Es una paradoja de los regímenes opresivos: la resistencia a ellos se vuelve creativa y, si todo sale bien, adquiere toques heroicos. Las actividades en contra de la dictadura uruguaya de 1973-1985 entran en ese esquema, y le cabe un lugar especial al papel de quienes combatieron en el frente comunicacional a un gobierno que, entre varios tipos de violaciones a la dignidad humana que cometía y buscaba ocultar, atentó contra la libertad de expresión y el derecho a la información de manera explícita al clausurar definitivamente a decenas de medios e imponer un sistema de censura para controlar la circulación de información.
En el campo de los medios impresos hubo, en esos años, quienes se jugaron todo para contrarrestar la propaganda del régimen desde plataformas de emergencia (lo aborda el estudio Dictadura y resistencia: la prensa clandestina y del exilio frente a la propaganda del Estado en la dictadura uruguaya, editado por Gerardo Albistur) y también hubo quienes, más adelante, se atrevieron a fundar publicaciones y a distribuirlas de manera tradicional.
Conviene recordar que el régimen cívico-militar había dejado en funcionamiento solo cuatro diarios de circulación nacional –hoy quedamos tres, pero esa es otra historia–, y que la mayoría de ellos (El País, La Mañana y El Diario) respondían a sectores afines a la dictadura, mientras que el cuarto (El Día) oscilaba entre la oposición moderada y la autocensura. En ese panorama, entre los meses previos al plebiscito de 1980 y las elecciones de 1984, surgieron decenas de publicaciones periódicas que comenzaron a reclamar por la reapertura democrática y a denunciar las atrocidades de la dictadura. La ciudadanía ansiaba ese tipo de vehículos de expresión y fueron, en términos comerciales, productos muy exitosos. Los ocho capítulos de la serie Semanarios: publicaciones en dictadura acercan la historia de varios de ellos –Opinar, Jaque, Correo de los Viernes, Opción y Aquí, La Democracia, La Plaza y El Dedo– y son, por la calidad de la investigación y lo oportuno del rescate, un producto excepcional.
Verdad es resistencia
En el núcleo del periodismo vive la comunicación de la verdad, aun en regímenes dispuestos a todo para apagarla. El capítulo dedicado a la revista La Plaza, editada en Las Piedras entre 1979 y 1982, ilustra cómo la puesta en circulación de datos solo conocidos por una pequeña parte de la población fue un acto de resistencia radical. El testimonio del médico Marcos Carámbula (que luego sería intendente de Canelones, entre otras responsabilidades en los gobiernos frenteamplistas) rescata el impacto de la publicación, en julio de 1981, de una pequeña pieza acerca de los uruguayos desaparecidos en Argentina.
El caso es ejemplar: los familiares de las víctimas son quienes le proponen a la dirección de la revista la divulgación de la situación, la publicación recoge lo informado por un medio argentino y, a su vez, la aparición del artículo en Uruguay posibilita su puesta en circulación en la radio (en el espacio conducido por Germán Araújo). El delicado entrelazamiento muestra cómo la comunicación de una información suprimida es, en sí misma, un evento periodístico clave, y que, en cambio, la novedad es un valor relativo.
Ese rol de La Plaza conecta con la idea de construcción de comunidad que transmite el testimonio de Carámbula. A nivel simbólico, las piezas de opinión y análisis parecían cumplir no solo su función tradicional, sino también la de asegurar la existencia, para cada individuo o pequeña comunidad, de semejantes que también resistían al régimen. Los espacios editoriales se volvieron espacios de reflexión y también de identificación en los que se buscaba tanto herir la dictadura como acrecentar la complicidad con quienes ansiaban su final. Las contratapas de, por caso, Maneco Flores Mora en Jaque y Julián Murguía en La Democracia –el semanario fundado en torno al liderazgo del nacionalista Wilson Ferreira Aldunate, proscrito y luego encarcelado tras su retorno al país– brillaron en estos desafíos semanales.
También en lo material la historia de La Plaza es ejemplar: comenzó como un emprendimiento casi familiar con apoyo de comerciantes barriales y, al momento de su clausura, tiraba 25.000 ejemplares y tenía alcance nacional gracias a una red de distribución que combinó mecanismos establecidos y reparto voluntario.
Zoon politikon
Un rescate notable de la serie documental es la de la figura del político-periodista. Desde hace décadas es una especie en vías de extinción aquí y en todo el mundo, debido a factores externos (principalmente comerciales) e internos (la profesionalización del periodismo), y tal vez por eso se olvide que durante casi toda la historia del Uruguay moderno los medios escritos –y aun algunas radios– eran órganos de comunicación de sectores partidarios, y que, para los dirigentes, la división del trabajo entre la lista y el diario era inexistente.
