Ese sábado de abril de 1976 debería ser solo de fútbol, pero es un sábado de angustias. Claudio gambetea, con la ropa de Huracán, como de costumbre, con un talento que lo hace sobresalir en la prenovena del club, también como de costumbre, sin suponer que le falta una década para ser campeón de todo, compartiendo magias ofensivas en el ataque de River con Enzo Francescoli, sin intuir que un día armará su agenda para no perderse cada aparición de Agarrate Catalina o de la murga uruguaya que sea, sin calcular que cinco años más tarde se envolverá en la camiseta argentina para jugar un Mundial juvenil en Australia, sin conjeturar que en una tarde frente a Boca intentará más que vanamente quitarle la redonda a Maradona, sin imaginar que sus tobillos de deportista madurarán y empezarán a envejecer en mil marchas por las calles de Buenos Aires para construir Memoria, para sedimentar Verdad y para reclamar Justicia. Ese sábado, aunque mueva la pelota como los dioses, aunque ande apenas a una semana de su cumpleaños 14, lo único que Claudio quiere es que aparezca Norberto. Norberto, su hermano.
Pero Norberto no aparece. Y no va a aparecer. Es uno de los 30.000.
Norberto era Norberto por Norberto Tucho Méndez, uno de los máximos goleadores de la Copa América, ídolo de Julio, el padre de Norberto y de Claudio, que de joven deliró con las maravillas que paría ese crack en Huracán. No como el inalcanzable Tucho, pero sí muy bien se desempeñaba Norberto en las canchas de Parque Patricios, el barrio de origen, pero, temprano, al ritmo de las esperanzas de los 70, concentró energías en la política. Peronista, militante en la escuela secundaria, una patota criminal de la peor dictadura argentina lo secuestró el viernes 23 de abril de 1976. Tenía 17 años. En 1989, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los restos de Norberto y certificó que lo fusilaron en la jornada en la que lo atraparon. Desde entonces, la familia pudo llevarle una flor a una tumba entre las tumbas del cementerio porteño de Flores. Desde entonces, además, no hay un día en que Claudio no lo extrañe, no lo invoque o no pronuncie su nombre.
“Mi mamá estaba muy nerviosa ese sábado –evoca Claudio en estas horas, trabajando en las infinitas actividades que genera el medio siglo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976–, y yo debía jugar, para Huracán, de visitante. Para que no me perdiera el partido, me llevó uno de mis tíos. Yo también tenía en la mente lo de mi hermano, claro. Otro de mis tíos, desde el costado del campo, me gritó: ‘Tranquilo, Claudio, Norberto ya vino’. No era cierto, pero quería que jugara en calma. Después, me explicó que lo había hecho para eso. Pero Norberto no vino. No volvió más”.
¿Cómo funcionaban en tu cotidianidad de pibe esos dos horizontes: la desaparición de tu hermano y los sueños de fútbol?
Como familia, pudimos separar la pasión y el amor que nos generaba este deporte de la utilización que la dictadura pretendía darle. Incluso, fui al estadio en la inauguración del Mundial 1978, que abrió [el genocida Jorge] Videla. Me daba bronca ni siquiera poder silbarlo. Mirabas alrededor y había policías de civil por todas partes. Mi mamá, Irma, decía que el torneo podía beneficiar a los asesinos. Pero mi viejo y yo, la porción futbolera del hogar, preservamos la relación con el juego.
Una familia muy de fútbol.
Muy. Cada domingo de mi infancia en el que Huracán jugaba de local, mi papá, mi hermano y yo caminábamos las cuadras que nos separaban de la cancha. Veíamos el partido uno al lado del otro. Y luego regresábamos a casa, donde nos esperaba mi mamá, también los tres juntos, comentando cada cosa del partido. Imposible olvidar esos momentos. Me siguen constituyendo.
¿Qué les contabas a tus compañeros sobre tu situación familiar y sobre lo que pasaba en Argentina?
Yo no oculté lo que sucedió con mi hermano. Con algunos intercambié más, con otros un poco menos. También lo hice con Agremiados, el sindicato de futbolistas. Y con Omar de Felippe, con quien compartí las divisiones inferiores y ahora es un entrenador destacado. En 1982 a él lo enviaron como soldado a Malvinas. Desde allá me escribía cartas narrando lo que era la guerra, unas cartas que sigo guardando.
Vos te volviste un emblema de Huracán, el club que salió campeón en 1973 dirigido por César Luis Menotti, quien fue el técnico del Mundial 78 y, también, la figura del fútbol que, en agosto de 1980, en plena barbarie, firmó una solicitada pidiendo por los desaparecidos. ¿Conversaste con él de este tema alguna vez?
Yo me sentí contento y representado cuando vi que en esa solicitada había firmado alguien del fútbol, al lado de gente muy diversa. Estaba Jorge Luis Borges, entre muchos que se sumaron. Una vez, mientras charlaba sobre otras cuestiones, le agradecí a Menotti su participación en esa solicitada tan valiente. No quiso arrogarse méritos y enseguida pasó a otro tema.
Claudio Morresi, Estela de Carlotto, Berta Schubaroff y Enzo Francescoli.
Foto: S/d de autor
En setiembre de 1979, cuando te faltaba apenas un año para debutar en primera, Argentina fue campeón mundial juvenil en Japón, con Maradona como capitán. Los festejos por el título coincidieron con la primera venida de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA para plantearles a los dictadores qué ocurría en el país y para entrevistarse con los familiares de las víctimas. ¿Cómo atravesaste ese momento?
