“En un rato me estoy yendo a Porto Alegre”, cuenta Catherine Vergnes desde su casa en la ciudad de Paysandú. “Voy a participar en el lanzamiento de un disco de Luiz Carlos Borges, un artista que ya murió, y con el que grabé una canción”, apunta, sobre “Andariego”.
Su vínculo fluido con el país norteño y su cultura también se puede escuchar en una de sus más recientes composiciones, “El gauchito de Vacaria”, registrada junto con el Grupo Carqueja, oriundo de Rio Grande do Sul.
“Ellos aplican mucho el ritmo de samba brasileño dentro del folclore, y cuando hice esa canción pensé: ‘Les queda ideal a estos locos’. Me encanta ese tema. Tengo mucha conexión con Brasil y estoy yendo todo el tiempo para allá”, confirma la artista uruguaya, cuyas novedades siguen con un tema compuesto junto a Mario Carrero todavía sin estrenar, y el inicio de una nueva gira nacional que arrancará en setiembre y se extenderá hasta diciembre.
“Recorrí el país de punta a punta muchas veces, pero este año vamos a llegar a ciudades en las que nunca nos presentamos”, adelanta.
La amable charla continúa con el detalle de una intensa gira europea de la que acaba de regresar.
¿Cómo te fue por allá?
Bueno, la verdad que increíble. Fue una gira maravillosa. En las redes sociales compartimos un pedacito de lo que vivimos. Estuvimos por Chipre, Turquía, compartiendo esa parte de la gira con el grupo de danza Tierra Adentro y el dúo Piero y Horacio. Lo bonito de esto es que cuando nos unimos y nos ensamblamos para hacer esta gira, ya no importaba cada nombre; lo que importaba era Uruguay, porque estábamos todos ahí en conjunto. Éramos un grupo de ocho personas, entre bailarines y músicos, con el fin de representar a Uruguay y de competir en los diferentes festivales internacionales y mundiales de folclore contra otros países del mundo.
Y lo más lindo es que nos llevamos el primer puesto en dos de los festivales en Turquía. Estuvimos en dos lugares de Turquía.
¡Qué experiencia!
Sí, después también, como grupo, nos llevamos otras menciones. Había delegaciones de todo el mundo de muy alto nivel. Nos sacábamos chispas con los rusos, que son increíbles bailarines, lo que representan, sus trajes típicos son una locura, y así con diferentes países que no sabía ni dónde quedaban, como Osetia del Norte, Kirguistán, Kazajistán.
Fue un gran intercambio cultural. Competimos y salimos favoritos en estos lugares y en los otros festivales, y recibimos la admiración del público, que era un público netamente turco. No había comunidades uruguayas; era un público que no nos conocía.
Y la verdad, no podíamos creer cómo aplaudían, gritaban, aplaudían con las manos arriba de la cabeza. Yo pensaba, por su cultura, su conservadurismo, que la respuesta podía ser otra.
En varias de las ciudades a las que fuimos, las mujeres están tapadas, solamente se les ven los ojos.
Claro, y vos siendo una cantante mujer, además.
Claro, fui con toda la intriga de cómo iba a ser la reacción del público. Y la verdad que quedé fascinada. Yo le decía al director de nuestro grupo –él tiene una pareja turca–: “No puedo creer que sean así de cálidos acá. Nunca lo imaginé”. Y él me decía que sí, que eran así, más que nada si les gustaba la propuesta, obviamente.
La experiencia de que terminara el show y que nos vinieran a saludar y sacarse fotos, y que los gurisitos chicos se arrimaran, no la podía creer. Porque acá en Uruguay, que yo tenga mi público es una cosa, pero que allá les haya entrado así, de esa manera, me sorprendió muchísimo.
Así que ahora tenés fans turcos, entre otros, alrededor del mundo.
Es más, el guía local que nos explicaba en inglés viene y me dice: “Hay una persona que te trajo un regalo porque te conoce por redes sociales y te quiere saludar”. Era un veterano, de unos 70 años, y no sabía hablar ni español ni inglés, pero le gustaba mi música.
¡Qué fuerte!
Increíble, yo no lo podía creer. Fue una locura todo lo que vivimos.
Y después seguiste para España.
Claro, lo que te conté fue durante el primer mes. Ahí me cuidé bastante la gola para que aguante mi vocecita. Y después, yo me fui con mi grupo; en este caso estábamos solo con mi acordeonista y mi mánager en España para hacer una gira de Catherine Vergnes. Y ahí recorrí Valencia, Barcelona, Madrid, Santiago de Compostela y un lugar cerca de La Coruña, también. Ahí sí, canté para comunidades uruguayas, en diferentes teatros y salas culturales, donde también participaba público español.
