Facu Díaz.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Facu Díaz: “La discusión sobre si la política tiene que estar presente en las artes está más superada en Uruguay que en España”

El comunicador y comediante nacido en Canelones repasa una carrera marcada por el humor, que lo llevó más de una vez ante la Justicia.

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En España hay un comunicador y comediante de stand-up que se caracteriza por un humor político que lo ha llevado ante la Justicia en un par de ocasiones. Junto con su colega Miguel Maldonado llena estadios, mientras que en solitario se presenta en decenas de países europeos, además de mantener una presencia fuerte en el mundo del streaming. Facundo Díaz, Facu como lo conocen sus decenas de miles de seguidores, es uruguayo y pasó su infancia en Canelones hasta que emigró debido a la crisis económica. La semana pasada se presentó por primera vez en Montevideo, junto con la argentina Charo López, y esa visita posibilitó una charla con la diaria acerca de su carrera, del humor y de la política, en más de una de sus acepciones.

¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en Uruguay?

Tengo recuerdos muy puntuales, muy particulares, sobre todo de los viajes a Montevideo. Porque yo me crie en el Fortín de Santa Rosa, que es un lugar que me trae recuerdos de verano, únicamente, que es cuando había vida y podía compartir con gente y demás, con mis primos que venían de Montevideo a pasar el verano. Pero la realidad es que hay un vacío bastante grande porque creo que no pasaba nada, que simplemente era una vida muy de ir a la escuela y poco más. Pero sí tengo muchos recuerdos, por ejemplo, de ir al dentista en la Facultad de Odontología, en el Clínicas, las visitas al estadio Centenario. Eran mis primeras veces en un edificio tan alto y para mí era muy impresionante.

¿Cómo fue el cambio de país y de ciudad?

Mis padres buscaron un lugar que tuviera algo que ver con el lugar en el que vivíamos, entonces decidieron que nos fuéramos a la costa. Y uno puede, sobre el papel, pensar “bueno, no debe de haber mucha diferencia”, pero estamos hablando de una costa como la de Canelones, que es muy tranqui, muy virgen también, en el sentido de que no hay edificaciones cerca de la playa y demás. Y yo me fui a un lugar que es Blanes, en la Costa Brava, en la provincia de Girona, que es epicentro del turismo europeo de playa y de sol y de costa, donde la población se multiplica por seis cada verano.

Llegamos en agosto, en pleno verano, y el shock fue impresionante. Son playas donde hay que buscar el hueco, y yo estaba acostumbrado a una playa kilométrica para todas partes, donde el espacio nunca fue un problema. Por lo demás, cuando se fueron acomodando esas cosas, las vidas son parecidas y todo se fue poniendo más o menos en orden.

Tu partida coincide con la crisis económica. ¿Ese exilio marcó tu postura política ante la vida?

No sé si yo recibí explicaciones de por qué nos estábamos yendo o si las llegué a entender o a retener. Pero sí que algo había en mi cabeza de “bueno, yo no vivo en el país en el que nací y esto debe de ser por algo”. Lógicamente, con el paso de los años uno va entendiendo que tiene que ver con la política. Pero es el momento en el que gana el Frente Amplio las elecciones en Uruguay cuando ya soy capaz de percibir que algo pasa en mi casa y que hay una emoción. Había una emoción en esos días, en esas semanas, muy especial, que si bien yo no terminaba de entender en unos términos muy tangibles, sabía que tenía que ver con nuestra vida en general y con ese gran viaje que habíamos hecho. Poco a poco, tirando del hilo, conseguí ir atando cabos, colocando las piezas en su lugar y entendiendo que, efectivamente, éramos emigrantes económicos, fruto de una situación política insostenible que definitivamente me llevó a interesarme mucho más por la política e incluso a llegar a militar.

¿Cuándo empezás a interesarte por la actualidad y cuándo el humor de actualidad empieza a volverse una carrera?

