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Cultura Miradas
Foto principal del artículo 'Padres e hijos' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Padres e hijos

Un misterio insondable.

En La metamorfosis de Kafka vemos cómo padre e hijo no pueden convivir, o, mejor dicho, no pueden existir en el mundo al mismo tiempo. Cuando Gregorio Samsa es ya un enorme insecto, el padre sale de su depresión, consigue un trabajo, vuelve a ser productivo y retoma su papel de “jefe de familia”. Y esa es, quizás, la mayor metamorfosis de la novela. El regreso del padre. La restitución de su reino, finalmente.

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Recuerdo ahora la parábola del hijo pródigo del Nuevo Testamento, el hijo correcto y el hijo incorrecto, el acertado y el equivocado. El que se va lejos para tener una vida disipada, malgastando la herencia del padre (cobrada de forma prematura), y el que se queda trabajando y teniendo una vida austera y sacrificada. El que respeta los tiempos y el que no lo hace. En alguna parte leí o escuché otra interpretación posible, una que dice que el hijo correcto o esperable es el que se va, el que sale a buscarse a sí mismo (y para eso hay que destruirse un poco). El hijo que se queda lo hace por miedo y cobardía. No sabe quién es ni qué cosas desea, no crece ni cambia, y termina siendo una especie de clon del padre.

La actitud correcta o esperable del padre es dejar que las cosas sucedan, dar ese permiso para que los hijos tomen sus propias decisiones y cometan sus propios errores. No hay padre incorrecto en la parábola. El padre siempre sabe lo que hace y esa es, quizás, desde una mirada laica, la parte que puede parecernos menos creíble, o más alejada de la realidad. Un padre enteramente sabio.

Otra lectura de la misma parábola sería ver en el hijo que se va al adicto que está sumido en una lenta (o rápida) carrera de autodestrucción. La persona, la media persona, infantil e inmadura a sus 30 y pico de años; la que reclama la herencia en vida porque no está dispuesta a esperar el proceso natural (la muerte del padre, eso tan simple); la que fuerza las cosas para su conveniencia; la que es insaciable y cree que la vida le debe. El retorno del hijo pródigo es en este caso, y simplificando, el regreso del hijo que ha tocado fondo. Es el adicto que acepta su impotencia y pide ayuda. El padre de la parábola está allí, de brazos abiertos, y no espera a oír sus palabras para abrazarlo. Se trata del amor incondicional. Se trata de ese padre que es, como ya fue dicho, enteramente sabio. El padre del adicto, en cambio, no está en condiciones de aceptar cualquier cosa, debe guardar su amor incondicional en el bolsillo, como una muestra teórica, en todo caso, pero no más que eso, y sacar del otro bolsillo su amor con límites. En ambos casos, parábola y realidad, el arrepentimiento del hijo debe ser sincero.

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Pero a veces son los padres los que se van, en lugar de los hijos.

Ese es el caso del padre de Nick Adams, el hombre con los ojos más bellos que Nick hubiera visto nunca, y a quien, según escribe Hemingway en el cuento “Padres e hijos”, Nick no ve desde sus 15 años.

Allí está ese padre que “volvía a él en otoño, o al ver un lago, o si veía un caballo y un sulky, o cuando veía, u oía, gansos salvajes, recordando la vez que cayó un águila en medio de la nieve sobre una trampa cubierta con una lona, y trataba de volar, agitando las alas, pero tenía las garras aprisionadas en la lona. Su padre surgía de repente en los huertos desiertos y en los campos recién arados, en los bosquecillos, en las colinas, cuando pisaba sobre la hierba quemada, cuando cortaba madera o sacaba agua de un pozo, junto a molinos y represas y siempre ante un fuego en el campo”.

Y también está Sam Shepard y su padre alcohólico. “El hombre diminuto”, o “mi diminuto padre muerto”, como llama en su novela Yo por dentro (The one inside) a ese padre ficticio, tan parecido al real. El hombre “al que veía al atardecer en su mecedora con un vaso de whisky y otro de leche al lado, hurgándose en las cicatrices de metralla de la nuca y mirando al vacío en el porche delantero”.

Y más lejos aún está Turguénev, con su novela breve Padres e hijos, de la que Nabokov dice, después de desmenuzarla con inteligencia y cuidadosa belleza, que es “una de las novelas más brillantes del siglo XIX”. O aquel otro texto de Kafka, claro, “La condena”, quizás el más kafkiano de sus cuentos largos, el que nos recuerda que todo vínculo entre padre e hijo es, al fin y al cabo, un misterio insondable.