¿Y eso cómo estuvo?
Bárbaro. Fue algo que se salió de los límites a los que estoy acostumbrada, porque había gente que no me conocía, y estaban escuchando por primera vez el folclore uruguayo y mi repertorio.
Estos shows los encaré con mucho diálogo, además de la parte cantada. Iba explicando cada cosa: el paisaje de las canciones, de dónde venía yo, nuestros habitantes, cómo era Uruguay, nuestras tierras. Y quedaron tan copados que, por ejemplo, en Galicia, ellos me empezaron a hablar a mí y a contarme de su cultura. Y ahí me explotaba la cabeza, porque nosotros tenemos un vínculo muy fuerte con España, por algo es nuestra madre patria, y yo les contaba de todos los gallegos que vinieron a Uruguay en búsqueda de un nuevo destino, de una nueva vida, y les explicaba que muchos de nosotros tenemos apellidos españoles, tanto gallegos como vascos.
Con base en tu rica experiencia, ¿cómo creés que ha cambiado la escena del folclore uruguayo desde que vos empezaste hasta ahora?
Cuando yo empecé, era de las pocas mujeres que empezaron a aparecer sobre el escenario. Obviamente, hay mujeres en todos los géneros folclóricos y en otros géneros, pero más que nada en este género, así como bien criollo, bien del ambiente rural, no era tan frecuente.
Eso es algo que yo noto que desde que empecé ha ido cambiando. ¿Pero, por qué? Ahora veo muchas mujeres, muchas gurisas nuevas, y con sus composiciones y con sus propuestas, y eso está buenazo.
Catherine Vergnes, el 29 de agosto en el Espacio Cultural Gobbi en Paysandú.
Foto: Santiago Fleitas
Después, por otro lado, obviamente la gente me comprendió a mí y a mi manera de encarar un espectáculo. Acá en Uruguay estábamos acostumbrados a los dúos y a estar parado o sentado en un mismo lugar y a mantener esa postura en el escenario, por así decirlo.
Más solemne, ¿no?
Sí, es una postura que uno adopta. Es más, en mis primeras actuaciones, si me ves, estoy sentada con un piecito en un banquito y con la guitarra puesta, cual artista de guitarra clásica.
Y llegó un momento en que yo lo fui cambiando, pero porque yo quería mostrar cómo era yo, en realidad. Ahí comencé a aparecer en los escenarios corriendo. Muchas veces todavía me preguntan: “¿Entraste corriendo al show?”. Sí, entré corriendo. Y eso se lo contagié a mis músicos también, y ahora ya lo tienen adaptado, y ellos también se mueven. Sobre el escenario imponemos una dinámica especial. Estamos viviendo el show, no es solamente que le estamos cantando a la gente.
Y también lo estamos viviendo desde nuestra corporalidad, y eso es algo que hoy la gente ya lo sabe y lo entendió. Antes quizás podías estar más expuesta a la crítica por esa actitud. Pero la realidad es que a mucha gente le gusta mi encare, pero porque le gusta cómo yo se lo presento, a mi manera. Creo que cuando uno hace algo de forma auténtica, todas las críticas se caen, porque uno lo hace desde el corazón.
Eso también ha cambiado. Hoy veo que hay otros grupos que se mueven muchísimo y que también toman esta postura, de vivir los shows de otra manera, para generar emociones de fiesta y alegría entre el público, y eso es lindo.
Entiendo que eso también lo reflejás en tus canciones. Por ejemplo, tu versión de “La galponera”, de Osiris Rodríguez Castillos, lleva tu impronta más pum para arriba.
Cuando hice el disco de los clásicos del folclore uruguayo, quise como mixturar eso que estás diciendo, sin dejar de respetar la obra original. Vos escuchás mi versión y, al principio, toda la primera estrofa y la parte introductoria la hago tal como lo hizo Osiris, a guitarra y voz, y de una manera muy camperota, le diría yo.
Y después, con la instrumentación, cuando entra el acordeón y la percusión, ya pasamos a esa versión de “La galponera” un poco más festiva. Antes también la habían versionado Los Olimareños.
¿Cómo llegan las canciones de otros artistas a tu repertorio?
Hay muchas de esas canciones, de los clásicos, que las escucho desde niña. Y las escuchaba desde los discos originales que había en casa. O sea, los discos de Aníbal Sampayo, Santiago Chalar, Alfredo Zitarrosa, los escuchaba siempre. Entonces todas esas versiones me influenciaron así, directo desde la niñez.
Después fui creciendo y cantando otras en diferentes lugares, o escuchando colegas o, por ejemplo, cuando hice la gira Guitarreando por las escuelas, los niños pedían canciones clásicas de Uruguay, y ahí también aprendí mucho.
