Luego de cuatro años de trabajo, con una inversión cercana a los cinco millones de dólares, culminó el proceso de reconstrucción de los tres galpones que desde 1913 forman parte de la infraestructura del predio de exposiciones de la Asociación Rural del Uruguay (ARU), en la zona del Prado, en Montevideo.
Según rememora el arquitecto Carlos Pascual, responsable del proyecto de restauración, el diseño original del complejo incluía cinco galpones. De ellos se construyeron solo los tres que conocemos, además del ruedo y el palco, que se constituiría como el enclave donde se desarrollarían las exposiciones ganaderas organizadas por la ARU, una vez inaugurado.
La construcción del complejo de la ARU se llevó a cabo en un sector de la que hasta 1870 fue la Quinta del Buen Retiro, propiedad de José de Buschental, quien murió ese año en París. Parte del predio se remató en 1872 y lo adquirió Adolfo del Campo, quien en 1873 lo transformó en un paseo público y lo rebautizó con el nombre de Prado Oriental.
El paseo pasó formalmente a dominio público en 1889, cuando el Estado uruguayo declaró por ley la expropiación de los terrenos y edificios, que en parte fueron entregados en comodato a la ARU en 1909.
Esta es una zona de la ciudad en pleno proceso de transformación. Más allá de la inversión privada responsable de la edificación de las impresionantes residencias que aún hoy se ven en ese entorno, cabe recordar que en los primeros años de la década de 1910 se construyó el Rosedal, obra del paisajista francés Carlos Racine y de los arquitectos Eugenio Baroffio y Juan Scasso, y el Hotel del Prado, obra de los arquitectos Juan Veltroni y Jules Knab.
Galpón de Ovinos de la Rural del Prado.
Foto: Alessandro Maradei
Pascual explica que el diseño del complejo de exposiciones de la ARU estuvo a cargo del arquitecto Cayetano Buigas y Monravá, uno de los principales exponentes del modernismo catalán –vertiente local del art nouveau–, considerado un movimiento artístico, cultural y social que tiene su correlato en la transformación industrial, económica, social y política de finales del siglo XIX y principios del XX, fundamentalmente en Barcelona.
Los principales referentes del modernismo catalán fueron Antoni Gaudí, creador de obras icónicas como la Sagrada Familia y el Parque Güell, en Barcelona; Lluís Domènech i Montaner, arquitecto del Palacio de la Música Catalana; Josep Puig i Cadafalch, responsable de obras como la Casa Amatller y la Casa de les Punxes; Ramón Casas, artista plástico y diseñador gráfico; Santiago Rusiñol, pintor y dramaturgo; y los escritores Joan Maragall, Caterina Albert y Prudenci Bertrana, entre otros.
Qué ves cuando me ves
La contradicción entre mirar y pasar de largo y ver entendiendo y apreciando se resuelve gracias al conocimiento y la orientación de quien pueda aportar elementos para que la experiencia sea más enriquecedora. Por este motivo la diaria consultó a Pascual sobre lo que se debe tener en cuenta para percibir y valorar en su justa dimensión las cualidades arquitectónicas y culturales de los galpones de la Rural del Prado.
En este sentido, el responsable del proyecto de restauración fue terminante al señalar que se respetó íntegramente el diseño y la obra original. La única excepción son las cerchas, que antaño eran de madera y debieron sustituirse por unas de metal, aunque se recrearon estrictamente formas, color, ubicación y dimensiones. También se recompuso el patrón del techo: ese dibujo rojo y blanco que forma una suerte de punto cruz –un detalle que lo hace tan particular y elegante– visible en su totalidad desde el ruedo.
Galpones de la Rural del Prado.
Foto: Alessandro Maradei
Sobre los 12 portones de los tres galpones, Pascual afirmó que se reconstruyeron respetando el diseño primigenio, gracias a las imágenes que se encontraron en el acervo del Centro de Fotografía de la Intendencia de Montevideo, que permitieron reconstruir su geometría original. El sistema de ensamblaje con espiga encolada fue fruto del experto trabajo de un carpintero que se destacó en su área, afirmó Pascual. En la reconstrucción se utilizó la escasa madera sobreviviente de partes de los portones antiguos, así como la que se pudo recuperar de las cerchas. Cada portón pesa alrededor de media tonelada, y su sistema de apertura y cierre –corredizos, carriles, rodamientos y herrajes– es el original, recuperado gracias a la labor de herreros locales. El arquitecto relató que todos los portones son de pinotea americana, proveniente de árboles plantados hace más de dos siglos y talados hace más de 100 años, según se aprecia al contar sus anillos.
Tal vez lo más impactante de los galpones sea la calidad del espacio, similar al de una catedral, por su tamaño, altura y profundidad. Precisamente, sus dimensiones fueron el gran desafío estético que enfrentó Cayetano Buigas y Monravá: tal como comenta Pascual, no hay cosa más sin gracia que una pared de 60 metros. Era lo que debía hacerse, porque su función era contener animales, alrededor de 400 vacunos por galpón y una cantidad más grande en el de los ovinos. Sin embargo, el diseño de los portones, de las ventanas, de las columnas que redondean las esquinas de los galpones –forradas con cerámicas azules y blancas–, los ladrillos a la vista y el ángulo en la unión entre pared y piso en el exterior, dividido en dos tramos o escalones, logran que algo que debe ser útil además sea bello.
