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Teatro Bio-Bio, diseñado por Smiljan Radic, en Concepción, Chile.

Foto: Lukas Jara / AFP

El arquitecto chileno Smiljan Radić ganó el Premio Pritzker

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Es el quinto latinoamericano en recibir el máximo reconocimiento en Arquitectura.

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Un puñado de piedras esparcidas en un territorio, como si alguien las hubiese dejado caer. Un rastro. Un arquitecto que en 1999 construye un montículo de paja y arcilla con la ayuda de un hombre de 90 años. Una pelota de adobe que desprende humo. El arquitecto dice que es una casa, la Casa del Carbonero.

Hijo de padre croata y madre británica, Smiljan Radić vive y trabaja en su estudio en Santiago de Chile, al que él mismo llamó Pequeño Edificio Burgués (2023). Creó la Fundación de Arquitectura Frágil en el 2017 y, además de diseñar más de 60 obras, ha escrito y producido exposiciones y objetos. En Vilches, Región del Maule, comparte una finca de 32 hectáreas de terreno boscoso con su compañera, la artista Marcela Correa. Allí han desarrollado una serie de refugios. Es una especie de laboratorio a escala 1:1 donde se conceptualiza y construye una arquitectura pensada desde y para Chile.

Radić estudió arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Al reprobar su último examen, decidió realizar estudios de historia en el Istituto Universitario di Architettura di Venezia y viajar durante tres años. Al regresar, Chile atravesaba la transición hacia la democracia y el arquitecto redescubrió su país. Inició así una serie de experimentos, como la Casa habitación (1996), la Casa chica (1997) y otras obras en Chiloé, con marcado interés en la técnica constructiva.

Radić cita con frecuencia al cineasta chileno Raúl Ruiz, especialmente una frase en la que sostiene que Chile es un país “sin una tradición cultural ni una cronología precisas”. Así justifica el carácter heterogéneo de su arquitectura.

La Casa para el poema del ángulo recto (2013) es una de sus obras en Vilches. Un ensamblaje de volúmenes y materiales que circundan un patio, en el que, a pesar de la planta intrincada, el espacio se articula con fluidez. Con la misma espontaneidad con la que se construyen las arquitecturas frágiles que admira, el arquitecto toma lo que necesita para construir cada espacio. Una rampa que conduce a la casa, dos lucernarios en la zona de estar, un gran ventanal en el dormitorio: la casa se diseña sola a través de la experiencia espacial.

El 12 de marzo, se supo que Radić era el ganador del Premio Pritzker, equivalente, en cierto modo, al Nobel de la Arquitectura. Así, se convirtió en el quinto latinoamericano en ganar el galardón internacional, creado en 1979 para celebrar la obra de un profesional vivo. El jurado afirmó que “Smiljan Radić favorece la fragilidad por encima de cualquier pretensión injustificada de certeza”, y es que la obra del arquitecto parece tambalear. En su monografía Obra gruesa, Radić declara que en Chile el proyecto queda planteado una vez construida su estructura. Quizás por eso, la obra gruesa en sus proyectos deja la puerta abierta en múltiples direcciones, como es el caso en el Teatro Regional del Biobío (2018) o el Restaurante Mestizo (2007).

Esta es la obsesión del arquitecto chileno: una arquitectura construida desde la multiplicidad que caracteriza la cultura de nuestro continente, y cada vez más, al mundo. En su última monografía, editada por El croquis Radić escribe: “Una condensación es una imagen única que por sí sola representa varias cadenas asociativas en el punto donde se intersecan, ya sea en un cruce o en un apareamiento”. En su obra, el arquitecto condensa exitosamente la gran trama de temáticas que implican afrontar un proyecto arquitectónico en la contemporaneidad, regalando siempre más complejidad. Cada proyecto es un ensamblaje y raramente se repiten las soluciones, pero Radić siempre vuelve a la cuestión de la tierra: ¿cómo pisamos el suelo?

Más allá de la deuda enorme que el premio Pritzker tiene hacia las mujeres arquitectas –solo seis han recibido el galardón–, se respira un aire nuevo. La obra de Smiljan Radić no pretende resolver los problemas de la humanidad, no es espectacular o particularmente innovadora; en ella prima ante todo la arquitectura como un hecho cultural. Este premio llega para dar paso a una producción arquitectónica que tiene como cometido echar raíces, así sean solo un puñado de piedras dispersas.

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