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Fotograma de La llegada del tren, Lumiére, 1895

Simplemente inefable: 130 años de la primera función de cine en Uruguay

El día de la Jura de la Constitución de 1896 llegó el cinematógrafo Lumière.

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El 18 de julio de 1896, en pleno aniversario de la Jura de la Constitución, se hizo la primera función del cinematógrafo Lumière en Uruguay. Quedaron unidos, para siempre, el cine y la patria. Vaya paradoja: el festejo que refrendaba la soberanía política, y suponía el fin de la amenaza colonial, se mezclaba con el desembarco de un medio que sería en los próximos años abierta arma de “conquista” para los países productores, e instalaba una de las formas más eficaces de neocolonialismo. Así sería entendido por pueblos receptores como el nuestro, que fluctuaron desde temprano entre la fascinación por lo importado y las aspiraciones revanchistas de producir y proyectar lo propio. Pero todavía no.

Ese día, en el salón Rouge de la Casa Montero (hoy Museo Romántico), un grupo reducido de invitados vio por primera vez, proyectados en una pantalla por el operador Charles Ètienne, “el oleaje del mar, el derrumbe de una pared, un almuerzo, la salida de operarios de unos talleres, gente en el Hide Park de Londres y una playa de baños”, y quedó maravillado.

Difícilmente, el artículo anónimo de La Razón que las describe hubiera podido prever que cada una de esas cintas se volvería tan icónica. Y quizá por eso no menciona, aunque la hayan pasado, la más famosa de todas. Sí, casi la que están pensando: la llegada de un tren a la estación (así, sin ciudad, porque la que menciona la célebre Ciotat se programó en Francia recién en 1897). En todo caso, la que creó uno de los mitos más extravagantes de la historia del cine: la huida despavorida de la sala de aquella audiencia y, potencialmente, de cada versión local (fomentada por algunos de los más serios historiadores y por los mismos cineastas desde Robert W Paul, en 1901, con su película La primera vez que un campesino ve imágenes animadas). Para nosotros, los uruguayos, el miedo a que el tren de esa remota localidad francesa, es decir, a más de 10.000 kilómetros de Montevideo, arrollara a los asistentes, como hace, desde 1929, Paso de los Toros con la sed.

A veces tranquiliza suponer en los antepasados una ingenuidad confundible con la ignorancia. ¿Será por eso –tal vez les pasaba lo mismo con los suyos– que se preocuparon por contar exactamente cómo se la miró, cómodamente, en el saloncito rojo?

Se lee en El Siglo: “El ferrocarril llega a la estación, agitándose a medida que se acerca, desapareciendo la locomotora, deteniéndose el tren, bajando y subiendo pasajeros y produciéndose la confusión de rigor en esos casos”. El texto circunscribe velocidad y desorden a las acciones que ocurren dentro de la pantalla. Fuera de ella, entre la platea (de la que el cronista es pura metonimia), racionalidad y sosiego.

Los primeros públicos: una infidencia, una inferencia, un par de datos

No es posible saber quién fue cada integrante de ese público primigenio, aunque podemos arriesgar, sin perder casi nada, que asistió Matilde Rosalía de Roosen, la dueña de casa y agente clave del primer proyecto de ficción en el país en 1915; y apostaría más de una legumbre por el crítico teatral Samuel Blixen, porque adoraba las novedades, pero pararía ahí.

Sí sabemos, con absoluta seguridad, que el presidente del momento, Juan Idiarte Borda, no estaba. Lo ocupaba, a pocos pasos del salón Rouge, la inauguración del monumento a Joaquín Suárez. The Montevideo Times, periódico de la comunidad anglófona en el país, publicó días más tarde una infidencia: el primer mandatario pidió ver la primicia en la comodidad de su residencia, pero por limitaciones técnicas no fue posible satisfacerlo. La nota concluía: “En consecuencia, como el cinematógrafo no pudo ir al presidente, el presidente fue al cinematógrafo”. La nota condensaba con humor la curiosidad de Idiarte Borda por el último invento. ¿O era más que eso? ¿Habría intuido su utilidad en campo político?

