la diaria Música

Plagio.

Foto: @enry.films, difusión

Crónica de la Fiesta Ricotera del Uruguay

En El Tejano, centenares de personas se reúnen anualmente para celebrar a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

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Editar

Un festival anual para recordar las canciones y el legado de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, conmemorando el aniversario de su histórico último show en vivo: el 15 de agosto se realizó la 14ª Fiesta Ricotera del Uruguay. Nuevamente, la familia ricotera uruguaya se encontró en el anfiteatro Espacio T de la organización social El Tejano, el mismo lugar donde funciona un tablado durante carnaval.

No iba a ser una edición más: era la primera desde la muerte del Indio Solari. Más de 750 personas de todas las edades participaron en la fiesta, en una fría noche invernal. La lluvia se aguantó y permitió que sonaran cuatro bandas: Belverock, Barbazul, Plagio y, para el final, Pintura de Guerra, que llegó desde Buenos Aires. El recital, con su feria de emprendedores y emprendedoras ricoteras (había hasta un stand de Rocambole, el histórico ilustrador de la banda), comenzó en la fría tardecita del sábado y, aunque la lluvia amenazó toda la noche y la última banda comenzó a sonar bajo la helada garúa, hubo explosión de pogos amorosos. Más que un baile, fue una comunión que se mecía al son de la música, en himnos cantados desde las entrañas.

Bien abiertos

Veo un bastón que emerge entre las cabezas saltantes. Sigo su recorrido y logro divisar a una persona no vidente, completamente entregada a la música, cuidada por todos. Es, quizás, el momento más dulce de la noche. Poco después dos manitas, agitando sobre todos esos cuerpos, me llaman la atención: un niño a caballito sobre los hombros de su padre bailaba y cantaba con el mismo furor que yo.

Qué hermoso escuchar, allá en La Teja, “Nuestro amo juega al esclavo”, a mediados de mes, cuando ya a casi nadie le queda un peso. Qué hermoso ver a la gente ejerciendo la libertad en un espacio donde cada quien pudo bailar, gritar, estar en silencio, mirar. Todo eso pasaba entre canción y canción. Cambiaban las bandas, pero no se repetían los conocidos temas del Indio y los suyos. El tiempo se convirtió en un pelotero en el que cada salto nos llevaba a un año diferente. Las edades se mezclaron, los recuerdos se unieron, los rockeros canosos compartieron con infancias.

Hubo algo especial que ya había sentido en aquellos años 90, un sentimiento incipiente que luego despertó en movilizaciones. Apenas entramos a la fiesta, mi compañero de aventuras me dejó en las gradas, sola. Empezó a tocar la primera banda, me acerqué a un grupito de chicas, dejé la campera en el piso y con la mirada bastó para saber que nos íbamos a cuidar, aunque nunca nos habíamos visto.

Cuando terminó, tuve que ir al baño. De nuevo no conocía a nadie, hacía frío y la fila era larga, pero la espera no tuvo desperdicio: ese también era un espacio de intercambio de relatos. Una directora de escuela de Casavalle y una trabajadora en un CAIF esperaban turno conmigo. Compartimos relatos de idas a recitales de los Redondos. Entonces recordé que esa camaradería entre mujeres que sentí en los viajes a los recitales de hace tres décadas fue la misma que viví años después en las marchas de Ni Una Menos. Quién sabe cuánto ese ejercicio de libertad y cuidado entre ricoteras fue semilla en la rebeldía que años después salió a las calles a defender la vida. Porque, como decía el Indio, “tu aliento vas a proteger, en este día y cada día”.

La directora de escuela me contó su vuelta del último recital del Indio en Olavarría, en 2017. Soportó 22 horas de ómnibus con una hernia abierta durante una avalancha para llegar directo a la mutualista en Montevideo. Recordó riendo que cuando conocieron su aventura en la sala de emergencia se corría la voz de que había una sobreviviente del recital del Indio.

