El jueves pasado hubo dos partidos de copas internacionales en Montevideo. A las 19.00 jugaron en el Centenario, por la Sudamericana, Boston River y Montevideo City Torque; y a las 21.30, a 15 cuadras de allí, en el Gran Parque Central, Juventud de Las Piedras recibió a Independiente Medellín, por Libertadores.
Imposible estar en los dos. Imposible para ver, para hinchar, para disfrutar o para trabajar. Pero, sin embargo, había una combinación posible: ir a uno de ellos —no hay nada como estar en la cancha para lo que sea— y mirar el otro en pantalla. La otra, para los cientos de miles de personas que no estaban en Montevideo, pero por una razón u otra querían seguir a los clubes uruguayos, ver los dos por televisión.
Todo eso podía hacerse. Lo que no era posible —más allá o más acá del conocimiento de la historia y la vida institucional que se tuviera de los clubes, más allá o más acá del seguimiento de los futbolistas, de sus nombres y sus apellidos— era completar la experiencia. Porque en ninguno de los dos estadios había periodistas transmitiendo: estaban en otros países, en estudios o en sus casas, contando lo que pasaba en Montevideo.
Aunque parezca una observación cargada de prejuicios, ninguno de los cuatro emisores —dos por partido— era uruguayo. Y eso los alejaba todavía más de la posibilidad de una comunicación adecuada de lo que estaba ocurriendo en la ciudad.
Vi uno de esos partidos en streaming e hice un posteo que tuvo bastante repercusión: “Pasa desde hace décadas, pero está llegando a límites insospechados: las transmisiones televisivas de las copas de Conmebol, con dos personas que por lo general no están en los estadios ni conocen la realidad de los clubes participantes, están lejos del mínimo aceptable. Pero además no cumplen con el más elemental requisito comercial de proteger el producto. En la próxima licitación de derechos de Conmebol debería exigirse que las emisiones sean desde los estadios y que haya mínimamente un comunicador del país desde donde se emite”.
Engordando el producto
El producto ya está. Esos millones y millones ya forman parte de la vida del business sports, del infotainment y de cientos de millones de nosotros, televidentes cautivos por lo que fuera. Es parte de nuestros días. Pero de ninguna manera puede ser descuidado o explotado de la peor forma. Aunque más no fuera —en el mundo capitalista en el que vivimos— para no matar a la gallina de los huevos de oro.
Es un negocio, claro. Y a las empresas —los centros de poder— les interesa el negocio, no hacer extensión cultural ni enriquecer a los consumidores con desarrollos que promuevan el crecimiento del fútbol.
No pretendemos un círculo virtuoso. Pero sí, al menos, que en esa venta de servicios —el fútbol por pantalla— se respete a los consumidores y, fundamentalmente, al fútbol y a sus protagonistas.
No puede ser tan complejo mandar un par de comunicadores a cada estadio de las 33 ciudades que componen la Libertadores 2026. Si ya los tienen contratados, que vayan. Y si lo resuelven por evento, que lo hagan con especialistas de cada ciudad.
¿No pueden con dos? ¿Les cambian las cuentas? Entonces, manden uno. Uno o una. El principal comunicador o comunicadora, pero que esté en el estadio. La misma propuesta vale para la Sudamericana, donde también hay —o hubo, porque ya varias quedaron sin representante— 33 ciudades.
No es nada fácil insertar en el mapa de la afición un partido en el que no participan clubes seguidos por cientos de miles de personas. Y mucho menos lo es si no se cuenta con un acompañamiento idóneo de difusión en los canales de comunicación.
TV o tribuna
Miro partidos como parte esencial de mi trabajo. Es mi responsabilidad, aunque siga siendo mi placer, mi fascinación. Pero nada es igual. No es lo mismo mirar que jugar. No es lo mismo estar en la cancha que detrás de la pantalla. No es lo mismo.
En la primera década de mi vida debo haber visto, a reventar, diez partidos en vivo por televisión. En la segunda, entre 1970 y 1980, capaz que fueron 100, a puro blanco y negro. Sin dudas fueron muchos más en el 3D de la vida: en las canchas de Montevideo, Florida, Canelones, San José, Colonia.
Entre 1980 y 1990, dupliqué o tripliqué la cantidad de partidos por televisión. Fue en esa época cuando empecé a trabajar mirando fútbol por televisión. No es que yo trabajara en tele: lo que cambió fue que debí transformar el placer de ver un partido en la responsabilidad laboral de analizarlo.
