1. ¿El fútbol de la Argentina debería debatir por qué una de sus figuras jóvenes, Gianluca Prestianni, le lanzó expresiones racistas (o lanzó presuntamente, porque él dice que no lo hizo) a su colega y rival brasileño Vinícius en el partido Benfica-Real Madrid?
2. ¿El fútbol de la Argentina –sus clubes, sus jugadores, sus dirigentes, sus formadores, sus trabajadores y trabajadoras de otras áreas– no tendría que incorporar más centralmente a sus agendas una circunstancia así, considerando que no es la primera de la que hay noticia, asumiendo que no será la última y reconociendo que, aunque sin la mundialización de lo de Prestianni, en la cotidianidad de las canchas eso sucede reiteradamente?
3. ¿Al fútbol de la Argentina –con el riesgo injustísimo de las generalizaciones– le importa el racismo o no hay tiempo para eso porque lo que importa es, sobre todo, forjar individuos que alcancen el mayor rendimiento solo en las canchas y, dada la estructura económica de ese fútbol, sostener las tesorerías institucionales para, a la vez, sostener el ciclo competitivo transfiriendo a Europa, a Brasil o a Arabia Saudita a esos muchachos?
4. ¿Cuánto se educa alrededor del racismo en el universo del fútbol argentino (¿y en el no argentino?) y cuántas invitaciones a pensar a partir de lo de Prestianni (o de otro acontecimiento similar) se les efectúa a los futbolistas en los clubes o en donde sea?
5. ¿Cuánto se enseña en torno de que el racismo (un término que ayuda a la comunicación rápida del tema, pero revisable dado que la raza es una construcción social que carece, entre los humanos, de todo sustento biológico) no es –o no solo es– una cuestión de color de piel, sino una suma de concepciones y de prácticas por las que un sector ubica o referencia a otro sector como inferior?
6. ¿El fútbol trabaja en que sus protagonistas –no solo los jugadores y las jugadoras– se saquen de encima la idea de que lo que se dice o canta en el fútbol es parte de un folclore del fútbol y no conlleva categorías que exceden al fútbol (en la Argentina, nadie procura insultar diciendo “nórdicos” y sí lo hace espetando “negros” casi nunca dejando sin compañía a la palabra “negros”)?
7. ¿Es justo pedirle al fútbol –que es propietario de lógicas autónomas y no espeja al resto de la vida, pero a veces se le parece bastante– que se ocupe de lo que amplios sectores de la sociedad no solo no se ocupan, sino que legitiman en sus dichos y en sus conductas?
8. ¿Puede el fútbol ser el espacio o un espacio donde se desmantele eso que, al desmenuzar racismos en el fútbol, el sociólogo Pablo Alabarces denomina “el mito de que somos una nación étnicamente unificada”?
9. ¿O pedirle al fútbol tiene que ver con su condición de actividad pública, poblada de figuras públicas, cuyas voces pueden gravitar en el comportamiento social de una manera distinta que las voces sin esa resonancia?
10. ¿Hubo alguna declaración más expandida sobre lo que sucede en Gaza, por ejemplo, que la reciente del entrenador Pep Guardiola?
11. ¿Hay algún camino más novedoso que decirles Memoria, Verdad y Justicia a las generaciones más jóvenes de la Argentina que las comunicaciones de sus clubes en cada aniversario del golpe de Estado de 1976? ¿Existe, con el mismo propósito, una forma tan original y penetrante como la que enhebran los deportistas uruguayos en sus videos con el Maestro Tabárez a la cabeza?
12. ¿Hay derecho a pedirles a las figuras públicas del fútbol que se involucren en conflictos que exceden su tarea profesional individual, a sabiendas de que todo involucramiento les generará adhesiones hermosas y ataques despiadados, ya que, a diferencia de las personas sin fama, sus expresiones –con las redes sociales digitales como espada– se dirigen hacia una masa que los sigue homogéneamente por el fútbol pero que posee alta heterogeneidad en otras cuestiones?
13. ¿Qué explicaciones aparecen para que otras figuras públicas como los actores se pronuncien más que los futbolistas sobre la conflictividad política y social o mantengan controversias sobre si hay que tomar partido o no?
14. ¿Hay algún derecho a reclamar que las figuras públicas, en particular las del fútbol, ejecuten más en este horror que una porción nada menor de la sociedad que, si no es racista, poco edifica en contra del racismo?
15. ¿La falta de involucramiento es consecuencia de ese riesgo o de la sensación de ajenidad que surca a los futbolistas sobre una alta gama de problemas que no son su oficio?
16. ¿Cuánto y de qué modos persiste en el fútbol eso que, hace 70 años, el científico social Jean Meynaud caracterizó como el “apoliticismo deportivo”, o sea la instalación del discurso olimpista de fines del siglo XIX por el cual no hay que mezclar política y deporte, aunque enunciar que no hay que mezclar es, justamente, una posición política?
17. ¿Es posible reflexionar y actuar sobre la propagación de los ataques a Vinícius y la ausencia de repercusión de hechos diarios del mismo tono sin considerar lo que escribió el entrenador argentino Ángel Cappa: “La sociedad en la que vivimos nos educa en el racismo: contra los indios, contra los inmigrantes, contra los negros, contra los vagabundos, contra los que están en situación de calle, contra los rebeldes, ¿contra los que están en extrema pobreza? Pero, si es insultado es un futbolista de élite, ¿entonces somos antirracistas?”?
18. ¿Alguien, bien al interior del fútbol, percibe propias y, en especial, cree genuinas las campañas contra el racismo de organizaciones como la FIFA, que luego premian a personajes como Donald Trump?
19. ¿Son tejidos del fútbol, de fuera del fútbol o de las dos dimensiones los que acaso permitan que algún día, delante de estas situaciones, no sea necesario preguntarse qué diría Maradona, que sí solía tronar alrededor de lo que percibía injusto?
20. En este mundo de sonidos y de silencios o de batallas por hacer sonar y por silenciar, ¿por qué suena lo que suena y por qué anda en silencios lo que anda en silencios?