José Batlle y Ordóñez fue el arquetipo del político-periodista en nuestro país. Como señala Daniel Álvarez Ferretjans (Historia del periodismo en Uruguay), con El Día –el diario que fundó en 1886– creó, además de una herramienta de incidencia en las élites y de organización partidaria interna, un órgano de prensa diseñado para el alcance masivo, que incluía la venta a un precio popular. Sometido, a lo largo del siglo XX, a las tensiones intrínsecas del batllismo, el periódico llegó a la dictadura de 1973-1985 con una actitud de cautelosa oposición. En el camino al plebiscito de 1980 ofreció dos novedades: la publicación sabatina La Semana, que aglutinaba artículos de análisis y comentarios culturales, y la figura de Enrique Tarigo, un abogado de la empresa sin trayectoria política relevante que se convirtió en un feroz editorialista contra la reforma constitucional promovida por el régimen.
De El Día surgieron varios de los semanarios más notorios de aquel período. Opinar, aparecido en 1980, se conformó en torno a Tarigo, y la fundación del semanario es casi indistinguible de la del sector político que organizó para las elecciones internas de 1982, cuya convocatoria llevaría a la vicepresidencia en las elecciones de 1984. También sería vicepresidente uno de los jóvenes colorados que lo acompañaron entonces: Luis Hierro López, en tanto secretario de redacción de Opinar, es una de las voces cantantes en el episodio dedicado al semanario y uno de los rescates llamativos en este camino de ida y vuelta entre militancia y comunicación.
El expresidente Julio María Sanguinetti, en cambio, es casi un arquetipo del político-periodista, y, lógicamente, acapara el capítulo dedicado a Correo de los Viernes, la publicación que organizó para las elecciones de 1982 y que continúa con presencia online. Como él mismo aclara, en la década de 1950 se vinculó a la lista 15 y a los proyectos periodísticos de Luis Batlle Berres, principalmente el diario Acción. El Correo es claramente una herramienta política y su presencia en los quioscos se volvió poco necesaria cuando Sanguinetti asumió la presidencia, en 1985.
Un tercer proyecto ligado al Partido Colorado fue Jaque, dirigido por Manuel Flores Silva bajo la brújula editorial de su padre, Flores Mora. En términos de calidad –en investigación, prestigio simbólico, estética– el semanario resulta excepcional y es el que más claramente recoge las coordenadas de Marcha, la publicación clave del periodismo crítico uruguayo, en cuanto a su énfasis en el análisis político y el comentario cultural. Jaque, por un lado, “repatrió” las plumas de la generación del 45 –a la que pertenecía Flores Mora, viejo compinche de Carlos Maggi– y publicaba no solo artículos firmados por Juan Carlos Onetti y María Inés Silva Vila, entre otros, además de columnas con autoría de Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes.
Jaque, además, hizo punta en cuanto a investigación periodística: la cobertura del asesinato del médico Vladimir Roslik en San Javier, en 1983, es una combinación de valentía personal y audacia editorial. Ambos aspectos del semanario, que tras la recuperación democrática se reconvirtió en revista, así como su vanguardismo a nivel visual (hay apuntes a la tarea de Thomas Lowy y Alejandro Di Candia) son iluminados con profundidad en la serie gracias a testimonios de Flores Silva y Juan Miguel Petit.
Entre las razones para la “secesión” de estos semanarios colorados del medio central del partido hay que contar, como explica Jorge Bonito, de Opinar, el factor económico: El Día era una empresa grande que no podía arriesgar una clausura; ello explica no solo la aparición de publicaciones alternativas, sino también la oscilante línea editorial del periódico.
No obstante, el documental permite atisbar otras dimensiones de la relación entre la prensa establecida y la que emergió en aquella época. El capítulo dedicado a Opción (1981-1982) y Aquí (1983-1988), dos publicaciones orientadas por el Partido Demócrata Cristiano (PDC), tiene el testimonio central del periodista Tomás Linn, que relata cómo aceptó el puesto de secretario de redacción de la nueva publicación para “salir de la asfixia de los medios tradicionales”. Linn explica el tipo de restricciones que debía enfrentar en El Diario, donde trabajaba hasta entonces, y cómo luego manejó la relación con la dirección política del PDC; su testimonio, en este sentido, es una contribución notable a la historia de la autonomización del periodismo en Uruguay.
Linn también señala la inexistencia de reglas explícitas por parte de los censores, y varios testimonios dan cuenta de una especie de tanteo en busca de límites. Las detenciones de periodistas eran rutinarias y las clausuras de medios podían tener alcance temporal o definitivo. Los dictadores no emitían documentación y los motivos implícitos podían coincidir o no con los explícitos: Aquí fue clausurado en 1982 por informar sobre la campaña del voto en blanco, que promovían varios sectores frenteamplistas para las elecciones internas; La Plaza, por anunciar un congreso para unificar distintas expresiones culturales de resistencia; El Dedo, por hacer una broma sobre el estado de las playas montevideanas.
