Carmen Sandiego tenía todo para convertirse en la banda más importante del indie rioplatense: mejores canciones que Él Mató a un Policía Motorizado, mucha más onda que Las Ligas Menores y la dosis justa de uruguayismo y extravagancia que los asemejaban a una versión de Jaime Roos y Estela Magnone secuestrados en el sótano de un fanático religioso durante años, alimentados a ramen y jugos de sobre.
Con facilidad hoy podrían ocupar el lugar de Niña Lobo como la carta local de festivales internacionales en Barcelona y Los Ángeles. En ese rincón del multiverso serían amigos de Nacho Vegas, Pedro Almodóvar usaría sus canciones en su nueva película, tendrían su propio podcast de cine y Rosalía usaría sus memes con figuras de la actualidad sociopolítica uruguaya.
“Somos muy poco estrategas. No estamos haciendo una carrera en Argentina y tampoco acá. Nunca tratamos de vincularnos con esto o lo otro. No vamos a ser más que esto, nunca vamos a superar las 150 personas en un toque. Pero si no son siempre las mismas, yo feliz”, contaba a la diaria la cantante, guitarrista y fundadora Leticia Chichi Skrycky, en 2016, cuando el grupo cumplió su décimo aniversario. “Pienso que de pronto no nos sentimos tan solos como al comienzo. De hecho, al principio éramos dos y ahora somos cinco”, añadía la artista sobre la adición de Matías Lens, Ezequiel Rivero y Lucía Riera a la banda.
“Siento que al principio éramos unos bichos raros entre nuestros contemporáneos. Todas las bandas de nuestra edad estaban más vinculadas al noise, no les interesaba hacer canciones que tuviesen letras, todo era instrumental y ruido”, reflexionaba en aquella fecha el otro integrante del dúo original, el cantante y músico Flavio Lira. En esa nota Skrycky también apuntaba: “No hacemos música para bailar, ni de cantautora uruguaya candombera”.
Sobrevida espiritual
Por estos días, el sello independiente argentino Fuego Amigo Discos subió a plataformas digitales una nueva versión de Vida espiritual, el primer EP de Carmen Sandiego, con material inédito, en el marco del 20º aniversario del debut de la banda.
La noticia de este lanzamiento no solo ayuda a reflotar algunos recuerdos, sino que impulsa la imaginación hacia el posible reencuentro. Sin mayores anuncios, el grupo detuvo su actividad luego del lanzamiento de su último álbum, Mapas anatómicos, de 2016, un show memorable en la sala Camacuá junto con Dani Umpi y Rosario Bléfari y otro con Mux, en noviembre de 2018.
Lo que se escucha en la placa es el extremo de la separación amarga. “Creo que es un poco lo que tienen las bandas. Las relaciones se van deteriorando, y con la nuestra sin dudas eso pasó. Pero también pasó porque somos dos personas que no hablan las cosas que les pasan y entonces después terminan explotando, o se terminan erosionando, no se comunican bien”, declaraba Lira, en noviembre de 2019, en los comienzos de su proyecto solista, Amigovio.
El EP original sigue sonando igual de fresco y salvaje. Tiene ocho canciones de Lira y Skrycky en voces e instrumentos, grabadas y mezcladas por Diego Galcerán, y esta reedición suma tres materiales inéditos.
El disco arranca con la intro “Último primero”: un rasguido de guitarra es el fondo de esas voces desconocidas que comienzan a sonar entre rezos, una radio a punto de sintonizar una nueva frecuencia y poesías entre las que se logra distinguir un verso del poema “Tabaré”, de Juan Zorrila de San Martín: “Del fondo del abismo nos contesta / Al desgranarse las potentes notas / De sus heridas cuerdas / Despertarán los ecos que han dormido...”. Un grito agónico, y la voz de un pastor. “Jesús, nuestro salvador”.
“Hijo bobo” descubre el sonido encantador de la banda, hecho con melodías de apariencia simple y tono infantil, instrumentos de juguete y guitarra acústica.
“Waltz” es su primer gran tema, un anzuelo perfecto para todos los raros del mundo. El dibujo de la guitarra plasma de inmediato una imagen íntima, peligrosa y atractiva. Lira canta sobre lluvias doradas, cementerios, quemaduras y otras perversiones de un acercamiento amoroso.
“Quiero” comienza como otro intervalo religioso e intercala fragmentos de “Extraño ser”, de Sueter, y “Quiero estar entre tus cosas”, de Daniel Melero. Lira suena a Kurt Cobain en sus últimas horas. La voz y las monótonas notas de la guitarra acústica reflejan una soledad dolorosa y una imagen bella de amanecer nublado de los que confunden la vista. “Mono Tití” es una joya del indiefolk y minimalista sobre un joven inadaptado, “medicado” y que “no para de hacerse la paja”. En los 59 segundos de “Caracol”, las guitarras y voces de Lira y Skrycky evocan a Nick Drake en una confesión sobre la timidez. Le sigue la instrumental “Niña” y el álbum original cierra con “Balada ochentera”, otra de las mejores y más representativas piezas del grupo: voces, teclados y ánimos enlentecidos por depresión encubierta, y un ingenio odioso en el que respiran las mejores ideas.
Esta nueva forma del disco continúa con tres bonus tracks. Hay un cover en guitarra y voz de “Chipi Chipi” de Charly García, en otra nota y con otra melodía; hay un ejercicio compositivo típico de Lira que hace crecer una postal familiar en el demo de “El pulpo”, y hay también lectura desnuda de “Balada ochentera”, capaz de aniquilar los mejores planes del más optimista y que termina de forma abrupta.
“Siendo tan natural el morir como el nacer, hemos de mirar la muerte con ánimo tranquilo”, comenzaba la cita impresa en el disco estrenado en 2006.
Vida espiritual, de Carmen Sandiego. Fuego Amigo Discos, 2026. En plataformas.