Ese proceso de desromantización también me pasaba en las canchas, pero con muchísima menos pérdida de los valores esenciales de la experiencia: había un partido, colores, olores, un alambrado, sonidos. La grasa de las tortas fritas y los chorizos. El perfume de las tangerinas. La musicalidad de las cáscaras de maní. Y, claro, el coro de la tribuna.
El placer de ver fútbol siempre está. Aún trabajando. Aun siguiendo los partidos desde televisores ajenos. La Eurocopa de 1988, la del golazo de Van Basten a Dasaev, la cubrí desde la vidriera de un comercio de Akodike Hogar, en el Centro de Montevideo.
Entre 1990 y el 2000 la cosa se disparó. Aparecieron los primeros casos de síndrome de pantalla verde, serios problemas de convivencia y algunas rupturas familiares. Porque con el fútbol internacional en directo, más las competencias internacionales de nuestros clubes y, a fines de siglo, la aparición de las transmisiones del fútbol uruguayo, había partidos a troche y moche: en casa, en el trabajo, en el club, en la pizzería o en lo de los primos.
Vas a mirar lo que quiero que mires
El fútbol fue primero un juego. Rápidamente se convirtió en deporte. Después, en oportunidad comercial. Y finalmente en negocio y en centro de poder. En esa cadena —que fue sumando eslabones viciados— el fútbol se fue alejando de aquella pasión lúdica que todavía hoy nos hace correr detrás de una pelota.
Un día aquel juego que trajeron los ingleses a nuestras costas dejó de ser juego para transformarse en una góndola de supermercado: capaz de vender desodorantes, rulemanes, papas fritas, toallitas íntimas, yerba, prestamistas, seguros, bebidas, panchos y telefonía.
El fútbol se transformó en un programa de televisión en horario noble. Pasó a ser el Truman Show de los televidentes, de los productores, de los periodistas, pero fundamentalmente de los negociados y de los vendedores.
Y entonces el show dejó de ser lo que ocurría en la cancha y se disfrutaba desde la tribuna o contra el alambrado. Con los avances de la tecnología, se fue transformando en un envío televisivo que nos atrapa en nuestras casas con la misma expectativa con que se mira una novela o una serie.
Nos quedamos hipnotizados frente a la pantalla verde que lentamente nos inocula cómo vestirnos, qué tomar, qué comer, a quién votar, de quién enamorarnos y cómo creer que vivimos: con miedo, felices, en caos o con un precioso porvenir.
Remoto control del negocio
Ni hablemos del siglo XXI. Seguramente no haya un solo día del calendario en el que no pueda verse un partido en vivo en algún lugar del mundo. La sobreabundancia fue modificando la emoción. La fascinación original quedó soterrada.
Un partido transmitido en directo como programa de televisión ya no es lo mismo que cuando la televisión transmitía en directo un partido de fútbol. Hay una corriente teórica —basada en las formas más desviadas de la comunicación— que sostiene que “la gente come”. Vos entendés qué quiere decir eso.
Que la gente se trague todo.
Se da en todos los órdenes del periodismo, pero se sabe que en el deportivo, desde hace años, está una de las grandes fuentes de comida. “La gente come”. Y entonces me reconozco como gente. Te escucho. Pero no siempre como. Los dealers de la pantalla verde están ahí para que el producto circule, para que las cuentas cierren.
Pero con el síndrome de pantalla verde instalado —y quizá ya listo para un capítulo psicoanalítico en el próximo libro de Rolón— a uno le entra cierta culpa cuando escucha afirmaciones absolutamente alejadas de la realidad de esos clubes, de esos jugadores, de ese partido.
Y peor es cuando quienes hablan ni siquiera están en el estadio. No tienen la culpa: la empresa que los contrata no los manda. Pero hablan y hablan, mientras los seguidores de esos clubes, los vecinos de esas ciudades, escuchan cosas inverosímiles.
Es casi la ironía que retrataron Capusotto y Saborido en “Cuatro gordos hablando de fútbol”: gente que habla como si estuviera en la remisería… pero en realidad está en un estudio de televisión.
No puede ser. No debería ser. Los consumidores —nosotros— nos merecemos un producto un poco más sano. Porque el fútbol puede haberse convertido en televisión. Pero el partido —todavía— se juega en la cancha.