Lucía Gaviglio, productora uruguaya de cine, llega a Países Bajos con su familia para estar juntos hasta que cada uno tome su propio camino entre estudios y trabajo. Sin embargo, luego de días con malestar y de recibir de los médicos solamente paracetamol, es diagnosticada con un síndrome reversible de vasoconstricción cerebral, generado por tres ACV no detectados por el equipo de salud. Finalmente, Lucía queda con un tipo de ceguera que le impide percibir el entorno de manera habitual y mover con fluidez la parte izquierda de su cuerpo.
Tras este golpe, y mientras Lucía lucha con la enfermedad, Andrés Varela, padre de sus hijos, comienza a filmar los días con ella. Poco a poco, conforma un registro de los avances de Lucía en rehabilitación y el relato se desvía de la intención original: lo que al comienzo la pareja de productores planteaba como una película de denuncia al sistema de salud neerlandés termina por convertirse en un relato sobre las vicisitudes de una familia que se adapta a una madre que tiene ahora “una nueva forma de existir”, como dice la propia Lucía en la película.
Esta es la primera película de Lucía Gaviglio como directora, y termina por marcar un giro en la carrera de Andrés Varela. En tanto realizador de películas como Mundialito, Maracaná y Sangre de campeones, a Varela parecían atraerlo los grandes relatos heroicos de la escena popular uruguaya. Un enfoque macro y un diseño de producción con objetivos espectaculares (como el inolvidable estreno de Maracaná en el estadio Centenario) definían su carrera hasta que en 2025 dio a conocer El niño que sueña, un documental sobre el veterano titiritero Philippe Genty, aquejado por una dolencia degenerativa. Por primera vez, el relato estaba basado en la derrota y la decisión de no rendirse frente a ella. Aparecieron la enfermedad, el teatro y el propio Varela como parte de la historia.
Este año, el director estrenó Instinto, sobre las mujeres de la compañía Thikwa, de gira con una obra que ponía en cuestión la forma de entender y desear la maternidad de mujeres con discapacidad.
Así, Mi nueva forma de ver se presenta como la película más íntima del realizador y reúne varios elementos de su producción reciente: la condición de la enfermedad y el uso de la primera persona; si bien este largo nada tiene que ver con el teatro, Varela se coloca en escena junto con Lucía y sus hijos.
En este contexto, al título no solo le cabe una interpretación literal en torno al problema de visión de la protagonista, sino una referencia a la postura de Varela respecto de su quehacer cinematográfico. El documental se desarrolla entre estos dos sentidos. Varela comienza a encontrar el valor de producción en lo que él mismo llamó, en una entrevista con Latido Beat, “el ciudadano promedio”, acompañando una tendencia que los documentalistas trabajan a nivel regional desde hace ya por lo menos una década: las microhistorias como contraparte de los grandes relatos centrados en héroes oficiales.
Acompañado por la construcción de escenas bellas, con la mano editora de Maggie Schinca y el trabajo en la música de Hernán González, se potencia lo más profundo de la película: la entereza de Lucía Gaviglio frente a un enorme cambio, desde la pelea con la herramienta de audiodescripción del celular hasta la conversación con su hijo sobre la pena y la empatía frente al sufrimiento de la madre.
Quizá la crítica más dura a Mi nueva forma de ver venga precisamente de la mirada de Vicente, el hijo menor de la pareja, quien, en el primer foro con el público durante su presentación en el 44° Festival Cinematográfico Internacional de Uruguay, marcó que la película había dejado afuera los momentos más duros y que se veía muy feliz.
Mi nueva forma de ver. 78 minutos. En Cinemateca.