Mi papá y mi mamá estuvieron ahí con toda la documentación vinculada con mi hermano. Fue una coincidencia impresionante. Por un lado, aquel equipo que jugaba tan bien. Incluso, uno de sus integrantes, José Luis Lanao, sería compañero mío luego, ya en primera, y como venía de una familia con militancia siempre conversamos sobre el contexto político y social. Y, por el otro, mientras la multitud celebraba en Plaza de Mayo, convocada desde algunos medios de comunicación, ahí nomás había una larga fila de familiares, todas esas historias de dolor. La dictadura, como ya no podía disimular ciertas conductas a causa de la presión internacional, había lanzado un eslogan: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Muchos pasaban delante de los familiares e insultaban. Otros, en cambio, hacían silencio.
Una vida así
De todos los uruguayos que surcaron la existencia de Morresi, acaso ninguno le suscitó tanta admiración como Mario Benedetti. Hasta en las invitaciones a su casamiento incluyó parte de “Te quiero”, ese poema del verso “mi amor, mi cómplice y todo” encantador y bastante más que célebre. Pero, de cara al mundo, su uruguayo más próximo es Francescoli. Entrando y saliendo de las áreas rivales, durante cada tarde en la que se enfundaron la banda roja de River en los 80, pareció que nacieron para patear juntos.
Jugaste en Colombia, en México, en Vélez, en Platense, ejerciste como director técnico, incluso fuiste diez años secretario nacional de Deportes, de 2004 a 2014; te votaron legislador, sos una referencia del emblemático movimiento de derechos humanos de Argentina, pero, inevitablemente, te relacionan con Francescoli.
Nos entendíamos lindo, ganamos títulos. Enzo era un jugador extraordinario, como todo el mundo sabe. Siempre charlábamos mucho. Cuando fue el referéndum para enjuiciar a los militares en Uruguay, valoré su posición a favor de que esos juicios se hicieran, más allá del resultado de esa votación. Y siempre tengo en el corazón el día en que lo visitamos con las Abuelas de Plaza de Mayo, con su presidenta, Estela de Carlotto, para que se fotografiara apoyando la campaña de encontrar a los nietos que los genocidas se robaron. Guardo esa imagen con mucho cariño.
También el cruce entre fútbol y derechos humanos te condujo a la escritura.
Sí, sentí la necesidad de expresarme escribiendo, aunque sin proponerme publicar. Primero me surgió un texto corto, no sé si exactamente un cuento, sobre un estadio al que le faltan 30.000 personas. Y, más adelante, brotó “Tirando paredes”, un relato mucho más largo que salió en 2015 como libro, con prólogo de Estela de Carlotto, y que presentamos en la Feria del Libro con Sergio Goycochea, mi compañero de la selección juvenil y de River. Es una historia de dos muchachos a los que los une la pasión por el fútbol y los separa la política argentina. Cuando lo escribí se lo mostré a Juan José Panno, gran periodista y escritor, y me dijo: “Acá hay un libro”. Y ahí está el libro, reuniendo esas dos dimensiones que tanto gravitan en mi vida.
Y, después de tanta lucha, te toca el tiempo de Javier Milei, un tiempo que, entre otras cosas, se pobló de discursos públicos que pretenden trastocar lo que fueron los años del mayor horror. ¿Cómo interpretás estos días de negacionismo?
Están gobernando los hijos ideológicos de ese tiempo de la dictadura. Con otra forma de violencia, pero con la misma violencia de lo económico para las clases populares, para los trabajadores, para las clases medias. Entre muchas empresas, cierra la que publicitaba en las camisetas de River cuando fuimos campeones y despiden y reprimen a sus laburantes. Desgraciadamente, en Argentina vuelven a aparecer estos personajes que desfinancian y llevan a personas a la muerte: se ve en las leyes y en las medidas para comprar remedios, para la gente con discapacidad. Es una época de enormes pérdidas.
¿No te vence el desánimo frente a ese escenario?
No, jamás. Desde siempre, y ahora que ando por los 63 años, los genes de mi viejo y de mi vieja me empujan a no rendirme. Ambos lucharon hasta el último día. ¿Cómo nos vamos a rendir si es una lucha abierta hace 200 años? Desde lo ideológico o lo político, se pueden tener frustraciones, desalientos. Pero, en este momento mismo, en el espacio de deporte y derechos humanos que hicimos en la ESMA [el más grande de los centros de detención y exterminio del plan sistemático montado por la dictadura], proyectamos movidas de cara a los 50 años del golpe. Ahora persistimos más que nunca. En la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia no hay nada que discutir en materia de cansarse. A veces, le confieso a Alejandra, mi compañera, que no podría medir cuántos kilómetros de marcha entre el Congreso y Plaza de Mayo llevo recorridos en tantas circunstancias. Pero me siento bien si estoy y me sentiría mal si me ausentara. Hay cosas que no se abandonan. No nos rinden. No nos van a rendir.
¿Y Norberto? ¿Se te viene a la cabeza Norberto?
Ahora pienso en mi hermano mucho más que antes. Tengo un nieto de 17 años. Lo miro, lo vuelvo a mirar y digo “qué barbaridad que los genocidas hayan hecho lo que hicieron con un pibe de 17 años”. ¿Y sabés qué me pregunto con Norberto? Me pregunto si hago lo suficiente. Siempre pienso si estoy verdaderamente honrando su vida.