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Recital de Shakira, el 3 de diciembre de 2025, en el estadio Centenario.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Smartphones, streaming y salas

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Apuntes sobre cultura y consumos culturales con un ojo en 2006.

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Tanto el periodismo cultural como su objeto –los acontecimientos del arte y el entretenimiento– eran bastante distintos cuando empezó a funcionar la redacción de la diaria, hace 20 años. Un panorama rápido de esos cambios debería tener en cuenta tanto la evolución interna que se da en los ámbitos y disciplinas de la cultura como la incidencia de factores que atraviesan la experiencia contemporánea; entre ellas, los avances del mercado, la consolidación de la institucionalidad democrática, la pandemia de 2020-2022 y, último pero no menos importante, las transformaciones tecnológicas. El de 2006 era un mundo con internet pero sin smartphones, y se sabe que –tergiversando a Marx– la infraestructura determina todo lo demás.

Chispazos cualitativos

Un vistazo a 20 años de democracia: Uruguay 1985-2005, miradas múltiples, la compilación de artículos que coordinó Gerardo Caetano, puede ser útil para advertir velozmente algunas continuidades y discontinuidades entre el país de hoy y el Uruguay que inauguraba su primer ciclo progresista. Allí, por ejemplo, Hugo Achugar hablaba de un país fragmentado culturalmente. Hoy el diagnóstico sería más complejo, porque, si por un lado desde las políticas públicas se ha buscado integrar a públicos y territorios, la lógica mercantil ha impuesto la naturalización de la compartimentación en nichos. En cambio, los debates sobre la identidad uruguaya, que surcaban la contribución de Teresa Porzecanski, parecen haber perdido intensidad, o haberse refugiado, justamente, en nichos (el deporte, el urbanismo).

El artículo de Margarita Carriquiry, “La literatura uruguaya reciente”, es útil para apreciar novedades. La novela histórica, que estaba finalizando una especie de boom hace dos décadas, hoy ya no es una corriente dominante –a menos que se estire la categoría para incluir la obra de Gustavo Espinosa–, ni la forma de pensar en lo que hacían las narradoras (“Literatura, ¿femenina, feminista o escrita por mujeres?”) alcanza para dar cuenta de la centralidad que ganó el trabajo de un amplio arco de creadoras, que tiene en Fernanda Trías y Tamara Silva a dos “extremos” del reconocimiento fuera de fronteras.

El testimonio y el pasado reciente, abordados también en ese artículo, merecen igualmente la consideración de Roger Mirza, encargado de analizar la escena teatral uruguaya, y hoy llaman la atención tanto la persistencia del tema –seguramente por la falta de resolución en tantos asuntos de derechos humanos– como la incorporación de una perspectiva especulativa, casi cienciaficcionera, en la obra de Santiago Sanguinetti, Gabriel Calderón o Sandra Massera.

La Vela Puerca, No Te Va Gustar, Jaime Roos, Ruben Rada, Fernando Cabrera: la lista de músicos más convocantes y/o más prestigiados no permite saber en qué década estamos, al menos desde una perspectiva montevideana. Nombres como los de Luana o Florencia Núñez podrían situarnos en 2026, o quizás lo hagan las multitudes que atraen figuras del exterior como Lali Espósito, Tini y Shakira.

El ya desaparecido Manuel Martínez Carril no dudaba de la existencia de un cine nacional de calidad, pero se preguntaba, hace 20 años, si sería posible la emergencia de una industria cinematográfica. Si en lugar de ese término usamos “industria audiovisual”, hoy la respuesta es sí, tras la confluencia con la publicidad, los estímulos estatales y la globalización de la producción. Desde los hitos refundacionales 25 Watts (2001) y El baño del Papa (2007), se percibe el paso de las décadas, tanto por la cantidad de estrenos anuales –sostenidos también por el auge del documental– como por la ampliación de miradas, estilos y formatos –hay un océano entre Relocos y repasados y Siempre vuelven– que incluyen la creación de series y otros productos para televisión.

Pantalla bien chica

Por aquella época, las películas se iban a ver a una sala, o se las iba a buscar a un videoclub. La posibilidad de distribuir contenidos en línea y a demanda de las audiencias cambió profundamente las costumbres de consumo cultural. La TV de aire y por cable caen, allá y acá también, de acuerdo a los datos de la Ursec, mientras que plataformas como Netflix y Youtube no compiten solo con empresas rivales, sino directamente con costumbres como salir y necesidades como dormir. La forma de ver series transformó el ocio en atracones (o binge watch) y extendió la hipersensibilidad a los spoilers. El visionado de películas en el celular y en paralelo a otras actividades está afectando la forma en que se narran las historias, y son varios los creadores que se quejan de las reiteraciones y simplificaciones de los guiones en consideración a audiencias distraídas.

El streaming también arrasó en la escucha de música grabada. Hoy hay que pensar muy bien dónde ubicar una colección de CDs, como la que muchos tenían en sus casas, por el lugar que ocupan, y algunos melómanos se reafirman en el formato vinilo, en un gesto similar al que ha revalorizado al papel de las revistas; los impresos, en cambio, siguen siendo por lejos el formato preferido de quienes leen libros, de acuerdo a una encuesta realizada por la Usina de Percepción Ciudadana en 2025.

La deslocalización y la “desmaterialización” de este tipo de experiencias culturales venían creciendo sostenidamente, pero se acentuaron durante la crisis sanitaria. Hoy, a cuatro años de la finalización de la pandemia, el desplazamiento hacia salas –de cine, de teatro, de recitales– es revalorizado como oportunidad de comunión.

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