¿Qué hace una mujer, en medio de una vida aparentemente calma, cuando empieza a cuestionar su propia identidad y el lugar que ocupa en el mundo? Seguramente no esté rompiendo nada ni destruyendo su existencia, sino prestándole atención a algo que llevaba tiempo en silencio. Ese es exactamente el planteo de Je m’appelle Agneta, tragicomedia basada en la novela homónima de Ema Hamberg y dirigida por la guionista sueca Johanna Runevad.
La película parece una versión más alegre y moderna de Comer, rezar, amar, la comedia dramática de 2010 protagonizada por Julia Roberts que narra el proceso íntimo de una mujer que viaja mientras busca el sentido, el desapego y el volver a empezar. Pero Eva Melander, la maravillosa actriz sueca protagonista de la historia, no es Julia Roberts. Agneta no es glamorosa ni delicada y su camino de autoconocimiento es torpe y disruptivo. Ama el vino y la comida, especialmente el queso; no puede parar de comerlo y lo esconde de Magnus, su esposo deportista que odia cualquier vestigio de grasa en su heladera y con quien lleva décadas casada. Duermen en habitaciones separadas, lo que es toda una imagen de los últimos 25 años de su relación: calma, pero fría y distante.
Agneta es una mujer con una vida de fachada resuelta: hijos grandes, un trabajo aburrido como administrativa del Departamento de Tránsito y un marido con intereses deportivos variados. Inmersa en una crisis de mediana edad, escapa de su monótona realidad para redescubrirse. Luego de ser despedida, y en un impulso desesperado por huir del aburrimiento que asfixia su vida, abandona su rutina en Suecia para aceptar un trabajo como au pair en Francia. La cuestión se desmorona cuando descubre que el supuesto niño al que iba a cuidar, Einar, es en realidad un excéntrico anciano. La vida de Agneta, con casi 50 años, se sacude.
Su inesperada amistad con Einar —personaje fabuloso si los hay— resulta transformadora: él tiene un pasado revolucionario y personifica a un niño en el cuerpo de un anciano; es imprevisible pero vulnerable a la vez, e instala en Agneta una óptica más sensible de la vida (“Me prometí que solo podía renunciar a mi vida pasada si hacía valer cada minuto de mi nueva vida”). El vínculo entre ellos se construye sobre ese mismo contraste: ella es contenida y desconectada; él, caótico y excesivo.
En ese cruce inesperado, Einar se convierte en un punto de inflexión para Agneta. No solo irrumpe en su rutina, sino que la empuja a salir de su propio eje, a cambiar la mirada y a reconectar con su parte más adormecida. Así, la película explora con humor y empatía una transformación íntima: la protagonista empieza a observar su vida desde otra óptica, deja de sentir culpa por el placer y el disfrute, revisa sus decisiones y sus vínculos y las responsabilidades que asumió sin cuestionarse demasiado. Película pequeña y cálida por la forma en que pinta la liberación corporal, el amigarse con quien uno es, el renacer sexual y la libido, el perdón, la exploración de la identidad, el deseo de reinventarse, Agneta resulta una comedia entrañable.
Je m’appelle Agneta. 113 minutos. En Netflix.