Así fue generando una base de datos donde hay canciones que realmente representan a Uruguay y nuestra idiosincrasia. No es casualidad cuando la gente las elige, las escucha o las tiene dentro de sí sin darse cuenta. Entonces, cuando las cantamos, ahí se despierta y aflora esa memoria que llevamos dentro, pero de la que a veces no tenemos conciencia.
En 2025 festejaste diez años de carrera. ¿Cuánto te ha cambiado la vida ese trayecto desde entonces?
Y la verdad es que me cambió totalmente. Yo era una gurisa que estudió Psicología, que se recibió y que pensó que iba a trabajar de eso. Y al final terminé haciendo algo que formaba parte de mi vida, pero que en un principio era mi hobby. Después fue el plan de los fines de semana, mientras estudiaba. Hasta que terminó siendo mi vida, porque la verdad es que es eso, es mi vida misma, y me encanta que sea así.
Yo estoy muy contenta con este camino que elegí. No es el más fácil, por supuesto, porque es un emprendimiento personal y hay que trabajar muchísimo, todas las semanas, todos los días. Como siempre se dice, el escenario es lo último, es lo que la gente ve.
Pero debajo y antes pasan muchas cosas, y eso también me gusta. Sucede que hay que lidiar todo el tiempo con mantener el camino. O sea, seguir por donde vamos.
¿Cómo es tu vida cuando no estás de gira?
No tengo horario. Lo manejo yo. Entonces, la verdad es que al final, cuando uno emprende por sí mismo, termina trabajando todo el día.
Con mi mánager, nos escribimos absolutamente todo el día. No te voy a decir que en el día tengo un horario de oficina, sino más bien que, de base, mi día a día es trabajar en la producción de lo que vamos a hacer. Después también hago mi vida rutinaria: me encanta cocinarme y vivo en el campo. Estoy todo el tiempo con la naturaleza, salgo bastante, disfruto de eso, aprovecho. Hoy, por ejemplo, es un día muy soleado y me quedo afuera, me pongo con mis cuadernos a escribir algunas cosas, aunque no sean canciones, pero escribo todo el tiempo. Hago las tareas diarias del hogar y después también hago mucho ejercicio. Me encanta el deporte.
Y bueno, mucha vida familiar. Todo el tiempo nos estamos viendo con mi familia, y estoy con mi pareja. Disfruto muchísimo de esa parte, que es la que después no tengo, cuando estoy de gira.
Tenés muchas canciones, tanto tuyas como versiones, que hacen alusión a los caballos. ¿Cómo es tu relación con los caballos?
Mirá, hace cuatro días que volví de esta gira de Europa, y cuando llegué a Paysandú, la primera mañana que amanece, estaba friazo. Abro la ventana y me topo con los caballos que tenemos acá. Les saco una foto, y me digo: “¡Qué Europa ni Europa!”. ¿A mí qué me conecta con los caballos? Desde chica tuve una conexión con el caballo. Mi padre es apicultor y aunque parezca que no tiene nada que ver con los caballos, sí teníamos una chacra desde niños. O sea, mi padre necesita estar en un campo para poder trabajar con las abejas. Y al tener la chacra, teníamos caballos también, porque mi madre es súper campera, mi madre es la mujer del campo, acá en la familia.
Siempre tuvimos caballos de chicos, y el plan de los fines de semana era venir a jugar, a andar a caballo, a jugar con los caballos. Entonces, cada vez que los veo, me lleva a esa vivencia, a la vivencia de la felicidad, del jugar.
Después, con la carrera de Psicología, también estuve haciendo un instructorado de equinoterapia. Y ahí conecté no solamente con todo esto hermoso que tiene el caballo, sino también con esta parte terapéutica. Yo no podía creer lo que les generaba a tantos niños con sus dificultades, con enfermedades serias, y hasta con gurises a los que simplemente les falta tener límites.
El caballo es un animal que te enseña y que te dice que si vos no lo taloneás, no va a avanzar. Y si vos no le decís que frene, no frena. Y entonces ahí empezás a aprender límites. Así que toda esa parte terapéutica también me lleva mucho a amar el caballo.
¿En algún momento tuviste tu caballo, o uno preferido?
Claro, yo tengo. Mi yegua se llama Chichita. La Chichita me ha tirado al piso varias veces.
¿Cuál dirías que es tu canción preferida de ese subgénero, por decirlo de alguna manera?
Qué difícil. Creo que depende de la etapa de vida en la que esté. Porque hace unos años era “Galopa” que transmitía esa cosa de vivir el presente, del fuego. Actualmente, me quedo con “Me caigo y me levanto”. En este camino vas creciendo y te encuentras con que te caes y te levantas varias veces. Vamos a ver cuál te digo dentro de unos años.
