“No lo describa. Si no tenemos cámaras, tampoco tengamos descripciones”, redobla Alejandro Dolina antes de que Patricio Barton arremeta en el detalle de un traje ficticio y después de que Gillespi traiga a cuento las ropas lujosas del locutor Cacho Fontana, en el comienzo de una nueva edición del clásico radial La venganza será terrible.
Como cada noche, ya sonó “Penas de amor”, del violinista austríaco Fritz Kreisler, y no demoró en arrancar la comedia de esgrima argumental que impulsa la dinámica del programa, tanto como las historias de mitología griega y nórdica, las inverosímiles aventuras de almacén y las muestras de memoria infinita del Sordo Gancé.
Pasadas las 0.00, por el aire de Radio AM 750 de Buenos Aires (en Uruguay, por FM Del Sol), el célebre escritor, músico y conductor argentino anuncia que en los próximos días recibirá el título de doctor honoris causa de la Universidad de Buenos Aires y que, entre otras actuaciones, volverá a Montevideo en una presentación inédita en el Antel Arena.
Con esa excusa de agenda, Dolina conversó con la diaria.
La venganza… comenzó en un estudio de radio junto con algunos curiosos a los que dejaban pasar. Luego tuvo una fonoplatea en Café Tortoni, se presentó en salas teatrales, y ahora su espectáculo tendrá lugar en un estadio como el Antel Arena. ¿A qué cree que responde ese fenómeno de crecimiento?
En este caso, a un fenómeno de mercado. El programa se presenta en un ámbito tan grande como el que se puede comercializar. A lo largo de todos estos años, nos hemos presentado en distintos formatos, según las ciudades y las posibilidades, pero hemos tenido la suerte de mantener una aceptable convocatoria.
Ahora en Montevideo nos vamos a presentar en un lugar más grande que los otros en los que nos hemos presentado. Lo veníamos haciendo en el Auditorio Nacional del Sodre, que es una sala bastante grande, y ahora vamos a hacer este intento por llenar el Antel Arena, que evidentemente es muy grande.
¿Se propone que la experiencia mantenga el mismo espíritu de siempre en un lugar de esas dimensiones? ¿O está abierto a que se modifique? Tanto para el espectador como para quienes brindan el espectáculo el espacio debería condicionar de algún modo ese momento.
Yo creo que el lugar en donde ocurre el convivio –así le llama el crítico Jorge Dubatti– es importante. Los lugares pequeños tienen a favor una intimidad, y hay, diría yo, casi unos recursos de dramaturgia que son preferibles para lugares pequeños. Y los lugares más grandes tienen otras exigencias dramáticas. En general podría decirse que hay unos tamaños ideales de la sala, y unos diseños ideales. En el caso de la ópera, por ejemplo, son convenientes ciertas distancias.
Otros me han contado que estaba demostrado que había mejor comunicación en las salas anchas que en las salas largas. En las salas que son con forma de corredor, que son quizás estrechas pero muy largas, hay menos puntos de contacto entre el artista y el consumidor de arte. En cambio, en las que son anchas, la comunicación es mejor. Es evidente que cuando la cosa es demasiado grande, incluso el estilo de enunciación debe ser más ampuloso.
Como usted sabrá, hay un estilo de discurso, que se ve mucho en los actos políticos. Hay otra proyección de las voces de los políticos cuando están en un lugar muy amplio y no cuando están en un salón cerrado. En los lugares grandes, las palabras de los políticos se extienden, como si vinieran de un lugar lejano, y con una cierta épica. Hay como una afectación propia de los lugares demasiado grandes.
De todos modos, hay también una ventaja en el lugar grande, si es que está concurrido. Y es que hay un entusiasmo del público por su gran número. O sea, es más fácil que un público se levante y aplauda de pie cuando es muy numeroso que cuando somos cinco.
Hay quien dice que los estadios llenos pueden rugir.
