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Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma: subtextos, textos y pretextos

Dos mujeres, una franquicia de horror y un montón de niveles de metanarrativa.

“Conozco escritores que recurren al subtexto, y son todos unos cobardes”. La frase, que aparece periódicamente en Twitter, está sacada de Garth Marenghi’s Darkplace, una serie británica que parodiaba a un supuesto autor de horror (Marenghi) que reflota una serie que produjo en los años 80, pero que solamente había sido exhibida en Perú.

La frase suele utilizarse para hablar con humor sobre la ancestral discusión de cuánto debe dar a entender una obra desde su texto, en comparación con los temas subyacentes que apenas sugiere o alegoriza. Es, por un lado, un rescate a aquellas historias que dejaban partes a la interpretación del espectador, pero también a aquellos creadores que juegan a usar al texto como objeto contundente con el que golpear a la audiencia en el rostro.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (pésima traducción de Teenage Sex and Death at Camp Miasma) parece tener muy presente la frase de Marenghi y se atreve a ir y venir entre subtextos, textos y pretextos. Lo hace con homenajes explícitos, como el rescate a las sagas de horror (casualmente), aquellas con múltiples entregas que coparon la era del VHS, y también con referencias más solapadas y simbolismos que solamente pueden encontrarse fuera de la filmación.

Todo comienza con una secuencia de créditos iniciales que recuerda con mucha fuerza a aquella de Los excéntricos Tenenbaum de Wes Anderson. No solamente por la disposición ordenada de memorabilia de una franquicia cinematográfica conocida como Campamento Miasma, sino porque la sucesión de artículos periodísticos y otros recortes hacen un resumen de la caída en desgracia de sus involucrados, como aquellos tres hermanos que pasaron de jóvenes promesas a adultos mediocres con traumas del crecimiento. El de Campamento Miasma es el mismo derrotero de muchísimas sagas del género: una primera película interesante, intérpretes ignotos que abandonan el proyecto, rendimientos decrecientes, entregas directamente para video, críticas abismales y abandono del interés. Con los años, nadie se acuerda de aquel asesino serial cuya máscara era un panel de ventilación como el que puede verse en los techos de la oficina y que se hacía llamar Little Death.

Marenghi se sentiría orgulloso de este asesino, cuyo nombre remite directamente a la “pequeña muerte” (o “muerte chiquita”), en referencia al desvanecimiento luego de un orgasmo. Esto, por supuesto, va de la mano con el viejo estigma de las películas de horror, que en pos de asesinar a jovencitos desnudos terminó convirtiéndose en una especie de campaña en contra del sexo prematrimonial. Sexo adolescente y muerte, como bien decía el título antes de haber sido descuartizado para América Latina. Los años pasaron y, como sucedió con El silencio de los inocentes, ciertos elementos transfóbicos convirtieron a aquel clásico en “problemático”. Eso, sumado a la reclusión de su primera “chica final”, Billy Presley (Gillian Anderson), ha trancado todo intento por seguir ordeñando esa propiedad intelectual. ¿Será hora de dejarla morir? ¡Pues no, mi ciela! La solución para adaptar al asesino a los tiempos que corren es tener detrás del proyecto a una voz queer, en este caso la de la cineasta Kris Williams, interpretada por Hannah Einbinder, quien ya había sido la woke salvaproyectos en la maravillosa serie Hacks.

Kris quiere que esta nueva versión tenga a Billy de regreso, aunque le adviertan que la actriz se ha convertido en una suerte de Norma Desmond de Sunset Boulevard (Anderson también tiene un poco la doctora Bedelia Du Maurier de Hannibal). La película se centra en la relación entre estas dos mujeres y su vínculo único con Campamento Miasma, en una historia que utiliza clichés del género y artificios que recuerdan a Asteroid City (otra de Anderson) incluso cuando lo que ocurre es absolutamente mundano. Todo transcurre en un mundo de cuadros dentro de cuadros, como si fuera el diseño de la máscara del asesino. La actriz terminó viviendo en el campamento que sirvió de escenario para aquella película, y cuando las dos mujeres deciden proyectarla y revisitarla, nos vemos transportados a aquella ficción durante buena parte de los 112 minutos. La guionista y directora Jane Schoenbrun continúa desafiando las expectativas con escenas ochenteras (de “la peli dentro de la peli”) que tienen efectos sangrientos y una filmación contemporánea, digna (o indigna, dependiendo del público) de Michael Bay o Zack Snyder.

Detrás, o delante de todo, también dependiendo del público, están los personajes que necesitan disociar para poder desenchufarse y disfrutar de la experiencia sexual. Esto se sugiere, se explicita y hasta fue explicado por Schoenbrun cuando anunció cuál sería su siguiente proyecto. “Es, en esencia, una película sobre aprender a disfrutar del sexo luego de transicionar. Antes de transicionar, no es que yo fuera asexual; tenía mucho deseo, pero tener buen sexo en el cuerpo equivocado era imposible. Lo que tenía disponible era la completa disociación”.

Despertares sexuales, envoltorios que contenían dulces, cenobismo, escenarios de cartón y salpicaduras (literales y de las otras) que recuerdan a la obra más esotérica y metanarrativa de Grant Morrison, quien llegó a postular que el universo de DC Comics era un organismo vivo. Entre tantos guiones que serían incapaces de entrenar a una IA, esta historia entretiene y promueve conversaciones para luego de que corran los créditos de cierre. Eso es un montón.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. 112 minutos. En cines y Mubi.