Originalmente escrita en verso, El misántropo, de 1666, fue una creación singular de Molière. Si bien los personajes principales pertenecían a la aristocracia, no resaltaban las virtudes típicas de la nobleza. Alceste, su protagonista, quiere ser honesto y sincero y pretende lo mismo de los demás. Su comportamiento dista de las costumbres sociales de su tiempo, y está dispuesto a perderlo todo por defender sus valores, cada vez más fuera de época.
Molière actuó, dirigió y escribió para su compañía, que sentó las bases de lo que sería luego la Comédie Française. En nuestro país y con la dirección de Daniel Espino Lara, la Comedia Nacional representó el original en 2014. Más de diez años después, Alberto Zimberg estrena una aggiornada versión en una sala fuera del circuito tradicional: la Valle Inclán, dentro del Centro Gallego de Montevideo, un edificio que aporta aires de otras épocas.
Como indica la palabra, este misántropo aborrece al hombre como tal, y ese desprecio proviene de su contacto con la mediocridad que parece ser la medida del mundo que lo rodea. En el siglo XVII, Molière definió su obra como una comedia para gente honesta. En tiempos de filtros y apariencias, de consumo de vidriera que parece ocultar tristezas crónicas, Zimberg, que ha trabajado sobre textos de Jean Cocteau, Luigi Pirandello, Eugène Ionesco, Mike Bartlett, Harold Pinter y Joe Orton, vuelve a la carga con esta versión de Miguel del Arco para alborotar el avispero.
Aquella corte es ahora una empresa corporativa. Su protagonista, interpretado por un virtuoso Álvaro Lamas, no transa. Pero este porfiado empedernido de inclaudicables valores ama a Celimena, que se mueve en este mundo como pez en el agua: el personaje fue creado, según se ha dicho, a imagen y semejanza de la esposa de Molière. ¿Cuánta verdad somos hoy capaces de soportar?, parecen preguntarse autor y director en pleno siglo XXI.
Zimberg eligió a Molière porque piensa que pocos autores vieron con tanta claridad las contradicciones de la humanidad. “Sus obras siguen vivas porque no hablan de una época, hablan de nosotros: de las ganas de ser aceptados, de la hipocresía, del deseo, del amor, de la ambición, de lo difícil que es convivir con los otros. Misántropo tiene más de 300 años y parece escrita ayer. La pelea entre ser sincero y cuidar las apariencias, entre amar a alguien y querer cambiarlo, nos sigue atravesando a todos”, dice.
Celimena, la esposa del protagonista, es brillante y vive fascinada con ese juego social que Alceste odia: representa todo lo que él detesta, pero aun así no puede alejarse de ella y eso lo desgarra. Y de eso se trata, dice Zimberg: “No podemos vivir del todo fuera de una sociedad que rechazamos, pero tampoco podemos aceptarla como es”.
Zimberg conocía a Del Arco. En 2019 llevó a escena su versión de Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, llamada La función por hacer. En este caso, “los personajes de la versión de Miguel del Arco se mantienen fieles al original de Molière, pero acá todo es contemporáneo, intenso, realista, sin artilugios”.
La historia transcurre en una sola noche en la fiesta de una empresa, donde explota todo lo que se viene acumulando: las tensiones, las rivalidades, las lealtades a medias, lo que se sabe y nunca se dijo. La comedia está presente por momentos, pero la obra se va tiñendo de un drama que nos expone y enfrenta a la crudeza de ese mundo al que pertenecemos.
¿Cómo se logra esa transposición de personajes y sus interrelaciones a más de 300 años de distancia? Zimberg cuenta que se analizó en profundidad el rol de cada individuo dentro de la empresa y su estatus: quién manda, quién necesita ascender, quién teme quedar afuera. “Desde ahí trabajamos los vínculos, porque en este mundo ninguna relación es inocente: cada uno necesita algo del otro. Buscamos el motor de cada personaje, qué lo mueve dentro de la organización y qué lo mueve en la fiesta, que es donde todo eso se pone en juego. Había que trabajar mucho para comprenderlo, pero sobre todo para que los actores lo hicieran propio, con el cuerpo y la emoción, y no quedara simplemente dicho. Que cada palabra tuviera detrás una necesidad, algo que el personaje quiere conseguir o defender”, explica.
Álvaro Lamas, Mariela Maggioli, Martín Castro y Javier França ya habían trabajado con el director. A ellos se sumaron Amparo Zunín, Miguel Montedónico y Belén Inzaurralde, que vienen de trayectorias y escuelas diferentes. Con Claudia Schiaffino en la escenografía y Tabaré Dávila en las luces, la apropiación del espacio Valle Inclán fue total. “El escenario ya nos daba mucho, pero el vitraux al fondo, las escaleras laterales y esa altura que los separa conformaban un espacio que ya contaba algo, por lo que decidimos no taparlo, sino hacerlo jugar. Detrás del vitraux está la fiesta, que se percibe todo el tiempo, se escucha y se intuye. Pero la obra transcurre fuera de esa fiesta, en el escenario convertido en un callejón: ese lugar al que los personajes salen a fumar, a tomar, a respirar, donde por fin se sacan las caretas”, dice el director.
El vestuario de Beatriz Martínez completa ese universo: la elegancia como armadura, la ropa como señal de estatus y de pertenencia a una empresa para la que la imagen es todo. La música original de Federico Deutsch lleva el pulso de toda la obra: es el latido constante de esa fiesta que no se detiene mientras, en el callejón, los personajes se van quebrando.
Misántropo. Ocho funciones los sábados a las 21.30 y los domingos a las 19.00 en la sala Valle Inclán del Centro Gallego (San José 870). Estrena el 7 de noviembre. Entradas en Redtickets a $ 650. 2x1 para la diaria.
