En el Planetario de Montevideo las estrellas pueden esperar porque desde hace una semana y hasta fines de setiembre su cúpula se plagó de Buitres. La banda impulsada por las guitarras de Gustavo Parodi y Pepe Rambao y la voz de Gabriel Peluffo anda presentando allí su flamante decimocuarto disco de estudio, Nido de espinas, de una forma literalmente espectacular, con elementos inéditos.
Es una rareza para los cánones de publicación de un disco en Uruguay –y habría que ponerse a rastrillar con entusiasmo para encontrarle parangón mundial–, por razones materiales y de marketing. Toda la maquinaria buitrera nos empuja a vivir eso que hoy está tan de moda llamado “experiencia”, pero en el sentido realista y puro del término, y no en el más voluble, según el cual la nimiedad más nimia es una experiencia si se muestra con un lindo filtro en Instagram.
El anterior disco de estudio de Buitres, Mecánica popular, es de 2019, o sea, de antes de la pandemia y todo eso. Por lo tanto, no publicaban material desde hacía siete años, su período más largo de sequía discográfica. Un dato no menor para ser una banda formada en 1989, de las cenizas de Los Estómagos, por si queda algún neófito en la sala.
Pero hasta acá no es nada que no haya pasado con infinitas bandas, y es lógico que se tomen su tiempo cuando los músicos ya llegaron a las seis décadas. Lo sui generis para los tiempos que vuelan es que Nido de espinas no contó con ningún tipo de adelanto, ni corte de difusión, ni video ni nada. Carente de lanzamiento digital en las plataformas más populares –ni Spotify ni Youtube–, salió hace una semana en CD, vinilo y casete. Sí, leyeron bien, casete, pero no se opina de fetiches ajenos. También está en la plataforma Bandcamp, donde se puede comprar la versión digital (por nueve dólares) con la calidad que uno quiera, incluyendo FLAC, un formato sin pérdida, que técnicamente equivale a escucharlo en CD.
Foto: S/d de autor, difusión
Como si todo esto fuera poco, la presentación del disco en el Planetario no incluye a la banda tocando el álbum, sino que se trata de un espectáculo proyectado en la gran pantalla digital de la cúpula, con imágenes de todo tipo y color, mientras Nido de espinas suena omnipresente en la sala, dando vida a una experiencia inmersiva.
A ese evento asistimos varios periodistas el viernes, cuando se dio el puntapié inicial a la serie de espectáculos que ya agotaron entradas, junto con los integrantes de Buitres y otros músicos invitados, como Sebastián Teysera, de La Vela Puerca, que produjo el disco junto con Alejandro Vázquez. Nos acomodamos en esos asientos reclinados, quedando con la cabeza hacia arriba, como en el dentista, y tratamos de entender de qué va todo esto.
De corrido
Muchos de los que estábamos allí escuchamos y vimos todo por primera vez. Eso implica darte de lleno con una catarata de estímulos, porque cuando parás la oreja para prestarle atención a un acorde quizás te perdiste una imagen rápida que atravesó la pantalla o viceversa. Pero a eso apunta el espectáculo, y obviamente en el minuto cero una voz ubicua –como la de Christof, el “dios” de The Truman Show– nos dice que hay que silenciar o apagar el celular, para no andar sumando estímulos externos.
En esta experiencia subyace la romantización del formato físico para escuchar música, y de hacerlo de corrido, sin ningún tipo de desviaciones. Ni siquiera las que pueden lograr genuinamente las propias canciones, porque en condiciones mundanas es común que, si te gusta mucho un tema que acabas de escuchar, lo reproduzcas de vuelta antes de continuar con el disco. O sea que también hay un buen grado de optimismo al tratar de sacarnos de la alienación de hiperestímulos que nos vibran en el bolsillo y de la dictadura del algoritmo. Más allá de eso, el disco en sí es muy para estos tiempos: tiene ocho canciones y dura 28 minutos: el más corto de la carrera de Buitres.
Lado A
Un acorde distorsionado se estruja, queda sonando y aparece el acople de rigor; la batería de Federico Bianco da paso a un riff de power chords con un vaivén a lo “God Save the Queen”, de Sex Pistols, pero con una vuelta inesperada más aguda, a lo The Offspring. “Ahora tú” es la canción que abre el disco/espectáculo, compuesta por Peluffo y Orlando Fernández (bajista). La canción se destaca por tener estrofas airosas que descansan sobre el redoble de la batería y el bajo distorsionado, pero sobre todo porque Peluffo ataca la melodía con su voz más aguda, un registro que no sacaba desde hacía demasiado tiempo. Es un concentrado de 2.30 minutos de punk rock con estribillo compartible, y de lo mejor que sacaron en el último tiempo.
