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La hija cóndor

Álvaro Olmos Torrico y su película La hija cóndor

La ficción del director boliviano retrata a las comunidades de Cochabamba.

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Ana, una partera de las montañas de Cochabamba, acompaña a Clara, una joven que parece destinada a continuar su trabajo en la comunidad, pero sueña con irse a la ciudad para hacer música. En su última película, el director cochabambino Álvaro Olmos Torrico aborda la transmisión de los saberes de las mujeres y el conflicto entre una vida heredada y el deseo de elegir otra.

En sus películas, las mujeres ocupan el centro de la historia, mientras que los hombres suelen permanecer en los márgenes. El director encuentra parte de la explicación en su propia experiencia. “Yo he crecido, sobre todo, con mi madre, con mis tías, con mi abuela. Nunca he tenido un rol masculino presente”, dice a la diaria. Aunque fue criado como varón, dice sentir una distancia emocional respecto de las figuras masculinas, que en sus películas suelen quedar “un poco en las sombras, en un tercer plano”.

La historia de La hija cóndor empezó a tomar forma a partir de su encuentro con las parteras de las comunidades de las montañas de Cochabamba. Olmos Torrico investigaba el nacimiento, el matrimonio y la muerte desde la cosmovisión andina. Su pareja, Iris Ocampo, productora de la película y doula, lo puso en contacto con varias parteras. Una de las mujeres de la comunidad donde finalmente rodaron la película se convirtió en una inspiración central. En ese proceso, el director encontró una manera de conectar la investigación documental con una ficción que ya estaba escribiendo. La partera, que ocupaba un lugar secundario en el guion, pasó al centro de la historia. “Me vino una tremenda inspiración para escribir sobre ellas, y creo que he podido conectar esas historias con las mías personales y las de mi familia, mi pareja, mi entorno”, cuenta.

“Creo que también es una declaración de lo que es un poco la cultura quechua, y por ende boliviana, también andina, que es muy matriarcal”, dice el director. La autoridad masculina no desaparece, pero convive con una organización de la vida en la que las mujeres tienen un papel fundamental. “Los hombres sí asumen un rol de autoridad”, explica, pero “las personas que sostienen la vida son definitivamente las mujeres”.

En una escena, Ana y Clara duermen separadas por una tela bordada que divide la habitación sin aislarlas por completo. La imagen condensa el vínculo entre dos mujeres que atraviesan distintas etapas de una misma historia. “Clara y Ana son el mismo personaje, pero Ana es una Clara evolucionada”, explica Olmos Torrico. La relación entre ambas no se limita al aprendizaje de un oficio: Clara puede recibir los conocimientos de Ana, pero tendrá que atravesar sus propias experiencias para encontrar su lugar.

Esa idea de continuidad y transformación también se vincula con una concepción del tiempo que Olmos Torrico reconoce en el mundo andino: “El tiempo es circular, la vida es circular”. La película plantea que la herencia no queda atrás como algo concluido, sino que vuelve a aparecer en las prácticas. El director evita plantear el campo y la ciudad como mundos enfrentados. “No me he interesado mucho en dar un juicio de valor sobre el campo o la ciudad, porque son dos entornos que están muy conectados”, explica.

En Cochabamba, señala, muchas personas que viven en la ciudad mantienen vínculos con comunidades rurales de las que provienen sus familias. Las tradiciones no necesariamente desaparecen con la migración: también se trasladan y se transforman. “En la historia se mezclan elementos de las fábulas de la mitología andina con cuestiones contemporáneas, como la lucha frente a la globalización y el avasallamiento occidental. Hay una lucha, pero también se muestra la resistencia”.

Uno de los elementos centrales de esa transformación es la música. Para Olmos Torrico, la convivencia entre lo folclórico, lo tradicional, lo electrónico y lo global permite representar el desfase temporal que persiste en muchas comunidades. La música también forma parte de la motivación de Clara y de su deseo de explorar otros mundos. El director eligió canciones que escucha desde hace años y que, según explica, también quiso homenajear.

La selección musical se vincula al mismo tiempo con las imágenes y con el universo sonoro de la comunidad. “La música diegética debía aparecer en momentos en los que la letra se relacionara con lo que estaba sucediendo en la imagen. También tenía que remitir a los sonidos que estas comunidades escuchan tradicionalmente, sin que se rompiera el equilibrio estético”, explica.

Además de acompañar el recorrido de Clara, la música recoge los sonidos y las formas de transmisión de la comunidad. Olmos Torrico recuerda que el canto ha estado presente en su vida desde la infancia. “Las personas que viven en comunidad, en el campo, y las personas mayores están acostumbradas a usar el canto como forma de transmisión emotiva. Yo lo escucho desde niño. Los cantos pueden tener esa profundidad y esa conexión ancestral, e incluso mitigar el dolor y relajar a las madres. Ese es el don que tiene Clara en la historia”. A esa dimensión se suma la presencia de sonidos e influencias electrónicas que las comunidades incorporan: “Terminan haciendo cyberpunk sin saber que lo están haciendo. Es una mezcla que me gusta mucho”, dice el director.

La composición visual de La hija cóndor encuentra una referencia clave en Ixcanul, de Jayro Bustamante, por su manera de retratar el universo indígena y rural desde una imagen “poética, hermosa y digna”. De La Llorona, del mismo director, Olmos Torrico destaca una fotografía que preserva la dignidad de los personajes que se enfrentan al poder. “Yo tenía una idea de cómo quería filmar la película y de la forma en que quería contarla”, explica. El trabajo con Nico Wong permitió llevar esa búsqueda a imágenes concretas y también descubrir otras sobre la marcha: “Algunas de las imágenes más reconocibles, como Clara encendiendo la radio o Clara en el autobús bañada en luz violeta, no estaban en el guion: surgieron durante el rodaje”.

Para el director, La hija cóndor es un retrato de su propia cultura y de su historia familiar. “Estamos contando lo que somos, o sea, estamos mostrando un pedazo de nosotros, de lo que creemos y lo que sentimos también”, dice. En esa búsqueda reconoce la importancia de su propia sensibilidad, que describe “un lado femenino muy potente” que lo ha llevado a conectarse con ciertos personajes y con sus ancestras y ancestros.

El retorno que propone la película no implica necesariamente volver a un lugar de manera física. Puede ser también una experiencia sensorial, mental o espiritual, una forma de recuperar una relación con aquello que permanece en la memoria. “Siento que tenemos que recuperar ciertos valores ancestrales, incorporarlos en nuestra cotidianidad para vivir conectados con la tierra”, afirma.

La hija cóndor. 109 minutos. En Cinemateca.

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