la diaria Música

Tengo un amigo.

Tengo un amigo que anda bien pa’ los audiovisuales: canciones sobre el cielo de Montevideo

En su primer trabajo, la banda uruguaya combina influencias de Jaime Roos, King Crimson y David Lynch.

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Según como se mire el asunto, existe poca o mucha información disponible sobre el llamativo y reciente proyecto musical uruguayo sin redes sociales conocido como Tengo un amigo que anda bien pa’ los audiovisuales.

En Youtube, un concierto del grupo –registrado por el canal El Bloque– se lleva puesta una tarde y hasta la noche en un paisaje al aire libre de las calles Durazno y Convención. De lentes negros, Emi F en bajo, Emi G en guitarra y Pedro en batería tocan sin reloj, como si fuera un ensayo en el living de uno de ellos a las tres de la mañana, mientras el fondo visual se expande en el mar del dique Mauá y en las siluetas de hormigas que ven un partido de fútbol o corren de un lado hacia el otro de la rambla.

“Hemos dibujado con pasteles, canturreado melodías nocturnas, empapelado la ciudad de afiches. Hemos escrito versos, cartas, memorias de un viaje, notas de buenos días, para afirmarnos una ternura que resulta inconmensurable. Hemos sonado un ritmo, un patrón insólito, un ruido irrepetible”, revela otra pestaña abierta: un ensayo sobre “pausar el tiempo” y la amistad. Lleva la firma de Emi F, que reconoce en sus páginas el valor de sus compañeros y la del proyecto artístico en común, tal vez como uno de los motores de un texto voladísimo y poético que incluye citas al filósofo neerlandés Baruch Spinoza y el cineasta ruso Andréi Tarkovski.

“No nos identificamos con un barrio en particular, pero tuvimos nuestros primeros encuentros por La Comercial, fuimos compañeros de Facultad de Psicología y por ahí, en el Cordón, nos juntamos 1.000 veces y ensayamos. De un tiempo a esta parte ensayamos en Tatami, del barrio Goes”, cuenta Emi G a la diaria. Sobre posibles influencias, responde que son demasiadas y que una consulta a la interna del colectivo arrojó los nombres de Yo la Tengo, Genuflexos, Jaime Roos, King Crimson, Aphex Twin, David Lynch y Ángelo Badalamenti.

Grabado durante mayo de 2025 en Tatami Records, mezclado por Raúl Garrido y masterizado en Santiago de Chile por el músico local Juan Diego Soto (integrante de Déjenme Dormir y productor de Playa Gótica, Candelabro y Hesse Kassel), entre febrero y mayo de 2026, el homónimo primer LP del grupo uruguayo está dedicado a “las amistades sónicas” y al “rock por venir”, según la información subida a su página de bandcamp.

Desde el comienzo de los siete tracks, las referencias cinematográficas aludidas por los TUAQABPLA no sorprenden. La música instrumental y climática despierta una subjetividad colectiva reconocible y de tintes montevideanos en la extensa “Antenas”, que casi llega a los 12 minutos e invita a ponerse los auriculares y disfrutar de un ejercicio entretenido y estimulante.

De golpe alguien podría recordar una videocasetera, un televisor de tubo y la introducción de la compañía Halven, signada por el bajo de John McVie, en “The Chain”, de Fleetwood Mac, aunque la línea de ese instrumento que suena en este track digital subido a una nube de internet con una portada de un cielo estrellado y con otra imagen de un ave apoyada en una rama de árbol a punto de quebrarse se le parezca muy poco o nada.

Una conexión del mismo tipo me llevó a “Gritar” de Los Estómagos y a Fabián Hueso Hernández. A su paso, la progresión de esta música que avanza aumentando su intensidad ubica capas y objetos en el camino hasta lograr instalarte en una dimensión, o un lugar, que combina diferentes épocas de Uruguay. Y lo hace con grabaciones de sonido ambiente, teclados, sintetizadores modulares, palmas humanas. El énfasis dramático y personal del grupo lo carga la rítmica seca de bajo y batería, y la guitarra contrapone fugas de rock progresivo, ideales para fans de King Crimson, Mark Knopfler y Joe Satriani.

“Castelo” es el tema con mayor distorsión del álbum. Arranca con un bajo entre el pospunk y el rock pesado que acompaña la guitarra eléctrica y la batería, en este caso, más suelta que nunca.

Viajan a una falsa calma en “Agua”, por apenas dos minutos, y proponen una ensoñación febril que no tranquiliza en lo más mínimo. En la siguiente estación, “Fuego de San Telmo”, el cielo se vuelve lluvioso, estrellado, y comienza a amanecer en la ciudad. La guitarra ocupa el centro de la escena, en una tradición virtuosa y de rock fusión que los conecta a la obra de Popo Romano, los hermanos Ibarburu, los Ladyjones y Los Pusilánimes, de Hugo Fattoruso y Carlos Quintana, con la salvedad de que aquí ni de casualidad suena un candombe, y todo sin excepción, siempre se vuelve más raro y menos luminoso.

“Zerkalov” es el track más experimental del álbum, el más loco, el mejor. En el inicio, la batería emula un beat electrónico, y en la segunda parte, el grupo acelera la velocidad en una apuesta de krautrock que no evita sus posibilidades bailables. Al final, la pudren hacia el free jazz con vientos digitales, y ese caos les queda bárbaro.

“Campo” es otro interludio amable sin base rítmica, al estilo de las melancolías de Mux y Buenos Muchachos. El disco cierra con “Canción para un asteroide”. En esta odisea al espacio, el equipaje incluye discos de Traidores y los británicos Underworld. A partir del sonido de teclados, el viaje arranca en pasajes peligrosos hasta que el grupo descubre una melodía esperanzadora, amigable, que crece, con el regreso del trío de reminiscencias ochenteras, hasta descubrir un paisaje nítido por la ventana del ómnibus. El cielo sigue nublado y esa es una buena señal, regreso a casa.

Tengo un amigo que anda bien pa’ los audiovisuales. 2026. Disponible en plataformas.

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