Claro. Hay un contagio entre la gente, un aumento del entusiasmo cuanto mayor es el número de concurrentes. Y del mismo modo es muy posible que exista una pulsión depresiva cuando una función tiene poca suerte. Cuando han venido pocos, es muy difícil para el actor sacar adelante una situación así.
¿Se pone nervioso antes de subir al escenario?
Sí, claro. Porque es verdad que existe el miedo escénico, porque siempre hay un riesgo. En lo artístico es siempre un riesgo. El riesgo de que uno se olvide el parlamento, el riesgo de que uno se quede sin voz, que de pronto descubra que la comunicación que está teniendo con el público es muy mala, o que no esté interesado en lo que uno está diciendo. O, para decirlo de otro modo, el miedo a que de pronto ocurra algo en forma súbita y que nos revele que somos verdaderamente unos imbéciles.
Como ventaja, aquí siempre tiene el público a favor. Es un acontecimiento importante cada vez que usted vuelve a Uruguay.
Esa sensación es mutua. Yo tengo unos vínculos sentimentales con el Uruguay que van hasta mi juventud. He tenido una pareja muy importante en mi vida que ha sido oriental, y con su familia he hecho los aprendizajes correspondientes de la cultura oriental. Así que desde muy joven anduve mucho por Montevideo y por todo el país, en realidad, tomando clases de historia y de la historia popular uruguaya: de su música, de su teatro, su carnaval, sus costumbres, sus tradiciones.
¿Cuál es el recuerdo más antiguo que tiene de Uruguay?
Debe ser la primera vez que yo vine a Uruguay. Era un adolescente y ahí hice un amigo mayor que yo que fue mi profesor de la cultura oriental: Washington Martínez. Ahí las primeras recorridas fueron por Pocitos. Después rápidamente empezamos a ir a lugares como el Mediomundo y la calle Isla de Flores. Empecé a conocer mucha leyenda de carnaval, muchos músicos uruguayos que no eran tan conocidos en Buenos Aires, como Uruguay Zabaleta.
Más tarde, ya siendo yo un mozo grande, tuve la suerte de ser muy cercano al querido Horacio Ferrer. Con él he tenido también experiencias maravillosas. Todo eso, contactos familiares, y amigos incluidos, me han hecho siempre muy cercano al Uruguay, que es un lugar que yo considero mi casa, tanto como Buenos Aires.
En su obra literaria más de una vez se refirió a unos carnavales tristes y les encontró una veta tragicómica. ¿La raíz de esa creación tiene imágenes de carnavales argentinos y también uruguayos?
Sucede que son distintos. Evidentemente el carnaval uruguayo es más exitoso, más popular.
Pero a la vez puede que sea más melancólico que el de ustedes.
Justamente ayer en La venganza… yo decía, quizás haciendo un chiste, cuando me disponía a cantar un tango de carnaval, que los tangos con temas de carnaval eran los más tristes que se habían escrito. Y hay algo también en esto, algo en nuestro espíritu, que puede ser que nos conduzca a bailar arriba de la mesa sin que olvidemos cierta percepción del carácter trágico de la condición humana. De manera que estas dos cosas se mezclan. Las artes del carnaval son también artes muy lúcidas para interpretar el sentido de la existencia, un sentido trágico de la vida.
Alguna vez habló de una “Montevideo infernal”.
Sí. A partir de una idea del científico sueco Emmanuel Swedenborg y de otros que sostenían que había en el Más Allá versiones de cada ciudad terrestre. Así podía hablarse de una Buenos Aires celestial o de una Montevideo infernal.
¿Cree que en este momento las ciudades que habitamos se parecen un poco más al infierno?
Evidentemente vivimos una época de frustración. También de injusticia, de crueldad y de violencia que nos acerca mucho a pensar si no estaremos ya en el infierno, y que lo que tenemos para después no será justamente lo que está ocurriendo ahora. Especialmente en Buenos Aires se está dando con mucha nitidez. Se observan picos de crueldad, incluso en las personas que deberían ser más cuidadosas y piadosas con el prójimo.