La función de los galpones –albergar en óptimas condiciones a los animales en exposición– implica no solo contar con buenos muros de contención, sino atender de manera adecuada el ingreso de luz natural, el cuidado de la temperatura interior y la renovación del aire. Todo esto se logra a cabalidad gracias a las aberturas existentes en la parte superior de cada pared.
Predio de la Asociación Rural del Uruguay, año 1917. Foto s/d de autor, CDF
Un capítulo aparte merecen los carteles de “Ovinos” y “Bovinos”, que informan al visitante la especie animal que se expone en cada galpón. La tipografía está compuesta por letras mayúsculas, de estilo geométrico, redondeado y de trazo sobrio, con un punto inicial y otro final que cumplen una función estética. Están integradas a la mampostería de los pabellones y forradas con cerámicas quebradas (técnica del trencadís, término de la lengua catalana que podría traducirse como “troceado” o “picadillo”), una de las expresiones típicas del modernismo catalán.
Para culminar el proceso de reconstrucción de las instalaciones originales del predio ferial de la ARU debería encararse el trabajo en el palco oficial, que, además de los daños ocasionados por el paso del tiempo, sufrió los efectos de un incendio y de sucesivas reparaciones que lo alejaron de su primer diseño. La buena noticia es que hay elementos más que suficientes –documentos, planos, fotos– para reconstruirlo tal como fue construido. También hay restos, mucha cosa que sobrevivió. Claro está que sería necesario contar con los recursos económicos que permitan ejecutar esa etapa.
Manual del buen reconstruir
Para Carlos Pascual, los principales enemigos de la preservación del patrimonio son “el ego y el narcisismo: tratar de dejar la señal de que Pepito estuvo aquí”. A la hora de reconstruir un bien, lo único que hay que hacer es recrearlo, “como cuando los músicos tocan la Novena de Beethoven o un concierto de Mozart”. “La música ya estaba escrita; vos podés alcanzar la gracia y la belleza, pero el autor es otro. Hay que respetarlo, no desafinarle la partitura ni agregarle cosas que no precisa”, ilustró. En este sentido, afirmó que esa es la diferencia entre reconstrucción y reciclaje.
Cuando se trata de reconstrucción y preservación patrimonial, no se habla solamente de arquitectura, se habla de cultura, “de la capacidad de ver lo bello: es lo que hace la diferencia entre estar vivo y vivir”.
Pascual agregó que el cuidado de lo patrimonial “es una batalla difícil en todo el mundo”. “Hay que sacar un poco la visión romántica y esteticista del patrimonio e ir un poco más a fondo. Es un laburo complicado, porque la gente quiere ir por el atajo, ir rápido y pasar al siguiente monumento”, señaló. Reconstruir “es saber lo que uno está haciendo, dónde está parado. Es estudiar, no ser perezoso. Es buscar significados y facilitar la acumulación histórica de contenidos y de belleza. Es transmisión de sabiduría”, definió.
Predio de la Asociación Rural del Uruguay, año 1917. Foto s/d de autor, CDF
El profesional fue crítico con respecto a algunas prácticas que se llevan adelante y citó como ejemplo “salvar la fachada de una casa del siglo XIX, demoler el resto y construir detrás un edificio de 12 pisos”. “Aunque alguno se ofenda, esto me hace acordar al personaje de El silencio de los inocentes, que se vestía con el pellejo de sus víctimas; me da más o menos la misma sensación peligrosa, tenebrosa, de haber destruido una edificación, quedarte con el pellejo, ponértelo encima y creer que sos original. Conservar patrimonio no es salvar un pellejo”, sostuvo.
Gente en obra
Carlos Pascual egresó de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República en 1989. Según recuerda, le llevó “mucho rato”. “Hice toda la facultad laburando. Entré a la Intendencia de Montevideo [IM] y a la facultad en simultáneo”, contó. Su práctica profesional giró en torno a las tareas inherentes a su función como arquitecto de la IM hasta hace cuatro años, y a los trabajos realizados en el sector privado.
En la actualidad es titular, junto con su hija Irina, del estudio Pascual & Pascual Arquitectos, especializado en la elaboración de anteproyectos, proyectos ejecutivos, dirección de obra, arquitectura deportiva, industrial, locales comerciales y restauración de monumentos históricos.
Especializado en lo patrimonial y lo urbanístico, Carlos Pascual asumió roles protagónicos en la reconstrucción del teatro Solís, el Teatro de Verano, el Mercado Agrícola y la plaza Zabala, y en la construcción de las ramblas del Cerro, Pajas Blancas y Santiago Vázquez, de la peatonal Sarandí, del edificio de TV Ciudad, del Complejo Cultural Crece Flor de Maroñas y de la Biblioteca Popular Juan José Morosoli, en el municipio B, entre algunas de las obras ejecutadas en la capital departamental.
En el interior participó también en la reconstrucción de los teatros Florencio Sánchez (Paysandú), Escayola (Tacuarembó), 25 de Mayo (Rocha), Sociedad Unión (San Carlos, Maldonado), Español (Durazno) y del Cine y Teatro Municipal de Treinta y Tres.