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Ultraman, el obrero interestelar

60 años del superhéroe japonés.

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Corría julio de 1966. En los estudios de la cadena Tokyo Broadcasting System, en el elegante barrio de Minato, el aire olía al Japón de posguerra: una mezcla alquímica entre disciplina quirúrgica y paciente, tecnología avant garde y profunda fe en que los monstruos también pueden explicarnos el mundo. En aquel Japón resquebrajado pero altivo nació Ultraman. Medía 40 metros de altura, venía de la Nebulosa M78 y tenía la piel plateada y roja, pulida como la carrocería de un coche de carreras. Hoy, Ultraman, ese héroe, aquel Gigante de Luz, cumple 60 años.

Curiosamente, no eran las dimensiones bestiales las que fascinaban a los niños nipones y a los que, años más tarde, pegarían la frente al vidrio de los televisores de tubo. Lo que los fascinaba era su vulnerabilidad. Ultraman no podía luchar para siempre. En el centro de su pecho llevaba un ojo redondo que titilaba en azul cuando la energía estaba intacta y empezaba a latir en un rojo frenético, acompañado por un pitido de ambulancia, cuando le quedaban apenas tres minutos de vida en la Tierra. El héroe finito, a pilas, pero inmarcesible. El titán que se yergue desde la tragedia y se embandera en la sanación.

El responsable de ese delirio galáctico se llamaba Eiji Tsuburaya. Un tipo bajito, de mirada melancólica y unas manos que comprimían hechizos pirotécnicos. Tsuburaya perfeccionó el arte de la destrucción en pequeña escala. En sus talleres, los edificios de Tokio no eran de cemento y hormigón, sino de madera, cartón y acuarela. Cuando el monstruo de la semana –una langosta gigante, un dinosaurio mutante, un extraterrestre con cara de calamar– pisaba una maqueta, las ventanas no se rompían: se pulverizaban en una nube blanca que flotaba unos segundos en el aire. Aquello también era la magia.

De hecho, Tsuburaya entendió que el género tokusatsu –el de los efectos especiales hechos a mano, con maquetas y hombres disfrazados– no era un truco barato, sino una forma de entronizar la poesía más fina y delicada. Claro, en un país arrasado por dos fuegos atómicos, ver a un coloso proteger una ciudad diminuta no era un entretenimiento más: seis décadas después continúa siendo un ritual de reparación colectiva.

En el Río de la Plata, tanto en Argentina como en Uruguay, Ultraman se colocó en la grilla de la televisión abierta entre publicidades de gaseosas y dibujos animados norteamericanos. Y lo hizo vía United Artists, la distribuidora de las versiones dobladas al inglés y al español. Y, así, durante 1968 se inició oficialmente el comienzo del japonismo en América Latina, que tiempo más tarde se ensancharía con animés, merchandising, convenciones, y hoy es un elemento deliberado de soft power asiático. Fue Ultraman el que clavó la bandera y la dejó flameando. Incluso, ese mismo año, la revista Billiken publicó su manga, el primero en llegar legalmente (y por entregas) a estas pampas. Y fue la empresa Supersol, juguetera emblema de Argentina y Uruguay, la que distribuyó algunos de sus juguetes.

En su espíritu, esa criatura invencible condensa yeites profundamente humanos. Y algo que, no obstante, dependía del cronómetro. Tic, tac. En su reverso, el canon del héroe occidental –Spider-Man, Superman, el que sea de las factorías Marvel o DC Comics– se yergue como un monolito prácticamente indestructible y, en lo formal, sin un deadline acuciante. En cambio, Ultraman se presenta como un obrero del combate: llegaba, hacía su trabajo en tres minutos, juntaba los antebrazos en forma de cruz para disparar su rayo y salía volando antes de desplomarse consumido por el cansancio.

Llegar a los 60 años en el cosmos de la cultura pop suele ser una condena a la eterna nostalgia llorona, al eterno resurgir de remakes retromaniáticas o un ticket directo al museo de cera de los chiches olvidados. A la sazón, Ultraman esquivó ambas cosas transformándose en una dinastía vigente. Hubo un Ultraseven, un Ultraman Tiga, versiones animadas, videojuegos, películas firmadas por cineastas de culto como Hideaki Anno (Shin Ultraman, peliculón) y toneladas de macaquitos que hoy se venden por miles de dólares en las galerías de Akihabara. Hubo, justamente, un Neon Genesis Evangelion, probablemente el animé más importante de la historia, que bebió directamente de ese cuenco. Su existencia es un navajazo cultural.

Por estos días, encima de las fauces de este mundo hiperconectado en el que los efectos por computadora y los avances de la inteligencia artificial pueden generar millones de galaxias en segundos, el encanto de Ultraman sigue estando en lo artesanal. En el crujido de la maqueta. En la luz roja que parpadea agónica en el pecho. Ultraman es un mito. Y detrás de cada monstruo a escala y del sonido sordo del color timer, la lección siempre fue humana, esperpénticamente terrenal. Un working class hero que resuelve todo y se echa a volar, sin esperar los aplausos, porque –a fin de cuentas– ese es su trabajo. Seguir cada día con la convicción intacta de que el próximo ataque lo encuentre igual de listo, igual de entero, igual de frágil. Porque Ultraman también es un hombre de fe.

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