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Andrey Zvyagintsev, posa con el trofeo tras ganar el Gran Premio por la película "Minotauro", el 23 de mayo, durante la ceremonia de clausura de la 79.ª edición del Festival de Cine de Cannes en Cannes, Francia. · Foto: Olivier Chassignole, pool, AFP

Andrey Zvyagintsev, posa con el trofeo tras ganar el Gran Premio por la película "Minotauro", el 23 de mayo, durante la ceremonia de clausura de la 79.ª edición del Festival de Cine de Cannes en Cannes, Francia.

Foto: Olivier Chassignole, pool, AFP

Un festival de Cannes formidable y político, en el que contrastó la elección de la Palma de Oro

Casi todo el cine esencial, de Zvyagintsev, Pawlikowski, Hamaguchi, Marre o los Javis, presente en el palmarés.

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La edición 79 del Festival de Cannes, cuya programación a priori despertaba algunas dudas, finalmente desplegó una cosecha de cine formidable marcado por una honda carga política, centrada en algunos casos en los conflictos del inmediato presente.

Fue el caso del film Minotauro, la diatriba del ruso Andrey Zvyagintsev contra el estado de impunidad que autoriza a un jerarca de medio pelo capaz de enviar como carne de cañón a frente de Ucrania al amante de su mujer o a los testigos de un crimen, con la guerra como telón de fondo permanente. También fue el caso de All of a Sudden, en la que el japonés Ryusuke Hamaguchi alcanza a explicar en el caos y la destrucción que el turbocapitalismo provoca en el mundo.

Pero esa naturaleza política de las mejores obras de la competencia oficial del festival se explaya -sobre todo- en películas que se retrotraen a las crisis de las democracias de la primera mitad del siglo XX europeo y a la herida de la II Guerra Mundial provocadas por totalitarismos cuyo eco populista habita de manera flagrante y perturbadora en el momento actual. Es así en Fatherland, la obra maestra absoluta del polaco Pawel Pawlikowski, que nos permite ser testigos íntimos del viaje que el Nobel alemán Thomas Mann realizó a su país en la primavera de 1949. Acompañamos al escritor a Frankfurt y comprobamos que la desnazificación ha sido una farsa, por ejemplo, cuando los nietos de Wagner acuden a él para solicitarle apoyo para la ampliación del festival de Bayreuth. Lo vemos luego caminar por los campos de Weimar, esa encrucijada entre el espíritu elevado de Goethe y las sentinas de la condición humana en el campo de concentración de Buchenwald. Late en Mann y en Fatherland la herida en el corazón de Alemania y se exhibe la ruina física y moral de la Mitteleuropa.

Esa misma mirada hacia la aniquilación de las democracias del siglo XX y su lucha contra el nazismo ocupa la totalidad de la inmensa Moulin, del húngaro Làzslò Nemes. Reconstrucción con cine vivísimo de la peripecia de Jean Moulin, líder de la Resistencia, en su clandestinidad, tortura y martirio (con guiños a la escatología cristiana) a manos de Klaus Barbie, el oficial de la Gestapo conocido como el carnicero de Lyon.

Esa óptica es también epicentro de la mayor gesta fílmica de este Cannes, la que acomete el director francés Emmanuel Marre en Notre Salut, una soberbia inmersión en la atmósfera y la podredumbre moral del régimen títere de Hitler, aquel gobierno de Vichy que habitaba en un balneario de la Francia artificialmente partida en dos para un mejor manejo por el III Reich tras la ocupación. Marre convierte en bruma respirada el mal banalizado en esa corte de trepadores y burócratas sin otro sentido ético que el de engordar en sus despachos o covachuelas. Merece mención muy singular el actor Swann Arlaud, por su composición de uno de esos diletantes que flota sobre los crímenes perpetrados o tolerados por el régimen de Vichy y su cúpula; interpreta a un viejo general en la luna con una perfección y economía de registros apabullante. Se trata de una figura real, Henri Marre, que fue nada menos que el propio bisabuelo del director del film, Emmanuel Marre, cuya indagación se lee así no solo como un preciso ejercicio de memoria histórica sino también como memoria familiar en torno a un tabú social que atravesó a varias generaciones de la Francia de los (falsos) vencedores: la de Vichy y la denigración colectiva de una nación.