Hace muchos años lo crucé caminando por la calle Corrientes de Buenos Aires y me quedé con la idea de que recorrer la ciudad a pie era una costumbre de Dolina. ¿Fue pura casualidad?
Por momentos, sí. No es que yo saliera todas las noches a decir “bueno, vamos a caminar por ahí”. Pero en muchas ocasiones, incluso siendo más joven, era casi una costumbre que tenía algo de exploración. A mí me divertía mucho, en Montevideo también, extender las caminatas para ver qué había más allá. Y andar por lo no tan conocido, recorrer barrios de extramuros, seguir dos cuadras más. Después ya no tanto. Me hice a las comodidades de los trayectos conocidos. Pero siempre pasear, y especialmente pasear en compañía, ha sido una actividad deleitosa para mí.
¿Qué pasa con la escritura y el tiempo? ¿Se deteriora? ¿Se puede enriquecer, aunque hayan pasado muchos años? Se lo pregunto al escritor y al lector.
A mí me parece, o quisiera creer, que uno con el tiempo va aprendiendo nuevas destrezas y que, si tiene mucha suerte y buenos maestros, se va desprendiendo de algunos defectos, vicios y torpezas. Eso sería lo ideal, pero bien podría ser que uno persevera en lo peor de su escritura. Quiero decir que uno no siempre está seguro de cómo está haciendo las cosas. A mí, por ejemplo, me gustan más algunos libros que no son el primero. Por lo general la gente tiene un apego especial por los primeros libros de muchos escritores.
En mi caso, suele pasar que las Crónicas del Ángel Gris son mejor recordadas, y a mí me parece que hay otros libros que he escrito después que están mejor.
No necesariamente la vida de un escritor o de un artista es un progreso continuo. Supongo que bien puedo haber entrado, incluso sin saberlo, en un período de espantosa decadencia que mis amigos se encargan de ocultarme.
En Notas al pie agradece a algunas personas que accedieron a los borradores.
Yo siempre acostumbro a estar en un estado de consulta mientras estoy estudiando los libros. Y entonces hay un grupito de amigos y familiares, mis hijos especialmente, que a veces discuten conmigo los argumentos y que son como un grupo de consulta. Después, hago lo que me parece a mí. Pero estoy a favor de ese espacio de consulta. A veces salen ideas nuevas que a mí solo no se me hubieran ocurrido.
¿Cómo se lleva con la poesía?
Muy bien. Y ahora mismo estoy escribiendo algunas poesías. Es una cosa que yo siempre he hecho, pero me he encargado de ocultar, atribuyéndolas a otros. En los libros aparecen algunas poesías, pero siempre son de algún escritor ficticio, de algún payador, de algún poeta imaginario. En este caso soy yo. Y estoy escribiendo en forma clásica. Quiero decir, estoy escribiendo sonetos, por ejemplo. Y lo hago con mucha alegría. Me gusta mucho, me resulta muy placentero y desafiante. Así que sí. Siempre me he llevado bien, desde luego como lector, más que como poeta.
¿A qué cree que se debe esa especie de pudor de muchos escritores cuando se acercan a la poesía? Algunos jamás llegan a mostrar sus poemas.
Fíjese que algunos se jactan o proclaman y dicen: “Yo soy inocente de poesía”. Lo recuerdo a [Ernesto] Sabato diciendo algo así. Lo cual no era cierto, porque, después de todo, hay un espíritu poético que impregna su prosa y que incluye poesía con rimas o en distintos estilos en sus principales novelas.
¿Qué le da ánimo a Alejandro Dolina?
El amor, la amistad, el trabajo, el arte.
La venganza será terrible. Sábado a las 21.00 en el Antel Arena. Entradas desde $ 850 a $ 2.100 en Tickantel.