Lo que pasa es que primero soy un militante. A los 14 años mi madre me lleva a la sede del Partido Comunista en Blanes, con mucha vergüenza, porque tenía el temor de que pensaran que me estaba obligando. Decía: “Tú eres tan joven que van a pensar que yo te estoy trayendo aquí de manera forzada”. Entonces, yo primero fui militante y después me empecé a interesar por el tema del guion, por el tema de la escritura y por el tema de la comedia, con lo cual ya era imposible desvincular una cosa de la otra, porque casi toda mi personalidad, mis lecturas y todo lo que tenía que ver con lo que yo había sido en la pubertad y en la adolescencia eran pura militancia, con lo cual fui incapaz desde el principio de separar esas dos cosas. Si me iba a dedicar a escribir y me iba a dedicar a la comedia, la política iba a estar sí o sí presente.

¿Cuáles fueron las primeras señales de que podías llegar a dedicarte a eso?

La verdad es que llegaron bastante tarde, lo cual creo que fue muy bueno porque me quitó mucha presión al principio. Yo pertenezco a una de las últimas generaciones que hacían contenido en internet sin ambiciones económicas, y creo que de alguna forma eso alimentaba otras formas de crear que no iban necesariamente destinadas a satisfacer a los algoritmos, a entender, a estudiar las redes para sacarles el mayor partido. Yo hacía lo que quería y como quería hacerlo, con el único termómetro de los comentarios de la gente, de ver si le gustaba o no le gustaba a la gente. No había una hora específica para subir las cosas, no había una miniatura que diseñarle al video. Entonces, el comienzo fue muy de jugar y muy de ser creativo.

Según va pasando el tiempo y voy creciendo, empiezan ofertas de trabajo. Yo vivía en Barcelona en aquella época y el objetivo era “bueno, en algún momento voy a poder ir a Madrid y empezar a trabajar ahí de guionista”. Fue en ese momento, cuando el contenido que empezaba a subir se hacía popular, que pensé que quizá podía dar el salto e irme a Madrid a trabajar de lo más raso que hubiera, del puesto más sencillo que hubiera, pero ya lo empecé a tener claro.

Foto: Captura

¿Cuál sería el puesto más raso?

Lo que siempre imaginé es que iba a ser guionista de algún programa de televisión. De hecho, mucho de lo que yo hacía, por ejemplo, en Twitter, era como una demostración de que podía hacer eso, porque Twitter todavía tenía que ver con la inmediatez, con ser creativo y condensar en muy poquito chistes con lo que estaba sucediendo casi en tiempo real. A mí me parecía que esa era una muy buena forma de demostrar, para programas de actualidad y demás de televisión, que era capaz. Me gustaba mucho y me sigue gustando un programa que se llama El intermedio, un programa histórico de la actualidad política, y yo prácticamente escribía los tuits pensando en que me estaban leyendo desde ahí. Porque la realidad es que sí, me seguían algunos guionistas del programa, entonces yo escribía pensando en acceder a un puesto de guion. Quería ser guionista y ese habría sido el comienzo, de no ser porque entré como notero en La tuerka, que era el proyecto audiovisual de Pablo Iglesias.

¿Cómo fueron esos comienzos?

Empiezo saliendo a la calle, un poco con la cabeza puesta en Caiga quien caiga, que fue un programa que tuvo su edición española y siempre es recordado con mucha nostalgia. Es una forma de hacer notas que quedó mucho en el imaginario de la gente, y yo intentaba emular eso. Lo que pasa es que no me gustaba nada, me ponía muy incómodo, muchas veces sentía que los políticos se me escapaban vivos porque tenían mucha más capacidad que yo. Era un joven de 20 años muy, muy nervioso, que de repente me plantaba delante de un diputado del Partido Popular que llevaba 20 años en el Congreso y me hacía caca en los pantalones.

Estaba incomodísimo con ese rol y, por suerte, de manera muy natural, fui adquiriendo un rol más de conductor, que al final es un lugar en el que me siento cómodo, que se me da especialmente bien, que no tiene toda la carga cómica. Además, siempre juego con algún compañero y ahora hace más de diez años que trabajo con Miguel Maldonado, que es el mejor de los compañeros en este sentido. Yo puedo asumir un rol un poquito más serio, más de conductor, y la figura más loca y con más carga cómica es él.