Otra lectura de las más negras páginas del siglo XX europeo ocurre en La bola negra, la película de los españoles Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como Los Javiis. Su tríptico en torno al imaginario de García Lorca, tan ambicioso como irregular, despliega la evocación desde la Guerra Civil española hasta el tiempo presente de la represión -cuando no directamente la eliminación- de la vivencia y el deseo homosexuales, encaramados sobre la figura del desaparecido con mayor peso alegórico de todo el siglo pasado español: los restos del poeta todavía no han podidos ser recuperados de las fosas comunes en el barranco granadino de Víznar.

Las trampas deshonestas de Cristian Mungiu

Ese acervo de cine inmenso y con raigambre política antifascista está presente casi en su totalidad en el palmarés que tejió con mucho mayor tino del esperado el jurado que presidia el cineasta de Corea del Sur Park Chan-wook, con miembros como la directora chino-norteamericana Chloe Zao, ya oscarizada, el guionista escocés de Ken Loach, Paul Laverty, la directora belga Laura Wandel, y de la actriz Demi Moore. Solo se echa en falta Moulin, de Lazslo Nemes, la gran perjudicada junto a Paper Tiger, la nueva y magnífica película del norteamericano James Gray, en lo que es su sexta salida en ayunas de Cannes.

Sin embargo, lo que podría haber sido un palmarés felicísimo se vio arruinado en su cúspide, porque el premio mayor, la Palma de Oro, fue a parar a Fjord, una obra no exenta de interés artístico de un planteamiento abiertamente reaccionario. Es necesario impugnar las muchas trampas y maniqueísmos de su director, el rumano Cristian Mungiu, ganador ya de la Palma en 2007, con su alegato contra el tiempo de Ceaucescu 4 meses, 3 semanas, 2 días.

Fjord regurgita y revuelca desde la cima del palmarés su propia incongruencia. Con una tramposa ideología peor que equidistante, Mungiu elabora un discurso ultramontano en torno a unos inmigrantes rumanos de moral religiosa integrista que son maltratados en una Noruega que los acoge. El director se decanta por una caricatura de los funcionarios de la Europa del bienestar como despiadados agentes de la Stasi y del wokismo escandinavo. Como contrapunto intencionadamente desequilibrado, el padre y madre de una familia numerosa evangélica, están perfilados con todo tipo de matices y de humana comprensión a su defensa de ideas retrógradas, entre las que se cuenta su justificación del castigo corporal (con moretones acusatorios) como medio para sostener valores ultraconservadores. Anida en Fjord, bajo la excusa “de escuchar a todas las partes en un mundo polarizado”, un ansia por confrontar a la Europa de los países del Este (muchos de ellos, como Rumania sostenidos sobre regímenes iliberales o pro-trumpistas) con los de la Europa del Estado de bienestar, asimilados aquí a una cultura woke ridiculizada.

Así, Cristian Mungiu se pliega a la diatriba fundamentalistas contra el Estado y se coloca a favor del individualismo. En suma, Fjord es poco digna representación del falso apotegma libertario que representan Milei o, en última instancia, Trump. Y esto es lo que Park Chan-wook y su orquesta han elevado a la categoría de mejor película de Cannes 2026.

El resto son aciertos

A pesar de ese premio, el jurado, tan inescrutable, distinguió a casi todas las obras realmente esenciales de la competición. Así, Minotauro, demoledora denuncia de la Rusia de Putin, recibió el Gran Premio del Jurado. La alemana Valeska Grisebach obtuvo el Premio del Jurado por la solvencia de The Dreamed Adventure, en la que persevera en la construcción de un thriller de frontera sin un solo artificio de pólvora y con una arqueológa inmerasa en un ominoso mundomacho, donde enfrenta a un mafioso que se percibe algo como un Pablo Escobar del Mar Negro.

La sublime All of a Sudden refleja la taumatúrgica ruta de mutua fascinación y afinidad electiva entre sus dos mujeres protagonistas, la francesa Virginie Effira y la japonesa Tao Okamoto. Ambas comparten el premio de interpretación actoral femenina, pero no es suficiente para la grandeza y el humanismo de la película de Hamaguchi.

