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Luis Brandoni, durante el 75º Festival de Cine de Venecia (archivo, 2018).

Foto: Vicenzo Pinto, AFP

Beto y la clase media

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El adiós a Luis Brandoni como despedida a una época de Argentina.

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Hay una forma muy rioplatense de estar roto: es esa suerte de dignidad sostenida por un hilo de fe, la del tipo que se pone la camisa más prolija que tiene para ir a pedir un crédito hipotecario que sabe que le van a negar (o que, en algún momento, va a tener que abandonar por falta de pago). Esa mezcla de sobregiro intelectual, anticuerpo al dolor, añoranza por el pasado y un presente que te escupe en la cara mientras financiás la compra del supermercado en tres cuotas sin interés. Luis Brandoni no solo actuó de ese tipo. Luis Brandoni inventó el molde.

En estos días, si prendemos la televisión, leemos los diarios o nos perdemos en los caireles del ruido blanco de las redes sociales, nos damos cuenta de algo concreto: Beto se fue llevándose consigo el manual de instrucciones del desencanto. Y me duele, nos duele, no solo porque ya no volverá a actuar (a los 86 andaba entre el teatro con Solita Silveyra y las series para los streamings, como la segunda temporada de Nada), sino porque nos deja tecleando con la misma cara de boludos que tenía Antonio Musicardi cuando evidenció que la “pobreza digna” no era solamente un concepto sociológico.

Ahora, para entender por qué Brandoni entroniza el ADN de algunas de nuestras frustraciones, hay que revisitar tres estaciones centrales de su calvario actoral. Esas tres películas que son, básicamente, el resumen de nuestra estructura financiera personal y colectiva. Argentina se explica, también, desde el bolsillo.

Primero, La Patagonia rebelde: aquí Brandoni representa el idealismo con fecha de vencimiento. El tipo que cree que la palabra empeñada y los derechos valen de algo. Deberían valer, claro, ya sabemos: perdón por todo esto, Beto. Acá, de hecho, el origen de casi todos los desencantos modernos: cuando te das cuenta de que el sistema no está torcido, sino que, si se le canta, puede aplastarte perfectamente.

Después, Darse cuenta, quizás su pico máximo de “dignidad en el barro”. El médico que lucha contra un sistema de salud desguazado, el tipo que se niega a dejar morir al paciente (que es, en realidad, el país) mientras los demás ya están repartiéndose las migajas. Es la clase media que todavía cree en la meritocracia y en el sacrificio. Es la clase media en pinta, una que anda deshilachándose. Perdiéndose. Yéndose.

Y, finalmente, el pico más alto: Esperando la carroza. Aquel “tres empanadas”, que salmodió gracias al guion inmarcesible de Alejandro Doria y Jacobo Langsner, y que conjuró el epitafio de la clase media. Antonio Musicardi es el arquetipo definitivo: un canalla fanfarrón que tiene contactos, que es “alguien”, que se ensancha incluso entre los suyos, tooodo mientras se le muere la vieja (o no: “¡Es una húngara!”) en medio del caos familiar. Esa hipocresía con olor a tuco es lo más real que filmamos jamás, un glitch de la identidad criolla que nos persigue hasta hoy. Que nos pesa. Que nos hace ser lo que somos. Esperando la carroza es una película más triste de lo que la recordamos. Hace unos días la volví a ver. Lloré. Por Mamá Cora. Por todos nosotros. Cada vez me da menos gracia.

Brandoni representaba al tipo que pretendía mantener la compostura cuando el techo cedía. Hoy, esa dignidad se manifiesta en querer convencerse de que “esto es necesario” mientras cenamos un arroz con queso rallado de oferta (ahora le dicen “alimento a base de queso”, ¿sabían?). En lo personal, crecí viendo a Brandoni en la tele de tubo de mis viejos. No lo vi tanto en el cine. No es un actor de mi generación (es un actor de todas las generaciones, ya sé), aunque me ayudó a leer el tiempo de mis papás. Pero, bueno, en realidad, lo que quería subrayar es que, con todo esto, podemos confirmar un asunto: somos hijos directos de ese imaginario y estamos criados en el culto de “mantener las formas”, aunque el fondo sea un abismo. La vida es bella ya pintó esta cuestión, incluso en su representación más dolorosa.

Al punto: ver morir a Brandoni es como ver cerrar la última rotisería del barrio que todavía te vendía fiado. Es divisar al viejo puesto de diarios de la esquina mientras se convierte en cafetería de especialidad. Es el adiós de aquello y la bienvenida de esto. Es el fin de una era donde la clase media todavía tenía un libreto que recitar, un protagonismo por disputar, una existencia por la que sobresalir. Ahora el guion lo escriben otros, muchísimo menos talentosos que Doria y Langsner, o un algoritmo de esos que hay ahora, o qué sé yo quién.

Brandoni se fue y nos dejó la estampa de dignidad de los que, aunque el barco se hunda, se aseguran de que el nudo de la corbata esté derechito, prolijo, anudado como con ganas de ganar. Nos dejó, en definitiva, el espejo de lo que somos: gente que, entre esas tres empanadas (que a esta altura de la soirée ya son más una seña espiritual que otra cosa), todavía está esperando que alguien le explique en qué parte de la película nos convertimos en los extras de alguno de todos los desastres que nos tocan en gracia.

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