Cuando ella dijo “Olavarría” no pude dejar de contar mi aventura, 20 años antes, cuando con las bandas ocupamos el tren de Retiro y llegamos a Olavarría, pero se suspendió el recital. Hacía unos meses que seguía a una banda ricotera. Había comenzado un reportaje a las bandas, convencida de que mi relato redondo eran las fotos de la gente más que de la banda.

Foto: @enry.films, difusión

Acampamos en la sierra, no tenía idea de cuántos éramos, hubo algún disturbio en el pueblo y luego nos metimos en la carpa. A la mañana siguiente, otra vez agosto, otra vez el frío. Los jóvenes empezaron a salir de las carpas como hongos y de repente me llaman: “La fotógrafa uruguaya que venga a hacer la foto”. Era la única con la cámara al hombro, me acerqué y cuando vi la bandera dije: “Esta bandera merece la foto en el cielo”. En menos de un segundo comenzaron a escalar y yo corriendo atrás. Nunca hubiera imaginado que el grupo de jóvenes originarios de Merlo saldría corriendo a la cima para que sacara la foto de la pancarta gigante que decía: “Los argentinos tenemos el rock que nos merecemos, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”.

Recuerdos del futuro

Diego Ruiz, el Oso, gestor cultural de El Tejano, integrante del equipo organizador, me cuenta que la fiesta nació en 2010, propuesta por un programa que se llamaba El agujerito, de la radio comunitaria El Puente FM, que funciona dentro de El Tejano. Nació para celebrar el aniversario del último toque de los Redondos, allá por 2001 en Córdoba. La participación superó toda expectativa y terminaron en el anfiteatro. Desde entonces se realizó todos los años, exceptuando la pandemia.

“Todos en la fiesta tenían historias para contar, es algo muy propio del público ricotero”, dice el Oso. “Hay una magia que no se puede explicar mucho con palabras, esa cosa de estar cantando un tema y te mirás con alguien que ni conocés y con la mirada ya te dijiste todo, y hay una cosa de cuidado, de hermandad, hay algo comunitario que es muy fuerte, que no sé cómo surge, pero está y lo sentís todo el tiempo”.

No es casual que una fiesta tan identitaria, underground y comunitaria suceda donde funciona la Asociación Civil El Tejano, que fue fundada en 1989, con una radio comunitaria, dos centros juveniles y un espacio cultural, que es el anfiteatro. Es un espacio cedido en comodato por la Intendencia de Montevideo, con una revista bimensual, que desde hace 30 años trabaja sobre tres pilares fundamentales: la comunicación, la cultura y la juventud.

El Oso comenta que puede reconocer adolescentes que comenzaron viniendo con sus padres cuando eran niños y ahora comparten la fiesta con sus grupos de amigos. Es otra forma de generar cierta continuidad, porque, como se escuchaba desde los micrófonos: “No nos olvidemos de nosotros mismos, recordémonos”. Todos se cuidan. Fue una fiesta barrial en la que sin conocernos éramos todos conocidos.

Escuchar la remera

El compromiso con la Fiesta Ricotera de la banda argentina Pintura de Guerra es enorme. Desde hace cuatro años vienen cada agosto, sin aceptar ningún pago. Fue un placer escucharla: se lució con varios temas de Oktubre y cerró la noche con el clásico pogo de “Jijiji”.

“La fiesta te genera un montón de cosas buenas. Ver gente linda, que se cuida. Nunca hubo ningún problema, todo el mundo viene a disfrutar, a abrazarse, es algo que representa bastante lo que era ir a ver a los Redondos. Es el mismo público y con el mismo código que no lo sabe nadie y lo sabemos todos, y está ahí jugando todo el tiempo. Es increíble, es un shot de energía”, dice el Oso.

Una remera me hizo sonreír, quizás porque usaba ese código ricotero que une a las varias generaciones. Simplemente decía “A la rebeldía no se renuncia”. Quienes andaban por allí fueron y son un público muy respetable.

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