Otro tanto sucede con el magro premio al guion de Notre Salut. No se otorgó el premio de interpretación masculina a su protagonista, Swann Arlaud, y en cambio se inventó un un ex aequo como mejores actores para Emmanuel Macchia y Valentin Campagne, que encarnan a dos jovencitos y rubicundos amantes en tiempos de las trincheras de la Primera Gran Guerra en la correcta, minúscula y algo antigua _Coward:, del belga Lukas Dhont. Otro inocultable desatino.

La revelación

Calvo y Ambrossi acaban de protagonizar una de esas irrupciones que la Croisette celebra con una mezcla de entusiasmo y fascinación. La de los Javis es la aparición súbita de unos autores que, casi de un día para otro, son elevados a ese territorio reservado de la gran autoría cinematográfica. Con La bola negra no solo obtuvieron el Premio a la Mejor Dirección, otorgado por el jurado presidido por el realizador surcoreano Park Chan-wook, sino que sellaron una consagración tan precoz como excepcional.

Su llegada al palmarés de Cannes, apenas con su segundo largometraje, tiene algo de esas legitimaciones tempranas que el festival ha concedido, muy ocasionalmente, a cineastas destinados a marcar época. La prontitud con la que ocurrió recuerda a las bendiciones iniciales que recibieron en su momento Xavier Dolan, Giuseppe Tornatore o Bruno Dumont.

Cannes no premió únicamente una película. En el triunfo de los Javis hay también la consagración de una voz autoral que, llegada desde otros territorios creativos y con un recorrido todavía breve en el largometraje, encontró en la Croisette ese rito de legitimación que a veces no solo impulsa una carrera, sino que modifica su escala y su destino. Hay en este reconocimiento algo de irrupción fulgurante, sí, pero también de una maduración soterrada, de un proceso creativo que venía construyéndose desde hace tiempo y que aquí encontró, de pronto, su instante de revelación pública.

No se trata de un galardón cualquiera. El premio a la Mejor Dirección en Cannes integra una de las genealogías más prestigiosas del cine mundial. En orden cronológico, lo han recibido Robert Bresson, Ingmar Bergman, François Truffaut, Andrei Tarkovsky, Martin Scorsese, Emir Kusturica, Robert Altman, los hermanos Joel Coen y Ethan Coen, Terrence Malick, Wong Kar-wai y, ya en este siglo, David Lynch, Gus Van Sant, Michael Haneke, Cristian Mungiu, Nuri Bilge Ceylan, Hou Hsiao-hsien, Olivier Assayas, Costa-Gavras y Paul Thomas Anderson. También, con una cierta simetría del destino, el propio Park Chan-wook, hoy presidente del jurado y encargado de consagrar internacionalmente a Calvo y Ambrossi. Solo dos cineastas españoles habían alcanzado antes esta distinción en Cannes: Luis Buñuel y Pedro Almodóvar.

La magnitud del salto se percibe mejor al observar el contexto competitivo de esta 79ª edición. Alrededor de Los Javis se encontraban autores de la talla de Cristian Mungiu, Andrey Zvyagintsev, Ryusuke Hamaguchi, Valeska Grisebach y Paweł Pawlikowski, con quien compartieron ex aequo el premio a la dirección.

Y allí se produjo una escena tan insólita como reveladora. En un fallo difícil de comprender por parte de la organización, el premio físico destinado a Pawlikowski simplemente no estaba en la ceremonia. El director de Fatherland, visiblemente incómodo, quedó sin premio en las manos e ironizó “La peor mise en scène de la ceremonia”, mientras Los Javis, en un gesto espontáneo y elegante, le acercaban el suyo para la fotografía oficial.

La equiparación con Pawlikowski deja también una lectura crítica inevitable. Hay todavía en el cine de Los Javis un camino por recorrer para alcanzar el grado de depuración formal, precisión narrativa y perfección estilística que el realizador polaco parece cincelar película tras película. Ese matiz no disminuye el alcance de lo ocurrido: al contrario, subraya la dimensión del salto, más aún en una competición de una dureza extraordinaria, que dejó fuera del palmarés a cineastas como Pedro Almodóvar, Hirokazu Kore-eda, László Nemes, Ira Sachs y James Gray. Evidentemente, esta fue una edición de Cannes particularmente exigente, en la que incluso quedar fuera del palmarés equivalía a compartir cartel con algunos de los grandes cineastas del presente.