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Foto: Alessandro Maradei

Diego Spinoglio, presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura (Inavi): “Si la familia productora sigue apostando a trabajar en viticultura, hay que ayudarla a que salga adelante”

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Spinoglio explicó las bases de la reconversión integral que debe asumir el sector para consolidarse como una actividad económica próspera, con el foco puesto en los productores de menor escala. Los cambios en las tendencias de consumo implican una disminución en el consumo de vinos, por lo que el Inavi propone la incorporación de tecnología, la producción de vinos de más alta gama, la diversificación productiva, explorar nuevas formas de comercio y el análisis de información como algunos de los pilares de la reconversión propuesta.

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La vendimia 2026 comenzó a fines de enero y se extenderá hasta mediados de marzo. Según narró Diego Spinoglio, presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura (Inavi). En la actualidad “las vendimias son bastante más largas que antes”, la diversificación que se viene operando en los viñedos nacionales se caracteriza “por una tendencia creciente a la producción de más variedades blancas para vinos finos, que son más tempranas, de ciclo más corto”, lo que explica la extensión del período de cosecha.

La reconversión varietal no es un hecho fortuito. Según explicó Spinoglio, “desde el inicio de nuestra gestión planteamos que el sector necesitaba una reconversión muy fuerte e integral dados los desafíos que nos presenta el mundo vitivinícola”. Entre ellos, la baja en el consumo de vinos en nuestro país, empujada por la tendencia de consumir menor volumen, pero de mejor calidad. “El consumidor sigue invirtiendo lo que invertía antes en tomar vino, pero lo invierte diferente. Está dispuesto a pagar más” por vinos de más alta gama. Por tal motivo, el titular del Inavi afirmó que se “necesitaba una reconversión desde el punto de vista comercial, industrial y productivo”.

En este sentido, indicó que “al principio de la gestión lanzamos un plan de reconversión de viñedos con apoyos muy focalizados en los productores de menos de diez hectáreas”.

Este plan tiene un doble propósito. Por un lado, el difícil objetivo de darle rentabilidad al sector en general, especialmente los productores de menor escala. Por otro lado, mejorar el campo varietal, erradicando “variedades que son muy productivas en kilos, destinadas históricamente a producir vinos de mesa para el mercado interno, sobre todo vinos rosados, como las moscatel y milán”, y sustituirlas por otras que “nos pueden dar otro modelo de negocio, fundamentalmente basado en la exportación de vinos finos”.

El llamado a participar del plan de reconversión “tuvo un impacto muy importante”, fue atendido por “casi 300 productores”. Como resultado, está disminuyendo la superficie destinada al cultivo de variedades no tan ajustadas a las nuevas tendencias de consumo, aunque se espera que el mayor nivel de arranquío se registre en 2026, “o sea que el efecto principal se va a ver en la vendimia 2027”, anticipó Spinoglio.

Con respecto a los datos que fundamentan la necesidad de la reconversión, el presidente del Inavi afirmó que “en 30 años pasamos de vender 80 millones de litros de vino a vender 50”. Esa baja en las ventas se explica por la merma en el consumo de los vinos de mesa.

Se puede estimar que en 2026 se cosechen unos “80 millones de kilos de uvas, cifra un poco inferior –un 5 al 6% menor– a la del año pasado”. Teniendo en cuenta que cada kilo de uva permite producir 0,7 litros de vino, “esta vendimia será de unos 56 millones de litros de vinos. Ese es un dato bastante positivo, porque hoy Uruguay lo puede vender. En 2025 se vendieron cerca de 60 millones de litros entre mercado interno y exportación de vino envasado y a granel”.