Fuera de serie
Dos de las publicaciones enfocadas por Semanarios podrían considerarse fuera de paradigma, pero la inclusión de Marcha y El Dedo es fundamental. Alguien podría objetar que Marcha no es un “semanario de la dictadura”, ya que se publicó solo durante el primer año largo del comienzo del régimen, pero es justamente su clausura en noviembre de 1974 la que lo vuelve un caso ejemplar de los numerosos cierres de medios al comienzo del período. De todos modos, eso es solo un detalle.
El semanario fundado por Carlos Quijano en 1939, sobre el final de otra dictadura (la iniciada por Gabriel Terra en 1933), es el modelo que tomarán muchas de las publicaciones del renacer democrático de la década de 1980. Con su parejo énfasis en el análisis político-económico y la crítica de arte y literatura, Marcha reunió a intelectuales de “las dos culturas” (en el esquema de CP Snow), fue pionero en la despartidización de la prensa uruguaya y, a la vez, resultó una fuerza aglutinadora de las izquierdas locales.
Si bien es cierto que Marcha es, por lejos, el medio uruguayo que ha concitado más atención académica (Pablo Rocca, uno de sus investigadores más recurrentes, ocupa un buen tramo del capítulo correspondiente), no es tan conocida la historia de Cuadernos de Marcha, su continuación en el destierro mexicano, luego reimplantada en Uruguay tras el fin de la dictadura. El testimonio de José Manuel Quijano, uno de los hijos del fundador, que mantuvo el emprendimiento junto con su hermana Mercedes, es destacable por lo que ilustra sobre los problemas de intentar publicar en una sociedad solidaria, pero ajena, en posible diálogo con “La riesgosa navegación del escritor exiliado”, el célebre artículo en el que Ángel Rama –otro “marchiano”– desahoga penas similares.
El Dedo también es una publicación distinta. Para empezar, no fue un semanario, por periodicidad (fueron siete números desde junio de 1982 a enero de 1983) ni por formato (era una revista). Como las otras publicaciones del documental, tenía un mensaje político –cómo no–, pero era la única preeminente humorística. Fue, además, la más exitosa en los quioscos.
Para muchos, El Dedo es un símbolo inmediato de aquella primavera periodística. Aunque es una revista que no deja de recordarse, Semanarios aporta a su historia a través de la originalidad de sus testimonios. Los fallecimientos del director de El Dedo, Antonio Dabezies, que pergeñó la publicación desde su trabajo en Aquí, y de su ilustrador estrella, Fermín Ombú Hontou, tal vez impidieron contar con su testimonio (no así con el del también recientemente desaparecido César Di Candia), pero se aprovechó el contratiempo para encontrar voces alternativas.
El ilustrador Tata Alcuri (junto con su hermano Álvaro), dueño de un humor observacional fuera de serie, fue el autor de una serie de “informes” con los que registró el ambiente urbano y el empuje juvenil que luchaba por emerger. El escritor Hugo Burel (firmaba como Hubu) fue el encargado de varias portadas y le imprimió su trazo característico a la llamativa gráfica de la revista. Sus voces ayudan a capturar prácticas puntuales y sensibilidades que, de otro modo, se escaparían.
Valor agregado
Semanarios fue dirigida por Aldo Garay, posiblemente el documentalista uruguayo más relevante de los últimos años (también autor de un gran largo de ficción, La espera, de 2002, sobre la no menos recomendable novela Torquator, de Henry Trujillo). Responsable de varias películas que se estrenaron en el circuito cinematográfico, entre las que se destaca su Trilogía del hombre nuevo, es también, desde hace varias décadas, realizador estable en TV Ciudad. La de Garay y el canal departamental es una asociación virtuosa de la que han brotado documentos imprescindibles, como la serie sobre publicidad política Crónicas de campañas y diversos trabajos sobre música popular. Su trabajo construye a partir de las instrucciones imbricadas en el ADN del canal: su misión de registro del presente de nuestra sociedad. Es una labor que no conviene olvidar en épocas de cuestionamientos a la función de la señal pública montevideana.
El complemento con imágenes de archivo, la cuidadosa selección de la música y el espacio para anécdotas memorables –Tarigo reparte un editorial mimeografiado en la plaza Cagancha; la gente de Opción recluta a amigos y familiares para recortar a mano una página y así salvar toda la edición de la requisa militar– redondean el gran producto que es Semanarios. Necesariamente, Garay y su equipo debieron hacer una selección, y quedaron fuera publicaciones del período, como Asamblea, vinculada a la Izquierda Democrática Independiente, y Búsqueda, cuya finalidad política original fue casi opuesta a la de los demás periódicos escogidos, pero también fue objeto de censura (Linn recuerda cómo se la castigó por haber entrevistado al colorado Jorge Batlle, entonces proscrito). De todos modos, en estos rubros ninguna omisión es definitiva: allí siguen Garay y TV Ciudad, y las líneas de reflexión que abrieron con esta serie –sobre comunicación, democracia e identidad, entre otros temas– son leña para promisorios debates.
Semanarios: publicaciones en dictadura. Ocho episodios de 23 minutos. En el canal de Youtube de TV Ciudad.
