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Fin de semana Teatro y danza

Manuela Yantorno y Julio Chávez.

Foto: S/d de autor, difusión

Julio Chávez: “No me volví más canchero; me volví más lúcido”

El actor argentino trae La ballena al Auditorio del Sodre por una única función.

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Prefiere pagar su entrada a que lo inviten a una obra de teatro. El fútbol no le interesa. Intenta pasar su cumpleaños “lo más inadvertidamente posible”, dice Julio Chávez en la víspera de llegar a los 70.

Con El vestidor, donde compartía cartel con Federico Luppi, actuó por primera vez fuera de Argentina. “Fue un espectáculo bisagra en mi carrera”, recuerda Chávez, que, intimidado, pisó el Solís hace tres décadas. “Yo ya era un actor adulto, pero me recuerdo muy verde, si bien ya hacía 22 años que estaba en el oficio. Había muchas cosas que todavía tenía que caminar”, asegura ahora el actor que ganó un Oso de Plata en Berlín por El otro (Ariel Rotter, 2007) y que cosechó desde premios Platino hasta ACE y Martín Fierro, el dramaturgo de La de Vicente López, el director de Cuando la miro (2022), el protagonista de Un oso rojo (Adrián Caetano, 2002), El custodio (Rodrigo Moreno 2005), El puntero (2011), El Tigre Verón (2019-2021), el docente, el pintor.

“Tengo la misma fe, el mismo entusiasmo por el oficio y sigo entrenándome duramente, pero con más conciencia, más confiado en que ese es el camino que debo seguir. Es esa la rutina que me ayuda. De manera que cuando dicen que con el tiempo uno se hace más canchero, diría que yo no me volví más canchero; me volví más lúcido, porque comprendo cosas o advierto dificultades”, cuenta.

El lunes, Chávez vuelve a Uruguay, esta vez al Auditorio del Sodre, con La ballena, acompañado por Laura Oliva, Octavio Murrillo, Manuela Yantorno y Emilia Mazer. El texto trascendió por la versión que en 2023 le dio un Oscar a Brendan Fraser. La obra original es de Samuel D Hunter y cuenta los últimos días de Charlie, un profesor de Literatura obeso que vive recluido en un apartamento de Idaho mientras intenta reconectar con su hija adolescente, de quien se distanció hace tiempo. Chávez, que ganó una estatuilla Estrella de Mar con este personaje, no vio la película.

Siendo un tipo que estuvo y está en tantas facetas artísticas, ¿qué le pedís a un director? ¿Estás en otro lugar con respecto a los demás actores?

No con relación a otros. Me siento en otro lugar con relación a mí mismo. Creo que como instrumento hoy le sirvo más a un director que hace 20 años porque comprendo mucho más lo que es la dificultad de dirigir y me entiendo mucho más a mí mismo. Hoy tengo más lenguaje cuando necesita dirigirme un director, y a veces tengo incluso más oído y más entendimiento. Estamos hablando de un director ideal o, mejor dicho, como debe ser, alguien que comprende el trabajo, lo cual no significa que sabe cómo resolver, sino que tiene herramientas. Esto implica que a veces lo puede resolver y a veces no. Un director no es infalible. Pero si tiene dificultades, sin lugar a dudas, voy a intentar ayudarlo. Ahora, lo que me puede poner como un actor difícil es un director que no sabe, que no escucha, que se hace el canchero, que no toma contacto con el material y que está repleto de ideas superficiales y además se hace el omnipotente. Ahí la podemos llegar a pasar mal. Por eso, antes de empezar un proyecto trato de chequear el material, trato de chequear una impresión que tengo del director, y si veo que voy a ser un palo en la rueda, no tomo el proyecto. Porque en definitiva, si el proyecto es de él, no quiero ser un obstáculo.

En Hollywood es un mérito asumir cambios corporales drásticos. La elección que hacen ustedes es buscar un traje que resuelva el asunto. ¿Cómo lo discutieron?

