y usando el suelo como sumidero natural que acumula materia orgánica con toda su diversidad biológica, incluyendo la riqueza de los diversos microorganismos, son prácticas que contribuyen a mantener un equilibrio indispensable.
Juan Horacio Molfino es ingeniero agrónomo, egresado de la Universidad de la República, y tiene una maestría en Edafología y Manejo de Suelos por el Instituto Nacional Agronómico de París y la Universidad de París VII.