En épocas así (ustedes saben), quizás solo nos quede la ciencia ficción como forma de entretenimiento. Dadas las espantosas circunstancias, verla en películas, leerla o releerla (¿no se relee la ciencia ficción?) es quizás lo natural.
Pero esto no es del todo nuevo. Ya en los 70 y 80, muchas películas mostraban un planeta en crisis, al borde del caos y, en algunos casos, de la inanición general. Un ejemplo es la película de 1973 Soylent Green (Cuando el destino nos alcance), basada en una novela del escritor estadounidense Harry Harrison titulada Make Room! Make Room! (¡Hagan sitio!). La acción transcurre en 2022, hay contaminación y superpoblación, no hay alimentos y lo único que se puede comer es el soylent, comida sintética creada a base de plancton y producida por una empresa que, a pesar del desastre, no cesa en su afán de lucro. La adaptación cinematográfica agregaba un dato siniestro: el soylent estaba hecho con personas muertas, con cadáveres. “Es lo que hay”, diría Kurt Vonnegut.
En “Bilenio”, el asfixiante relato de J G Ballard, el mundo se ha reducido a unos pocos metros cuadrados. Su protagonista vive en un cubículo diminuto que no es más que el espacio que se forma en la curva de la escalera, entre un cuarto y un quinto piso de “una casa de vecindad”. Creo recordar que no se utiliza el término “superpoblación” ni se dan cifras al respecto, simplemente vemos a los personajes vivir hacinados. Afuera, en la calle, “una marea incesante” y un “clamor interminable de voces y pies” que se arrastran. Adentro de las antiguas casas, infinitos cubículos que no pueden tener más de cuatro metros cuadrados por persona. Los edificios más viejos son reemplazados por edificios de habitaciones y “la sala de banquetes de la Municipalidad había sido dividida horizontalmente en cuatro cubiertas de centenares de cubículos”.
Ahí está el mundo loco de la ciencia ficción jugando con nuestras vidas, aprovechándose de nuestras mezquindades, sacando jugo a una humanidad que ha creado una categoría llamada “la superficie mínima habitable”. Un mínimo que, como vemos en el cuento de Ballard, puede cambiar, acercarse o alejarse grotescamente de la palabra “dignidad”.
Recuerdo también uno de los cuentos de ciencia ficción más conocidos de Vonnegut, “Harrison Bergeron”, publicado en 1961. El cuento narra algo que sucedía en una sociedad futura (año 2081), en la que “por fin todos eran iguales”. Para ello, había que controlar la inteligencia de los inteligentes y apagar la belleza de los bellos. El gobierno era el encargado de hacerlo a través de un sistema estatal de hándicap para nivelar las diferencias: a los bellos les ponían máscaras que los afeaban y a los más inteligentes les colocaban en el oído una “pequeña radio de disminución mental” que interrumpía sus pensamientos con un ruido atronador cada 20 segundos, evitando así que las ideas –y las emociones– tomaran forma y sentido, se profundizaran. Cada 20 segundos sonaban dentro de cada cabeza, agudos y estridentes, un cañonazo, una sirena, un choque de autos, una chicharra. A esto se agregaban “contrapesos y sacos llenos de perdigones” que eran colocados en los cuellos de las personas y les impedían moverse con libertad.
Como todo buen cuento de ciencia ficción, impacta por lo certero y por lo que nos dice sobre nuestra sociedad actual. Los teléfonos celulares, las interrupciones permanentes (cada 20 segundos), la imposibilidad de concentrarse, de pensar, de leer, de realizar cualquier actividad edificante. ¿Qué diferencia hay entre optar nosotros mismos por esa forma de evasión a vivir en una sociedad en la que sea el Estado, con su gobierno de turno, el que nos la imponga? La diferencia quizás solo sea de cantidad, pero no de calidad.
En el contexto de la Guerra Fría, el cuento de Vonnegut podía leerse como una sátira sobre las dificultades del ser humano para crear sociedades igualitarias y justas, sobre la imposibilidad de lograrlo sin la eliminación de las diferencias individuales y sin caer en totalitarismos. Hoy, el mismo texto funciona como una crítica a un mundo capitalista que nos iguala, sí, pero en la estupidez y la pérdida de sentido vital. Es lo que hay.