“El sector tiene que estar mirando todos los años dónde tiene que reconvertirse”

Consultado acerca de por qué califica como “integral” al proceso de reconversión, Spinoglio señaló que la reconversión varietal debe acompañarse de cambios profundos de metodologías de trabajo, de incorporación de tecnología, de la búsqueda de nuevas formas y canales de comercialización. Según el jerarca, esto implica “un cambio de cabeza. Una cosa era producir y envasar en la típica damajuana de diez litros, que salía en un reparto y se vendía en el almacén, en el boliche, con un sistema de distribución muy a la uruguaya, muy tradicional, en un circuito muy corto y para un consumo muy rápido. Otra cosa es envasar un vino que va a ir a una botella o a un tetrabrick, donde quizás esté un año envasado hasta su consumo o pueda ir a una exportación, o a donde seguramente pase por algún lugar donde tenga un pico de calor o de frío. Hay que invertir mucho en la bodega para la obtención de vinos de calidad con tecnología aplicada, sin perder nuestra impronta artesanal, familiar. El mundo nos pide ir hacia la calidad y a un proceso de reconversión comercial que es fundamental. Nos cuesta mucho salir a romper la burbuja. Hay otros factores que también inciden. Por ejemplo, la comercialización en el mercado interno de vino de mesa se ha concentrado en pocas manos, lo cual nos crea la necesidad imperiosa de generar oportunidades desde el punto de vista del comercio para todo el sector”.

Los recursos para financiar el proceso de reconversión integral surgen de varias fuentes. El Inavi destinó fondos propios, destacando que “estas partidas de dinero son no reembolsables”. De acuerdo a lo que explicó Spinoglio, “el Inavi recauda por concepto de cobro de tasas para objetivos definidos. Una de ellas está destinada a la reconversión del sector. Yo vengo planteando reiteradamente que el sector tiene que estar mirando todos los años dónde tiene que reconvertirse, e invertir lo que recauda el Inavi para esa reconversión. Este concepto también implica capacitación, relevamiento y análisis de datos comerciales, y apoyos para los sectores más vulnerables de la producción para que puedan incorporarse a los cambios. Creo que el sector ha estado un poco lento en los últimos años en aplicar medidas de reconversión”.

El jerarca recordó que “el Inavi tiene la capacidad de regular todo el sector vitivinícola y creo que es nuestra responsabilidad el tema de la reconversión. Tenemos la obligación de aportarle al sector los datos necesarios y generarle las herramientas para que puedan seguir reconvirtiéndose”.

La uva y el vino en Uruguay

La historia de la uva en nuestro territorio se remonta al arribo de los primeros pobladores europeos de la Banda Oriental a fines del siglo XVII. Las primeras cepas –presumiblemente moscatel– fueron traídas desde España y se plantaron en el sudoeste del país, para producir uvas para consumo de mesa y el vino de la familia.

Según el Inavi, la vitivinicultura en Uruguay debió esperar casi 200 años para constituirse como actividad económica. Hacia 1870 se establecen dos viñedos comerciales en suelo uruguayo: el del vasco francés Pascual Harriague en San Antonio Chico, Salto, y el del catalán Francisco Vidiella en Colón, Montevideo.

Harriague inició su cultivo en 200 hectáreas en el litoral norte del país en 1874 con plantas tannat de origen francés traídas desde Concordia, provincia de Entre Ríos, Argentina. Esta variedad tomó luego el nombre de Harriague.

En 1878, Vidiella ya había adaptado la primera variedad de vid al clima uruguayo, la francesa Folle Noire, conocida inicialmente como uva peñarol y luego llamada vidiella. La primera cosecha fue el 25 de febrero de 1883, en un viñedo de 36 hectáreas y motivó la celebración de la primera Fiesta Nacional de la Vendimia.

Con la experiencia de estos pioneros, más el trabajo de otros tantos que los siguieron, la vitivinicultura se afianzó en Uruguay y alcanzó un crecimiento que logró sustituir buena parte de la producción extranjera.

Los establecimientos se multiplican y la actividad se vuelve próspera. Hasta que en 1898 un insecto plaga –la filoxera– cambia para siempre el modelo productivo. Extinguir con fuego todas las cepas atacadas por la plaga fue la disposición del gobierno para hacer frente a la crisis, además de obligar a sustituirlas por plantas injertadas sobre pie americano.