Cuando terminamos de asimilar lo que acabamos de ver y escuchar, yendo por una montaña rusa de colores y dibujos, nos inunda la segunda canción, “La imagen”, y vemos un árbol que no para de transformarse, como si estuviéramos en un buen viaje psicodélico. Después, al enfrentarnos al álbum en solitario, algunas de las imágenes proyectadas en el Planetario volverán a aparecer en recovecos de la mente, y también ciertas reacciones compartidas. Por ejemplo, el público vitoreaba cada canción cuando terminaba.
“La imagen” es otro rock puro, un poco más hard que punk, con un riff bordonero que también deja que respiren las estrofas, y es bastante inusual, como la voz de Rambao, cuyos tono grave y timbre serio les ponen otro color a las pocas palabras que canta. “No me digas lo que soy/ la imagen tampoco sos vos/ el silencio es de verdad/ un secreto es algo más”, dice la letra, y queda resonando con lo que vemos.
La tercera, “Versos ensangrentados”, es un ejercicio de los Buitres más clásicos, y por eso en la pantalla de la cúpula los estímulos se desvanecen y aparece la banda tocando, pero manteniendo el efecto de giro 360, que va para acá y para más allá, y por eso alguna persona acusó vértigo al final del show. Sobre todo, por lo que sucede en “Te recordaré”, una canción de rock más “baladoso” –la guitarra acústica ayuda a esa sensación, pero más que nada la melodía melancólica del estribillo–, cuando la cámara de un dron nos pone en la mirada de un objeto volador por sobre diversos paisajes y al final se revela que somos un águila. ¿O era un buitre?
Lado B
El eco amplio y retumbante de un piano levanta un halo de misterio cuando empieza la segunda parte del disco. “Aunque sé que hay musas en los ríos/ estos versos no son míos”, canta un Peluffo sereno, antes de que irrumpan las guitarras eléctricas y por la pantalla se desparramen cartas estilo tarot. Es una canción que, claro está, juega con la futurología: “Puedo adivinar la melodía/ de lo que no ha ocurrido todavía”. Cuando estamos de lo más entretenidos por el solo de guitarra bien afilado de la coda, la canción termina con una subida de volumen contraintuitiva, un zumbido que atraviesa la sala mientras una carta golpea la pantalla y “cae” sobre nosotros.
“Tres tristes tigres” es otra de las canciones típicamente buitreras –hasta en el encare del coro– y bien podría estar en el disco Rantifusa(1998); por eso es otra que solo apela a la banda tocando para ilustrarla. Todo lo contrario pasa con “En sueños”, casi una balada power (“¿dónde está la luz, la que te hermosea… y juega con tu piel?”, arranca cantando Peluffo), porque a través de la pantalla de la cúpula paseamos por un bosque nebuloso –todo en 3D, con imágenes poligonales, como de videojuego en primera persona–, aparecen algunos lobos con pinta siniestra y luego todo se incendia, volviéndose pesadillesco.
Sin temor a la semiótica de boliche, vale decir que la riqueza del espectáculo radica en la mezcla de sustancias significantes: la imagen en movimiento y la música –que a su vez es sonido y letras– se terminan mezclando en un cóctel de signos, que por momentos logra una especie de sinestesia de significados. Por ejemplo, el fuego de “En sueños” queda tan impregnado en nuestras retinas que parece que la letra lo referencia, pero la palabra fuego estrictamente no figura en el texto de la canción.
“Gata de Gorgos” cierra el disco, ilustrada con un toque de la banda en el que se cuela el personaje del título –una persona disfrazada cual cabezudo carnavalero–, y el resultado, por la música, es la canción más rara que parió Buitres. Primero, por la melodía vocal, que junto con el coro pintan un paisaje español, y luego por el devenir del pulso rítmico, que se vuelve inestable y se acelera como en un viaje de ácido, al mejor estilo del final de la legendaria “The End”, de los Doors.
Volver a los 17
Un rato después de terminada la ¿función?, cuando ya casi no queda nadie en la sala, Peluffo conversa unos minutos con la diaria bajo la cúpula apagada del Planetario. La primera curiosidad es saber cuáles fueron los criterios para que algunas canciones fueran ilustradas con imágenes de todo tipo y otras simplemente con la banda tocando. El cantante dice que el equipo de producción de visuales les propuso que “Versos ensangrentados” y “Tres tristes tigres” fueran con ellos en acción, y estuvieron de acuerdo al instante, porque “son justamente los dos temas que apoyan su pie más en el rock de Buitres”.