Ahí no hay discusión. Había ignorancia, por parte mía, de la construcción del traje de Charlie, de lo que es el envase de Charlie. Yo no conocía en absoluto el oficio de los que hacen eso, ni la máscara, ni el traje, pero estaba muy preocupado por que eso pudiese ser ejecutado de una manera óptima, y me llevé una enorme sorpresa al advertir el tamaño del talento y del conocimiento. Para mí fue muy importante porque eso me dio, te diría, el 50%; el otro 50% tiene que ver con la interpretación, con el entendimiento del almita de Charlie, con su cabecita, con su manera, con elecciones, con su temperamento, su forma, su corazón. Eso el traje no te lo da, pero es un compañero fundamental.

¿Te limita? Me acordaba de vos, por ejemplo, en Red, supercrispado como Mark Rothko, en un papel muy físico. Acá será lo contrario.

Todo lo contrario. Primero que Charlie, además de su situación de morbidez, creo que tiene un temperamento muy pachorro, digamos. Y además está limitado en sus movimientos. De hecho, casi no puede caminar; estamos hablando de los últimos cinco días de un ser humano. Charlie es un oso hibernando, de alguna manera.

Con el director Ricky Pashkus cambiaron el énfasis a la obra; el cuerpo, lo más visible, no es lo central.

No es el tema principal porque, en definitiva, no podemos basarnos en algo todo el tiempo presente: que Charlie pesa 230 kilos, que le cuesta respirar. Esa es una circunstancia de Charlie importantísima, está muy mal físicamente, pero no ponemos en escena un fenómeno fisiológico para ser observado. Lo que queremos relatar es lo que no se sabe de ese ser humano. Contamos lo que le pasa como padre, como maestro, como hombre religioso, como hombre sexual. Por eso le pedí al director no poner el acento en algo obvio. No es necesario producir un hecho casi pornográfico. El autor escribió la obra, pero nosotros tomamos decisiones que creo muy atinadas. Por ejemplo, la obra habla de los mormones de una manera muy incisiva y muy insistente. Acá los mormones no son una institución como en Estados Unidos. Entonces, ahí uno tiene la posibilidad de decir “saquemos tantos mormones porque produce distancia, no acercamiento”.

Julio Chávez y Laura Oliva.

Foto: S/d de autor, difusión

Otra iniciativa tuya fue no mostrarlo tanto comiendo en escena.

Por eso mismo. ¿Cuál es el sentido de comer en escena de una manera, como pide el material, todo el tiempo? Es obvio que come mucho. ¿Para qué lo querés ver? ¿Para una cuestión que es perversa? Si ya sabés. No tenía sentido. Una vez come mucho en escena, porque nos parecía apropiado, pero no tantas como pide el material, que está lleno de comida, de platos sin comer, de cajas de hamburguesas por el piso. No produce empatía. Y ya la distancia está. Si vos estás con una persona que pesa 230 kilos, ¿cuánta más distancia querés tener?

Hubo cierta sensibilidad de un sector del público que no sé si llegó a verla.

Hubo, al comienzo del proyecto, una serie de pequeñas cositas en las redes, no sé qué. Tengo nada más que Instagram y lo uso para mi trabajo. Sé que hubo algunos comentarios de malestar porque ya venían como preparados para ver algo ofensivo con relación a la situación de la morbidez física. Creo que es absolutamente todo lo contrario. El espectáculo, lejos de producir el distanciamiento, incluye. Creo que excluyente y peligroso es suponer que porque una persona tiene gordura mórbida no se puede hablar acerca de sus conflictos como ser humano. Queda como que “no toquemos a tal grupo de gente”. ¿Cómo que no? Si la intención es que cuando termine el espectáculo hayas establecido empatía y que ya casi la morbidez física sea un segundo tema, porque advertiste otras cuestiones. Estamos en una época particular, en la que aparentemente hay cosas de las que no se puede hablar. Por supuesto, nunca voy a hablar con falta de respeto sobre ningún ser humano, pero también diría que ningún ser humano está exento de vivir los conflictos de la humanidad.

¿Cómo detectás que está sucediendo una buena función?

