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Mis muertos tristes.

Mis muertos tristes.

Las cosas que perdimos en la adaptación: la miniserie Mis muertos tristes

El terror es lo cotidiano en la versión de Pablo Larraín del cuento de Mariana Enriquez.

La escritora y periodista argentina Mariana Enriquez es una de las autoras más reconocidas de la literatura latinoamericana actual. En parte, porque le ha dado una nueva cara a la estética del género fantástico y de terror narrado por mujeres al atravesarlo con realidades urbanas desde una perspectiva oscura y feminista. Lejos de ambientar el horror en castillos o pueblos europeos, Enriquez traslada el horror a la cotidianidad citadina del sur y su enorme acierto es mostrar que los peores espantos no vienen de dimensiones desconocidas, sino de la historia reciente y de problemas sociales: la violencia de Estado, las dictaduras, la pobreza, la desigualdad, la violencia de género y el narcotráfico.

El cuento “Mis muertos tristes” abre su libro de relatos Un lugar soleado para gente sombría (2024), y ahora encuentra un nuevo espacio con la miniserie homónima dirigida y creada por el reconocido cineasta chileno Pablo Larraín (El Conde, Neruda). Esta adaptación de drama sobrenatural, aclamada en la 74ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, está protagonizada por la enorme Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Álvarez y Carlos Portaluppi, y sigue la historia de Ema (Morán), una médica recién jubilada que tiene la capacidad de ver y comunicarse con los muertos, especialmente con almas que han sufrido muertes violentas o no encuentran paz. La trama transcurre en Piedrabuena, un barrio bastante decadente de Buenos Aires atravesado por la desigualdad y la violencia, cuyo clima se pone aún más espeso con el trágico asesinato de tres chicas.

La protagonista busca procesar la reciente muerte de su madre y resolver sus propias cuentas pendientes con su hija Caro (Fonzi), mientras un extraño fenómeno empieza a verse en el barrio: el triple crimen rompe la barrera entre los vivos y los muertos y genera una presencia sobrenatural que de a poco invade e impregna todo. Ema ha vivido toda su vida evitando que ese don la conecte con el sufrimiento de otros, pero cuando su sobrina Julie (Álvarez) llega desde Estados Unidos y resulta evidente que también puede comunicarse con los muertos, no le queda opción que involucrarse en todo lo que está pasando. Lo que prometía ser un reencuentro se transforma en una pesadilla cuando esa presencia sobrenatural inunda todo el barrio con “voces del más allá”.

La trama familiar es atravesada por el realismo mágico, patente en las voces de los muertos, que son el medio para narrar la historia de un barrio lleno de resentimiento, odio de clase, aporofobia, traumas colectivos, violencia social y ausencia de justicia.

Mis muertos tristes destaca por su música, su diseño de sonido, su fotografía y su atmósfera lúgubre y logra un manejo perfecto de la tensión y la incomodidad con toques de humor negro. A través del “don” de Ema como hilo conductor, se muestran las miserias humanas en su máxima expresión, como la depresión, el suicidio, las drogas, la violencia, la culpa, el perdón y el abuso.

Sin embargo, a pesar de esta profundidad, por momentos parece que Larraín simplifica demasiado el fascinante universo imaginario de Mariana Enriquez; algo común en un cine que suele “limpiar” los elementos más caóticos y viscerales de la literatura para adaptarlo al formato visual. En la obra de Enríquez, el terror sobrenatural es inseparable del entorno (historia colectiva, pobreza, violencia, lucha de clases), mientras que en la pantalla todo parece más limitado al drama psicológico y al efecto visual, lo que es, en un punto, ignorar la compleja trama social.

Mis muertos tristes es un buen drama gótico que relata con crudeza el pedido de los muertos de no ser olvidados y logra capturar con precisión cómo el humor y el absurdo funcionan para retratar el horror propio de la vida cotidiana. La galería de violencias diarias que exhibe (desde agresiones machistas e indiferencia hasta linchamientos vecinales) como parte de la construcción de este imposible universo social redondean una feroz sátira. Grotesca y dolorosa, viene a decir que los monstruos conviven con nosotros.

Mis muertos tristes. Cuatro capítulos de 50 minutos. En Netflix.