La recuperación fue lenta pero efectiva. En el último año del siglo XIX, la producción comenzó a retomar su senda de crecimiento. Lo novedoso de este proceso fue que la vid injertada resultó ser sensiblemente más productiva que la de plantación directa. Ello, junto a la adopción de fertilizantes orgánicos, creó una nueva vitivinicultura.

Por otra parte, “estamos trabajando fuertemente con el Banco República para tener líneas de crédito ajustadas a los tiempos del sector. Sí hay líneas de crédito generales, hay formas de financiarse”, pero hay que tener en consideración que “la viña que se planta hoy recién estará en producción plena al tercer o cuarto año. Es importante poder acompañar esos tiempos, porque, si no, la financiación fracasa”.

Teniendo en cuenta que el sector vitivinícola es el más controlado dentro del rubro bebidas, y que el Inavi es la entidad que recaba la más completa y precisa información tanto a nivel de predio como de bodega, el instituto “tendría la posibilidad de generar una ventanilla en conjunto con el BROU para monitorear la posibilidad de crédito y brindarle asesoramiento técnico. Estamos trabajando en este sentido y esperamos que en los próximos meses tengamos novedades importantes”, anunció Spinoglio.

En cuanto al panorama general del comercio, el titular del Inavi dijo que “el vino sigue siendo la bebida alcohólica de más consumo en Uruguay. Es una bebida de mucho arraigo cultural. Hoy tenemos una noticia muy positiva, en 2025 dejó de bajar el consumo de vinos de mesa. Cerramos ese año con la misma venta que en 2024. Eso ya fue un éxito, porque veníamos con una gráfica descendente –a no ser durante la pandemia, cuando hizo un pico mentiroso– y esperemos poder mantenerlo”.

No obstante, el buen desempeño en este segmento del consumo lejos está de ser la solución para la vitivinicultura nacional. Spinoglio afirmó enfáticamente que “para desarrollar el sector y darle rentabilidad necesitamos crecer”. También resulta claro que hay diferentes modalidades de lograrlo, una de ellas es el “crecimiento hacia afuera. Los vinos uruguayos tienen la gran oportunidad de convertirse en un producto identitario del país”, reforzando la promoción de los propios vinos y de lo que hay detrás de ellos, “su arraigo cultural y la estructura social” del sector. “Ya hay seis o siete millones de botellas en mesas de consumidores en el mundo que [en la etiqueta] dicen Uruguay, y creo que ese es un valor que tenemos que saber apreciarlo”.

Otra forma de crecimiento, en este caso en el mercado interno, es aprovechar la gran oportunidad de producir y comercializar vinos VCP (Vinos de Calidad Preferencial), que, por definición, son aquellos de gama media-alta, elaborados a partir de variedades Vitis vinifera de reconocida calidad enológica aceptadas a este fin por el Inavi, con una graduación alcohólica mínima de 10,5%, entre otras condiciones analíticas y organolépticas, envasados obligatoriamente en botellas de vidrio de no más de 750 cc y debidamente etiquetados. Representan una selección superior a los vinos de mesa, de variedades tannat, cabernet sauvignon, moscatel de hamburgo, cabernet franc, merlot, sauvignon blanc, albariño, chardonnay, viognier y pinot grigio, por citar algunos ejemplos.

Spinoglio cree que “el sector tiene que dejar de mirar en litros y empezar a pensar en actividad económica”, explicando que “no importa si antes en una hectárea de viñedo por los kilos de uva que cosechaba obtenía equis ingresos”. La cuestión es que ahora “si la producción es menor” por haber implantado variedades menos productivas pero de mayor valor, “se llegue al mismo ingreso o a uno mayor. A veces nos cuesta entender eso porque pensamos que es todo por cantidad. Si hoy seguimos guiándonos por la cantidad, no tenemos solución. Hay que sustituir litros por valor”.

La institucionalidad de la uva y el vino

El Inavi es el organismo rector de la toda la actividad vitivinícola del país. Conforme a lo dispuesto por la Ley 15.903 del 10 de noviembre de 1987, el Inavi es dirigido por un directorio de 8 miembros, integrado por delegados del Poder Ejecutivo designados por el Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca, entre quienes se encuentran el presidente y el vicepresidente; el Ministerio de Industria Energía y Minería; el Ministerio de Economía y Finanzas; y representantes de productores, bodegueros, de la Federación de Grupos Crea y de asociaciones comerciales.

