En uno de los sonetos de La Margarita, de Mauricio Rosencof, aquella obra que escribió en hojillas de armar tabaco durante sus años de reclusión y fue musicalizada luego por Jaime Roos, el personaje principal, en plena matiné bailable en el club Tuyutí y mientras baila un tango, le pregunta a su pretendiente: “¿Qué le gusta más, la típica o la jazz?”.
La consulta hace referencia a la extendida tradición social y cultural de las bailantas de mediados del siglo pasado, que consistía en programar cada noche dos orquestas: la típica, que ejecutaba un repertorio tanguero y milonguero, y la jazz, una big band que hacía mover las tabas a fuerza de foxtrot, swing y otros géneros foráneos, como boleros o ritmos tropicales.
Inspirados en esa costumbre en desuso, el bandoneonista Ramiro Hernández –Orquesta Típica Randolfo, Los Hermanos Hernández– y el multinstrumentista Agustín Pardo Motz –La Nonna, La Montevideana y una extensa carrera como músico, arreglador y director– formaron La Típica y la Jazz, una banda con una formación instrumental poco convencional que, “a grandes rasgos”, propone una fusión entre el tango y el género de raíz norteamericana, unir esos dos mundos para formar una tercera sonoridad con algo de aquí y algo de allá.
Si bien la idea que había surgido casi como chiste tiene cerca de una década, se concretó en 2023 cuando grabaron “Zita”, de Astor Piazzolla, e “In a sentimental mood”, de Duke Ellington, dos clásicos del repertorio, uno por corriente, donde sentaron las bases del proyecto, fuelles rezongando en medio de la exuberante melodía del pianista afroestadounidense o la sección de vientos dándoles brillo a las melodías del marplatense.
Hace unas semanas presentaron A lo lejos, de cerca, flamante larga duración concretado a partir de la obtención del Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura y que reúne –además de los dos antecedentes– siete composiciones de los gestores del proyecto que se reparten las autorías y comparten los arreglos.
El álbum abre con “TST”, composición de Hernández que, en la línea de la versión de “Zita”, inicia a puro corcoveo del bandoneón, pero se va universalizando a medida que se arma el ensamble de vientos, cuerdas y percusiones. La banda conformada con colegas y compañeros de experiencias anteriores de ambos cabecillas suena como si viniera de hacer temporada en el club Tuyutí, a pesar de que varios de sus integrantes no habían cruzado esa frontera imaginaria entre la típica y la jazz. En el corto documental que acompaña esta edición disponible en Youtube, varios de los 23 participantes destacan el valor del encuentro y de poder tocar y registrar estas músicas originales en Uruguay.
El álbum fue grabado por el a esta altura mítico ingeniero de sonido Gustavo de León en los Estudios Sondor –salvo las dos adelantadas registradas por Gastón Ackerman en Mastodonte– y masterizado por Nicolás Demczylo en Los Aliados Estudios. Todos ellos son responsables de un sonido en el que, más allá de la cantidad de información que por momentos propone la obra –bandoneón, piano, flautas, clarinete, congas, vibráfono, fiscorno, trombón, saxo, y la lista sigue–, cada instrumento y cada arreglo tiene su espacio e intención, suena limpio y aporta a la narrativa musical. En “Paisaje al ocaso”, por ejemplo, el bombo legüero que late al inicio es una especie de caballo galopando que no dejamos de ver nunca, como si acompañáramos la escena en un travelling, más allá de que cruza desiertos, correntadas, montes y pastizales sonoros a lo largo de todo el surco.
Las piezas van desde los tres minutos y medio de “Fa cantare”, pasando por los 10 minutos exactos de “La tierra escarpada”, momento de particular vuelo a partir de la participación exquisita del pianista armenio Tigran Tatevosyan, hasta los 15 minutos 11 segundos de “Heptámbulo”, el cierre del trabajo compuesto por Pardo que despide el disco a puro chico, repique y piano.
Más allá de duraciones, cada composición es un pequeño universo con diversas secciones, texturas y misterios, donde la música instrumental siempre sugerente nos invita a atravesar escenarios como si supiéramos desde el inicio que algo hay que resolver, incluso en “A lo lejos en La Coronilla”, la más experimental de las pistas. El asunto y su resolución dependerán de cada par de orejas.
La Típica y la Jazz cumple con A lo lejos, de cerca el objetivo trazado de dar vida al Frankenstein de los ensambles, con cuerpo de piringundín rioplatense, cabeza de Cotton Club y el alma de Piazzolla llenándolo todo. El resultado es innovador y sofisticado, pero no pretencioso; invita a calzarse los auriculares y ponerle banda sonora al safari cotidiano por la ciudad, ya sea en el once, la bici o el transporte colectivo. Bienvenido experimento.
A lo lejos, de cerca, de La Típica y la Jazz. 2026. En plataformas.