¿Cómo se hace para trabajar con la realidad sin deprimirse?

Es imposible. La única posibilidad es hacerse el loco, “fingir demencia”, como se dice por aquí. Es triste, pero es así. Muchas veces la única alternativa que queda es no prestarle atención a lo que está pasando; de hecho, yo cada vez lo hago más, y es una pena porque me gustaría poder seguir más al día de la actualidad y demás. Por ejemplo, ahora están pasando unas cosas terribles en España. Hay mucha corrupción y al mismo tiempo hay que lidiar con mucha desconfianza en el sistema judicial. Hay precedentes de las dos cosas: primero, de corrupción en el partido del gobierno, porque la ha habido y no sería de extrañar que la volviera a haber. Pero es que también hay precedentes de operaciones judiciales que después quedan en nada. Entonces el desgaste es tal que uno ya no sabe si salir a defender a los acusados o salir a quemarlos, porque puede ser que sean unos ladrones. Mucha gente, y sobre todo la gente progresista de España, está en una situación de mucho, mucho cansancio y una sensación permanente de estar aguantando una puerta, como de que no la derriben porque vienen los malos, pero no sé cuánto tiempo se puede aguantar.

¿Es posible defender las ideas y dejar un poco de lado a las personas? Hay países más personalistas que otros.

En España, ahora mismo, el ámbito progresista tiene un problema, que es que orbita demasiado alrededor de la figura de Pedro Sánchez. De alguna manera él ha conseguido, y es un mérito suyo, autoproclamarse la cara del progresismo. Es cierto que en muchos casos consigue cosas, como la última regularización masiva, que va a permitir a más de medio millón de personas tener acceso a sus papeles y al permiso de residencia, una cosa que va frontalmente en contra de todo lo que está haciendo el resto del mundo. O la significación en el conflicto y el genocidio palestino. Todos esos movimientos, lógicamente, de alguna forma le ponen en ese lugar. Pero después no se puede dejar de remarcar que él pertenece a una organización política que estructuralmente se ha nutrido de la corrupción y parece que no deja de hacerlo, en muchos casos y según parece, a sus espaldas. Entonces sí, le queda en la cuenta pendiente a la izquierda española levantar proyectos que no dependan tanto de las personas, pero eso imagino que es algo que pasa en todo el mundo.

¿Cómo es el panorama del humor político en España?

Una de las cosas con las que siempre hemos bromeado Miguel y yo es que no nos ha ido bien tanto por ser buenos, sino por ausencia de competencia. Siempre hemos dicho de broma: “El día que aparezca alguien que haga esto bien, nos vamos a la mierda”. Porque la realidad es que no abunda el humor político en España. No es una categoría que tenga mucha representación, en buena medida porque en España todavía ocurre una cosa, y espero no equivocarme: siento que la discusión sobre si la política tiene que estar presente en las artes, como en el cine o en la literatura o en lo que sea, es una cosa un poquito más superada en países como Uruguay, que es un país muy politizado, que entiende que no hay que separar la política de la vida, porque la vida es política. Pero todavía ocurre mucho en España que hay gente que piensa que no puede ser que el humor esté politizado, que la música esté politizada, y hay una discusión permanente con eso, que lleva a que mucha gente decida no hacer sátira o no meter política en su trabajo. Eso, paradójicamente, nos ubica en un muy buen lugar, pero poco a poco eso se está rompiendo. Últimamente hay muchas figuras nuevas que se abren paso a través de las redes, y eso es una muy buena noticia porque crece la industria.

Debe de haber gente que ve el programa de televisión El hormiguero y piensa que no está politizado.