Lo único que no queda definido de entrada es qué pasaba con “Gata de Gorgos”, ya que fue el único guion que no aceptaron y por eso rediseñaron. Sobre la música de esa canción, que cataloga como “una zapada de rock”, dice que nació con la melodía y la letra “pelada”, de su entera responsabilidad, y luego les pidió a sus compañeros que la “vistieran”. “Demoramos muchísimo en vestirla. Hasta que un día llegamos al estudio y los productores pensaban que ese tema no iba, pero empezamos a trabajar sobre algo que habíamos hecho en el ensayo anterior. Fue una improvisación en el estudio”, cuenta.
Ese tipo de canto, que no quiere definir porque los puristas lo van a “mandar a matar”, tiene relación con la región donde surgió la canción, en el límite entre Valencia y Barcelona, cuando estaban de gira por España, explica Peluffo. Se llama así porque salió luego de un show que hicieron en Gata de Gorgos, un municipio de la Comunidad Valenciana.
“Volvimos de tocar y estábamos en el medio de una fiesta popular totalmente lisérgica, con un pueblo descontrolado. Muchas de las cosas que se dicen ahí son de diálogos con gente en bares y en la calle”, recuerda. El cantante confirma que el vaivén psicodélico del final “tiene mucho” de la banda de Jim Morrison. “Nosotros ya la aceptamos como doorsiana total. Eso fue lo que quedó grabado. Después quisimos replicarlo, sobre todo en la parte final, y no pudimos... Lo que pasa siempre”, subraya.
Eso de embocarla de primera y no poder superarlo también sucedió con su parte vocal de la primera canción del disco. Lo que terminó en la mezcla final es lo que en la jerga de grabación se llama “toma cero”, la que les cantó Peluffo a sus compañeros para guiarlos en el estudio. No pudo superar esa primera interpretación. El cantante subraya que la forma de cantarla –más aguda, que aparece al borde del quiebre– no es la norma en Buitres, pero sí lo era en Los Estómagos.
Foto: S/d de autor, difusión
“Era como yo cantaba cuando tenía 17 años y no tocábamos los temas del primer disco de Los Estómagos, sino más punk rock. Cantaba así, aflautado, tipo Johnny Rotten. Al principio pensé que no podía, pero es una cuestión técnica, nada más; se puede”, subraya. En la banda no estaban todos de acuerdo con que esa canción fuera la que abriera el disco, pero Peluffo acota, a carcajadas, que había gente “de suficiente peso” como para inclinar la balanza a su favor. “Impresiona, porque entrás al disco por una puerta que no esperás”, comenta.
Con casete
La banda sabe que en el show del Planetario hay “demasiados” estímulos para el público, y eso conlleva un “riesgo”, porque “hay gente que puede no quedar conforme con la experiencia completa” o que no le dé la dimensión que luego le da el disco. “Pero se introducen todos los aditivos que perdés de la otra manera. Es una escucha conjunta, se van destapando las cartas de a poco”, dice Peluffo.
Quizás algunos se queden con ganas de prestarles atención a más detalles y quieran ver el espectáculo más de una vez, como pasa con una buena película. Pero Peluffo remarca que lo importante es escuchar el disco más de una vez, lo que no suele pasar. “Yo escucho un disco de las bandas que me gustan y la primera escucha nunca es la definitiva. Tenés que escucharlo varias veces”, insiste.
Foto: Leo Barizzoni, difusión
Sobre los formatos múltiples, explica que la idea fue editarlo en vinilo y CD, y luego apareció lo del casete, una veta reciente en la industria de la música “que tiene el mismo componente de objeto fetiche que tenía el vinilo hace siete años”. Por ahora Peluffo escuchó Nido de espinas solo en vinilo; dos veces, con Parodi, y quedaron “súper conformes” con el resultado.
Para el final, un detalle: el cantante dice que estará presente en todas las proyecciones del disco porque está “comprometido” con el asunto. Esto también es raro para Peluffo, porque puede ver in situ cómo reaccionan a la música de su banda. En la oscuridad de la sala, pocos saben dónde está sentado –el primer día se ubicó en un lugar periférico–. “Todo lo que pasó entre cada tema estuvo buenísimo porque fue distinto. Me gusta ver cuáles son las reacciones de la gente y después estar a la salida para conversar”, finaliza.
A cartas (no) vistas
Que todo no sea tan accesible se materializa hasta en la tapa del disco, porque lo que estrictamente es la portada no tiene ningún tipo de anclaje de texto que nos avise que se trata de un álbum de Buitres, y mucho menos delata el título. El diseño gráfico de Santiago Guidotti, con ilustraciones de Matías Bervejillo, pone al frente solo un nido de espinas.
Nido de espinas, de Buitres. Edición independiente (Discos Maraviya), 2026. En CD, vinilo, casete y Bandcamp.
Buitres en Sitio (Parque Roosevelt). Sábado 5 de setiembre. Entradas en Redtickets a $ 1.190.