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Foto: difusión, teatro Solís.

¿Quién es el enfermo? Regresa Un hombre torcido

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Cuatro funciones de la removedora obra de Agösto.

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Un hombre vive aislado junto a un río. Carga con su pasado y no molesta a nadie. Un médico se preocupa por su situación y en nombre de la ciencia y la salvaguardia de la salud mental lo va a buscar. Así comienza Un hombre torcido, una de las propuestas teatrales más innovadoras de los últimos años, estrenada el año pasado. En ella Agosto Silveira (conocido en el ambiente del humor como Agösto Latino) explora los límites de la salud mental y el derecho de la sociedad a intervenir en la vida de los ciudadanos para proteger a unos, acaso, de la libertad de otros.

Agösto comenzó a escribir sobre el tema a partir de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez, pero el verdadero motor de esta obra terminó siendo Rosinha, mi canoa, del brasileño Mauro de Vasconcelos. “La leí cuando tenía 12 años y quedé impactado por su belleza y muy conmovido por el atropello que plantea la historia. En nombre de la ciencia destierran a un ser puro, que es feliz en el río con su canoa, para encerrarlo en un hospital psiquiátrico por décadas”, dice.

La locura de la pandemia fue lo que volvió a traer el tema a la mente del autor, a raíz de la observación de la conducta de políticos y otros agentes sociales que se arrogaron el derecho y ejercieron su poder para “coaccionar a los ciudadanos de todo el mundo a aplicarse vacunas que no habían pasado por los testeos que se requieren para garantizar su seguridad”. Se sintió atropellado y, sin considerarse antivacunas ni adherir a teorías conspiratorias, constató su propia pérdida de la libertad de cuestionar siquiera lo que estaba ocurriendo, por miedo a ser tachado de loco, egoísta e incluso peligroso. Fue entonces que se le hizo necesario escribir para exponer el tema de lo peligrosa que se puede volver la ciencia cuando, al no aceptar ser cuestionada, se convierte en una herramienta totalitaria.

“Pienso que vivimos inmersos en la hegemonía de la normalidad. La preponderancia del mainstream nos ha impuesto cierta forma de relacionarnos con los otros y con el entorno. Creamos instituciones, terapias y medicinas para las personas que rompen el molde. Esto limita otros intercambios, que podrían disparar nuevas ideas y formas de pensar, otros modelos, nuevas maneras de habitar el espacio. Históricamente, el cine y la ciencia han sido medios fundamentales para estigmatizar a las enfermedades mentales: personas con esquizofrenia se aparecen en la noche para asesinar a familias enteras. Pero el cine no habla de los muchos colectivos de la sociedad civil que hoy militan por la desmanicomialización y la desestigmatización en la salud mental”.

En Un hombre torcido Agösto reflexiona también sobre el hecho de aislar a las personas cuyo estilo de vida o comportamiento no contribuyen a mantener el sistema de productividad capitalista y recuerda como otrora la homosexualidad fue etiquetada como una enfermedad mental e integraba el manual de psiquiatría.

Para materializar un tema tan amplio como complejo, el director pensó en el elenco ideal. Su elección de Cecilia Sánchez fue incluso anterior a la escritura. “Nos conocimos en la adolescencia, en un ómnibus. Ella me contó de la existencia de la EMAD [Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático] y me invitó a preparar el examen de admisión con ella junto con Elena Zuasti. Cuando empecé a escribir supe que quería a Cecilia en el papel de la canoa: la dulzura de su voz, esa energía materna innata, su energía sexual… ella representaba la feminidad y la libertad que yo quería que el personaje tuviera”, cuenta.

El director completó el elenco con Carlos Rompani, “un actor de raza, de esos que se comen la escena”, y Hugo Pichinini, un intérprete con mucha experiencia en cine. “No tengo un método, pero siempre pensé que el día que me quisiera dedicar a la dirección, iba a ser un plus ser yo mismo un actor con experiencia. Los actores sabemos de los actores. Soy muy paciente, los trato con amor, los entiendo y acompaño”.

Pero ¿cuál es el límite entre ser solitario y padecer la soledad en el caso de este hombre aislado? La obra tiene varios niveles, dice su director: “Algunas capas están más cerca de la superficie y otras más hondo. Yo creo que este hombre es una persona feliz, pura, que luego de haber vivido un episodio trágico en el que perdió a su familia entera encontró un nuevo sentido a su vida en medio de la naturaleza. La vida lo compensó dándole la posibilidad de hablar con su canoa, que es en sí un árbol que un día fue talado y a la vez, aun canoa, forma parte de la naturaleza”.

Tal vez en la sociedad actual, en la que ser demostrativo es tachado de intenso, sincero de invasivo y apasionado de obsesivo, en un mundo donde desaparecer (ghosting) es una práctica habitual en el cortejo humano virtual actual, este hombre que sí sabe amar –y lo hace– asusta. A eso precisamente nos invita esta obra: a no asustarnos y, como nos dijo su autor, “a venir y chapotear en la piscina”.

Un hombre torcido. Del jueves 5 al sábado 7 a las 21.00 y el domingo 8 a las 19.30 en la sala Zavala Muniz del teatro Solís. Entradas a $ 650. 2x1 para la diaria.

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