Un día Steven Spielberg se encontró con que tenía un montón de ideas que quizás no alcanzaban para convertirse en largometrajes, o pensó que no le daría la vida para filmarlas todas. Así que se inspiró en aquellas revistas de ciencia ficción que recopilaban historias cortas y creó la serie de televisión Amazing Stories, que aquí se conoció como Historias asombrosas. Ese género antológico tuvo su equivalente en el mundo de la historieta, con publicaciones como Cuentos de la cripta, que también tuvo su versión televisiva. En ambos casos se aprovechaba el formato corto para contar historias breves, de alto impacto, que contenían elementos de ciencia ficción, fantasía y terror. Y como ocurría en las publicaciones originales, se daba mucho el cuento con moraleja, con lección: el “Cuidado con lo que deseas...”.
En “El anillo de bodas”, episodio de Historias asombrosas dirigido por Danny DeVito, un hombre le regalaba a su esposa un anillo sustraído del museo de cera en el que trabajaba. El presente parecía resucitar la pasión entre ambos, que luego se volvía insostenible, y finalmente se descubría que la mujer era poseída por la antigua propietaria del anillo, una viuda negra serial que iba por más. El ejemplo sirve, por un lado, para que busquen la serie emitida entre 1985 y 1987, actualmente inaccesible a través de plataformas legales. Por otro, para meternos en clima.
Obsesión (Obsession) es el mejor exponente actual en la cartelera de cine de terror, esa que nos bombardea (o nos apuñala) todo el tiempo con historias efectivas y efectistas, algunas de ellas dignas de entrar en el mejor de nuestros recuerdos, o de nuestras pesadillas. Bear (Michael Johnston) está enamorado de su compañera de trabajo, Nikki (Inde Navarrette). Todo indica que sus sentimientos no son correspondidos, más allá de que Nikki le cuenta que es capaz de esconder los suyos con tanta profundidad que nadie podría descubrirlos. Durante los primeros minutos vemos a Bear ensayando su confesión sentimental, al mejor estilo de la serie de Nathan Fielder. Pero su inseguridad es tan fuerte como su incapacidad para detectar las señales, sean las que sean.
La película no pierde el tiempo y pone al protagonista frente a una posible solución a su mal de amores: un juguete misterioso que puede conceder un deseo (¡uno solo!) a quien lo adquiera por un precio ridículo, inferior al de una entrada de cine. Como lo sabe quien conozca el relato “La pata de mono”, de WW Jacobs, la parodia que hizo Los Simpson de esta o de cualquiera de las ficciones en las que alguien cumple un sueño de manera mágica y automática, la cosa nunca termina bien. El “otorgador” (un genio, un misterioso comerciante, una compañía con pésimo servicio de atención al público) suele aprovecharse para complicarle la vida al “deseador”. Bear desea que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo.
El deseo funciona –de lo contrario, la película no tendría sentido–, pero el director y guionista Curry Barker nos presenta un deseo que empieza a fracasar por su falta de efectividad: desde el primer instante Nikki parece protagonizar una lucha interna con esos nuevos sentimientos que la invaden. Es capaz de inventar historias para conseguir estar a solas con Bear, pero tiene fogonazos de lucidez, lo cual vuelve mucho más complejo el asunto.
Para que el guion funcione se necesitan dos actuaciones a la altura. Johnston construye a un pusilánime que no puede creer lo que le está sucediendo, y cuando la relación dé señales de toxicidad será, al mismo tiempo, responsable y víctima. Lo más destacable es el trabajo de Navarrette, capaz de atravesar una montaña rusa de emociones en milisegundos. Su personaje es la definición de lo creepy con rictus terroríficos, silencios sepulcrales y toda clase de lenguaje gestual y corporal, y ella está a la altura de todas las circunstancias y más.
La película explota, más que lo mágico, las consecuencias psicológicas de una relación obsesiva y codependiente. Todo se irá poniendo cada vez más oscuro, hasta un desenlace esperable de acuerdo con el planteo general, pero con tantas idas y vueltas que se siente fresco.
Escenas como la reunión social o la conversación a través de la puerta del baño muestran lo aceitado de un equipo actoral y técnico que hizo muchísimo con muy poco. Weapons, último ejemplo del terror que supera el género y conquista a la gran audiencia, costó casi 40 millones de dólares, mientras que Obsesión se hizo con apenas uno y recaudó más de 20 en su fin de semana de estreno.
¿Será que Curry Barker soñaba con pegarla en Hollywood y ahora estará destinado a trabajar en la fábrica de churros de algún universo interconectado de películas? Cuidado con lo que deseas…
Obsesión. 109 minutos. En cines.