Es muy notorio cuando una función está sucediendo de una manera viva y cuando está peleándose. Uno se da cuenta cuando sirve la milanesa y no está en mal estado, pero en algún lado está medio pasadita o está medio cruda o se hizo un poco rapidito. Igualmente, tengo la impresión de que nunca hemos servido una milanesa en mal estado, pero hay algunas milanesas que uno después se mira con sus compañeros y dice “esta salió bárbara”. Son sutilezas o problemas que hubo en la función. A veces el que la come, digamos, el espectador, no se da cuenta de la diferencia.

¿Y cómo sos vos como espectador?

Me gusta mucho ir al teatro, entre otras cosas, porque me gusta meterme en los problemas que he elegido. No voy al teatro a criticar, pero soy un espectador que pertenece al problema del teatro. Entonces, veo el partido sentado en la tribuna, pero mi tema es el fútbol también. Por eso no me gusta que me inviten. Yo pago mi entrada, me siento y tengo el derecho de que mi espectador viva con libertad. No estoy obligado a tener que ir a saludar, porque si te invitan, ¿qué vas a decir? Y además estás obligado a saludar. Que me inviten es un problema. Hay veces que voy a ver un espectáculo que no termina de enloquecerme, pero lo hace gente que quiero mucho. Entonces, los voy a saludar. A no ser que alguien me pregunte seriamente qué me pareció, tal vez me sentaría y le diría. Si no, es un problema mío.

¿Hay algo que te haya impactado últimamente?

Sí, pero por los problemas. Es otro tipo de impacto. Pero no me importa porque no hay ningún problema que yo vea en el escenario que no me competa y todos los comprendo. Es un oficio muy complicado y muy subjetivo. Es un hermoso oficio y no es tampoco tan fácil entrar en una mesa de discusión o de exposición, porque no nos es tan fácil escuchar los problemas.

Como docente, ¿cómo ves a las nuevas generaciones?

En un sentido, extraordinarios: veo grupos de gente joven preciosa que pueden producir cosas hermosas, y también muy alejados del cordón histórico. Desde hace varias décadas se ha cortado un poco el vínculo con los ancestros, de hablar de ciertos asuntos, un poco desentendidos de ciertos aspectos de la humanidad. No diría superficiales, diría no formados en haber escuchado el padecimiento históricamente. Porque además creo que perciben un mundo donde hay sistemas que han fracasado, y creo que hay una nueva cabecita ahí, un nuevo ser humano que finalmente no va a poder zafar de ciertas cuestiones, pero cuando una carita no tiene arrugas, es muy difícil que esa persona se las imagine. Pero hay gente hermosa, que se reúne en grupos, que trabaja en autogestión, que hace la suya, que hoy es más fácil que hace 50 años, en un sentido.

La ballena. Lunes a las 21.00 en el Auditorio Adela Reta. Entradas desde $ 1.500 a $ 4.500 en Tickantel.


Ballet Nacional del Sodre

“Una experiencia sublime, nuevos lenguajes que desafían lo clásico elevando cuerpos y mentes a lugares inimaginados. Dos nuevas obras que serán creadas especialmente para el Ballet Nacional del Sodre y un nuevo desafío para encontrarnos y redescubrirnos”. Así presenta la web del Auditorio del Sodre el espectáculo que este domingo a las 17.00 tendrá su última fecha, en ese recinto, a cargo del Ballet Nacional del Sodre.

Tócame, con amor comienza con “Tócame”, una coreografía de Ricardo Amarante sobre música del compositor ruso Sergéi Rachmaninoff, a cargo del pianista Esteban Urtiaga. La obra habla “del poder del contacto –físico, emocional y musical– y de cómo el sonido puede despertar el cuerpo y transformarse en danza”, un ballet “sobre la conexión humana, donde el piano, el tacto y el movimiento se convierten en un solo lenguaje”.

Luego será el turno de “Con amor”, con coreografía de David Jonathan, música del compositor alemán Robert Schumann y con el Conjunto Nacional de Música de Cámara como elenco estable invitado. Esta obra “explora el profundo poder emocional contenido en un solo gesto humano: el abrazo”. Las entradas se consiguen por Tickantel y van desde $ 170 a $ 2.050.

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