El organismo ejecuta la política vitivinícola y cuenta con la posibilidad de asesorar, diagramar y pautar el desarrollo económico del proceso industrial desde su inicio y las subsiguientes etapas. El régimen jurídico tiende al control del proceso productivo, regulando volumen y calidad, así como al desarrollo del proceso industrial.

Asimismo, cumple un rol trascendente en la promoción, desarrollo e investigación de la actividad vitivinícola. Entre los cometidos asignados por ley, el Inavi tiene la función de asesorar al Poder Ejecutivo en forma preceptiva y fiscalizar el cumplimiento de las normas que se dicten en materia vitivinícola.

“Hay que pensar en el jugo de uva, que es una materia súper pendiente”

En materia de comercialización, “hay que pensar en alianzas diferentes, entre productores chicos, industriales medianos y chicos, que puedan hacer un plan de internacionalización de la comercialización, donde se le pueda agregar valor a la cadena. Hay que pensar en productos alternativos, hay que pensar en la uva de mesa con mucho más foco en el consumo de fruta. Estamos haciendo una campaña muy importante de promoción de consumo de uva fresca de producción nacional. Hay que pensar en el jugo de uva, que es una materia súper pendiente, hay países como Brasil, por ejemplo, donde el principal jugo de fruta que se consume es el de uva... pero bueno, acá no hemos sabido desarrollarlo”.

Spinoglio anunció que el Inavi realizará “un llamado internacional para el análisis de subproductos, nuevos productos para la industria, como por ejemplo mosto concentrado, bebidas a base de vino, y analizar qué posibilidades hay para los vinos desalcoholizados (cero alcohol) o parcialmente desalcoholizados, ya que hay una tendencia mundial en el consumo de estos productos y eso nos favorece por nuestro clima. Yo creo que hay una batería de cosas para hacer, hay que estar productivo, hay que estar trabajando con datos permanentemente para que el sector no quede atrasado y después pague consecuencias como la que estamos teniendo hoy. Al sector le faltó mucha más reconversión en los últimos diez años, por lo menos, para no llegar al punto de una crisis estructural”.

Un capítulo aparte merecería abordar el tema del enoturismo, otra de las fuentes de ingreso para el sector, considerado por Spinoglio como “otro gran foco de desarrollo comercial para las bodegas. Hoy hay 50 bodegas enoturísticas de un padrón de 150. Ya no es una actividad marginal. En muchas de esas bodegas es la principal unidad de negocio. Creo que ahí está la gran oportunidad que le vemos a Uruguay, reconvertirse hacia un productor de calidad, buscar los nichos de mercado, y cuidar el mercado interno”.

Spinoglio ve con “optimismo” el futuro del sector. “Si no, no estaría haciendo lo que hago. Creo que hay oportunidades, hay claros ejemplos de empresas que con muchas dificultades lograron salir adelante”.

La vitivinicultura “es un proyecto exitoso –no hablando ya de las grandes empresas que dominan el mercado – si la apuesta es a otro modelo de negocio. Creo que hay que ayudar a las empresas a poder visualizar y que se convenzan de que es un camino. También es respetable y creo que no debe ser dramático si alguien dice ʻbueno mirá… quiero dedicarme a otra cosaʼ. Hay un problema de recambio generacional dentro del sector, y de vocación, eso pasa, es probable que haya alguna pérdida más de productores o bodegas. De todas formas, estoy bastante esperanzado en que se pueda parar la pérdida de productores y ese es un objetivo de nuestra gestión. Sí somos conscientes que hay una cantidad importante de productores que tienen determinada edad y que no tienen un recambio generacional, y ahí no hay mucho para hacer. Si hay que darles un cierre, que sea digno. Pero si la familia productora sigue apostando a trabajar en viticultura, hay que ayudarla a que salga adelante”.

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