De imágenes y palabras

Para 1899, en medio de programas repletos de escenas foráneas, nuestro público se pudo ver en la pantalla. Samuel Blixen salvó parte de esas primeras películas con su relato. Desde las páginas de El Día describió una con lujo de detalles: “Un muchacho que lleva en alto un cartel del rematador Muiños, anunciando la venta de diez carneros finos, se plantifica delante del observador y le impide ver la mitad del espectáculo, y, para mayor desdicha, llama a otro compañero, un zanguango que tiene sobre la cabeza una inmensa pirámide de cartones. ¡Obstrucción completa!… El público rabia… y ambos muchachos ríen a carcajadas”.

Como un Buster Keaton (el de Sherlock Jr.) o un Woody Allen (el de La rosa púrpura de El Cairo) ante litteram, Blixen jugaba a (con)fundir realidad y ficción, imagen filmada y audiencia.

Sin duda, la cosa estaba en el aire: basta recordar que, en setiembre de ese mismo año, se estrenó el film McKinley at Home, Canton, Ohio, pieza central en la campaña que lo llevaría a la victoria presidencial. Si es demasiada inferencia creer en Idiarte Borda como un estratega alineado con la tecnología de punta, al menos concedámosle que entendió y aceptó las nuevas condiciones de exhibición: un evento colectivo, en espacios colectivos.

En definitiva, ese mirar juntos era la mayor novedad del cinematógrafo. De hecho, se subrayó, tras el estreno, que el de los franceses no era sino “una de las mil aplicaciones” del kinetoscopio de Edison, un aparato que ofrecía filmaciones breves, consumibles de forma individual (los tatarabuelos de los actuales reels en las redes), que la sociedad uruguaya había visto hacía un par de años.

Es más, de su estreno, el 20 de mayo de 1891 (nos vamos para atrás, pero prometo volver rápidamente a 1896), se supo de forma casi inmediata por una nota aparecida en el citado The Montevideo Times. Un corresponsal describió de pe a pa el nuevo invento, pero olvidó un “detalle” cardinal en muchos sentidos: Edison eligió mostrar por primera vez su kinematógrafo ante la Federación Nacional de Clubes Femeninos. Su primer público –y el primer público de imágenes en movimiento tout court– estuvo compuesto, enteramente, por mujeres. Tomá mate.

Sin duda, el modelo de exhibición de los Lumière, con su invitación a lo grupal, ganó la pulseada, aunque no haya sido de un día para el otro. De hecho, el cine, tal como lo entendemos hoy, asociado a concretas prácticas de producción, distribución y recepción, se empezó a configurar recién en la primera década del 1900. Antes de tener plena autonomía (de poder decirse, sin más, “¿vamos al cine?” y que se supiera exactamente lo que se entendía por eso) se lo vio aquí, como en el resto del globo, en las funciones de variedades, zarzuela o transformismo.

Pero volvamos a ese 18 de julio, por última vez. Abramos una Caras y Caretas (cuando era todavía uruguaya) y leamos: “De esta diversión, que tiene su sede en la calle 25 de Mayo número 207, no diremos nada, porque todo fuera pálido e ineficaz para dar idea de ella. Es de lo más notable y sorprendente que puede concebirse y es perfectamente imposible que nadie se figure lo que es antes de verlo. Por eso deben ustedes ir a verlo”. A diferencia de la mayoría de los medios locales que cubrieron logorreicos la primicia, la revista había decidido apelar a lo inefable. Es posible que fuera la respuesta más aguda.

Universidad, cine y reflexión

La instalación del cine como disciplina legitimada en nuestra universidad, sabemos, ha sido desgarradoramente perezosa y parte de los efectos de esa pereza siguen golpeándonos hasta nuestros días. Pero los comienzos de la reflexión sobre el medio en la academia uruguaya fueron tempranos. Los desencadenó la función del salón Rouge en aquel día de fiesta.

A 15 días del estreno, la revista universitaria Los Debates publicó el artículo “El cinematógrafo”. Su autor, J. V. (¿Jacobo Varela?), discurría sobre orígenes (desde el fenaquistiscopio, favorito entre los juguetes filosóficos), planteaba una serie de cuestionamientos técnicos (imperfecciones en la membrana de la película, falta de regularidad en el movimiento de las escenas, “figuras (que) se mueven como verdaderas histéricas”) y aventuraba mejoras a futuro (como la inclusión de color y sonido).

La recepción maravillada construida en la prensa dejaba paso a la discusión fría y científica. Desde esa institución terciaria se participaba, al menos en el ámbito de lo meramente simbólico, y se reflexionaba sobre la más flamante modernidad en igualdad de condiciones respecto de los centros productores. Un buen comienzo.

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