Te digo una cosa, no solamente es un mensaje que viene desde la derecha: mucha gente del ámbito progresista ha comprado esa versión de que puede existir una objetividad pura de los medios. Yo siempre contesto lo mismo: solamente elegir de qué temas hablar, en qué momento hacerlo y con qué invitados, con qué panelistas, con qué expertos, esas ya son decisiones que pueden espolear hacia un lado o hacia el otro el análisis que se esté haciendo. Es imposible. Hay que dejar de pensar que lo político es malo. La política puede ser mala, pero lo político no es necesariamente malo. Pero solo cuando asumamos que esto es así podremos tener una conversación adulta.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

¿El humor político puede generar algún cambio real? No estoy hablando de cambiar el resultado de una elección, pero de pronto cambiar la opinión de una persona.

Yo me quiero convencer a mí mismo de que no, porque eso supondría tener una carga de responsabilidad que no quiero asumir. Pero luego me pasa que me encuentro con gente que me cuenta unas cosas fuertes. Me encuentro mucho con gente que nos hace responsables, a Miguel y a mí, de haber decidido estudiar ciencias políticas o haber decidido estudiar filosofía. Es verdad que nadie se mete a estudiar filosofía si no tiene ganas, pero hay un empujoncito que se le ha dado a toda una generación que ha crecido con nosotros. Y, la verdad, independientemente de los resultados y de lo que acabe pensando esa persona, que alguien por alguna cosa que nos escuchó se interese por formarse en ese sentido a mí ya me pone contento. Por lo demás, creo que a veces se nos da a los comediantes una especie de capacidades un poco sobredimensionadas. A mí me parece que una cosa que sí podemos hacer muchos es afianzar y hacer grupo, generar comunidad, que eso es fundamental.

Tuviste algunas visitas a la Justicia. ¿Qué tipo de humor fue el que te generó esos problemas?

Todo estuvo concentrado en la época en la que yo estuve vinculado laboralmente con Pablo Iglesias en La tuerka, en un momento de crecimiento político de su organización [Podemos], que se intentó bombardear desde todos los puntos de vista: mediático, judicial, político... La realidad es que ahí todos éramos daños colaterales; cualquiera que estuviera a su alrededor era incesantemente víctima de este tipo de artimañas.

En mi caso los temas que me llevaron con más repercusión mediática fueron dos que son especialmente delicados para la comedia en España. Uno fue el terrorismo y el otro la religión. En un primer caso hice una parodia en la que aparecía caracterizado como un terrorista de ETA anunciando la disolución del Partido Popular por acumulación de casos de corrupción, simulando aquellos comunicados que hacía la banda terrorista con esa apariencia. Con ese me llevaron ante la Audiencia Nacional, que es un tribunal que juzga exclusivamente delitos de crimen organizado y terrorismo, que la verdad que para tener 21 añitos es un tema que a uno le pone nervioso. El otro fue un tuit, una estupidez, una salida de tono con una iglesia. Le cayó un rayo y se quemó una iglesia, me reí del tema, y una asociación de estas ultracatólicas dijo “esta broma no va a quedar en vano”. Por suerte sí quedó en vano, porque la Justicia por aquel entonces todavía perdonaba estas cosas.

Hablaste de religión y de terrorismo. Durante años llegaron noticias de lo riesgoso que era hacer humor con la Corona, ¿sigue siendo así o aflojó un poquito?

Aflojó y es justo decirlo. Pero creo que aflojó porque la Corona salió del foco en general. De hecho, se está dando un fenómeno especialmente curioso, que es que la Casa Real, al no moverse de su sitio, se está convirtiendo en blanco de la extrema derecha, porque ellos creen que por inacción están permitiendo la decadencia del país. Creen que se han cruzado varias líneas en las que el rey podía haber intervenido y no lo ha hecho. Ahora las críticas más duras y más salvajes a la Corona vienen de una extrema derecha que creía que el rey iba a salir algún día a pararles los pies, por ejemplo, cuando se produjo el indulto a los líderes independentistas catalanes por parte del gobierno. Eso encendió una cantidad de movilizaciones muy violentas de la derecha y de la extrema derecha, y como el indulto tiene que firmarlo el rey, se convirtió en colaborador del golpismo catalán. Y que se lo coman, porque si alguien ha sido permisivo con ellos, precisamente es la Casa Real, así que disfruten de lo que generaron.

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