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Cultura Música
Foto principal del artículo 'Lo nuevo de Paul Higgs, el críptido del rock rioplatense'

Lo nuevo de Paul Higgs, el críptido del rock rioplatense

La perla perdida encuentra en el Río de la Plata un lugar desde donde pensar el éxito, la pertenencia y el oficio de hacer canciones.

Paul Higgs entiende que la identidad no responde a una radicación temporal. Instalado en Buenos Aires desde hace años, el músico lanzó el álbum más uruguayo de su carrera y, lejos de hacerlo con rebeldía hacia su actual hogar, logra poner a dialogar ambas orillas en una oda al estado de ánimo rioplatense. Aquí La perla perdida no es la tierra prometida. Lejos de trabajarse como el objetivo de una épica búsqueda, la metáfora que da nombre al álbum es el punto de partida desde el que se explora un destino creativo multidireccional.

“Suena a Taddei”, pienso en el primer track, que da nombre al álbum, con una base groovera de bajo protagónico. Casi de inmediato, Higgs parece aceptar el halago, en un vitoreo a su compatriota. Las referencias aparecen desde el comienzo, igual que la autopercepción del artista, que se presenta como el “críptido huérfano del rock uruguayo”: una criatura mitológica del cancionero local, de la que todos escucharon hablar, pero nadie parece terminar de descifrar.

Es que muchos Higgs conviven en simultáneo. El líder de Algodón, que fundó una nueva escena independiente montevideana para luego declarar no sentirse artista indie. El productor detrás de los álbumes de la prometedora Charlie Cromo y de un cover de Titãs registrado por No Te Va Gustar. El hijo de Lulo Higgs (integrante de Días de Blues y líder de la pionera Los Shades), que colaboró con el reciente rescate de la obra de su padre por parte del sello Cólera Para Ti. El músico que parece no terminar de ocupar el lugar que su talento promete, como si existiera en un experimento de Schrödinger aplicado al rock uruguayo, en el que Higgs está y, al mismo tiempo, siempre se escapa del foco.

Volver a casa

Entre los imprescindibles coros de Tamara Leschner, el funk, el pop, las fusiones y referencias montevideanas, la acidez de Higgs brota desmedida para retratar con crudeza la cotidianidad del músico rioplatense. La carrera tras un éxito que parece imposible de alcanzar y, en un segundo plano implícito, las rispideces de la convivencia entre la absoluta excentricidad del artista y una austeridad casi paqueta que parece venir impresa en el ADN uruguayo.

El humor del disco encuentra el tono justo para esas obsesiones. “Pim, pum, pam” bien podría haber salido del repertorio de Los Tontos y ofrece ironía eufórica en la lírica, pero también a nivel rítmico, entre silencios y aceleraciones que vuelven la escucha impredecible.

“H.I.T” condensa el conflicto central del álbum. Con un sample futbolero, Higgs explora el hambre obsesiva por consagrarse con una canción, con la ansiedad y resignación de creerse incapaz de lograrlo. Su impronta se desdibuja en fórmulas ajenas, persigue rituales que no le pertenecen y termina rindiéndose antes de perderse. “Se ve que no es, no lo llevo en mí. Hice muchas cosas, pero nunca un hit”, concluye.

Aferrado a esa identidad, Higgs plaga el disco de guiños, en una permanente conversación entre el músico, sus escuchas y el plano de referencias compartidas. Las referencias a Uruguay son constantes, mucho más que en cualquiera de sus trabajos anteriores, y no parece ser una cuestión de nostalgia, sino de perspectiva. A la distancia, Montevideo se ve con más precisión. Aparecen sus calles, el fútbol y hasta los fuegos artificiales de la Noche de las Luces, un recuerdo profundamente montevideano y también generacional. Higgs nació en 1993, como recuerda en la canción de apertura, transitando su infancia y temprana adolescencia en el auge de aquella fiesta popular. Quienes vinieron después difícilmente conserven esa memoria.

“Banco de arena” condensa esa mirada, explorando una Montevideo candombera junto con Hugo Fattoruso –a quien Higgs define en el propio álbum como “el as del sintetizador”– mientras la palabra “cotidianidad” se repite como un mantra que pasea por la rambla.

Pero también está Buenos Aires. “Daba la casualidad” recibe a Kubilai Medina y Lucas Finocchi, de la banda platense Monstruo! –un consolidado proyecto pop-rock que Gustavo Cerati alabó como revelación hace casi 20 años– y habla de estar “encadenado a Microcentro”, ahondando en esa identidad partida entre dos ciudades.

“Punto en la infinidad” cumple la cuota de balada, con aires de Fito Páez y una ovación para la cantautora Judee Sill. El cierre con “Rayo verde” funciona como una recapitulación, repasando los capítulos anteriores o la lista de razones por las que, al fin y al cabo, la perla no estaba tan perdida.

La perla perdida, de Paul Higgs. Independiente, 2026. En plataformas.