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Parque Xotepingo de Coyoacán, el 26 de junio. Foto: Xavier Duarte, AFP

México, el alma del Mundial

El lugar donde la fiesta la pone el pueblo y no los turistas.

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De Florida a Montevideo, de Montevideo a Bogotá, de Bogotá a Ciudad de México, de Ciudad de México a Guadalajara, y fin, por imposición, de mi periplo para seguir a Uruguay. Ya no estamos, y a otra cosa, mariposa. Hay que sufrir, sentir el dolor y cuidar que cicatrice bien, pero hay que seguir.

En seis de los ocho mundiales que he cubierto estuve junto a Uruguay, y en los otros no por la razón del artillero: no había clasificado. Sin embargo, a excepción de Sudáfrica 2010, en el que, junto con Sandro Pereyra y el resto de la mayoría de los periodistas, volví después de la final que España le ganó a Holanda y después del partido por el tercer puesto que increíblemente perdió Uruguay, todas las veces volví a casa después de la celeste.

Es un golpe horrible asumir la eliminación. Es un costo desmedido seguir acompañando la competencia, pero su excepcionalidad a veces también empuja a quedarse y revolverse como se pueda para seguir transmitiendo las instancias mundialistas. Siempre que la vida me lo ha permitido he seguido a selecciones sudamericanas después de nuestras eliminaciones, y siempre que Argentina ha llegado a la final la he acompañado. Como a la mayoría de ustedes, cuando salimos del Río de la Plata nos preguntan “¿argentino o uruguayo?” y, a mucha honra, mando un “uruguayyyyo”, de inmediato remedo al gran Jaime Roos y meto: “Son Uruguay y Argentina rivales y hermanos”. Soy de la Liga Federal de José Gervasio Artigas, que si hubiera prosperado en idea estaríamos todos entreverados y seríamos casi lo mismo.

Bueno, pero esta vez no podrá ser, no porque los de las Provincias Unidas no puedan ser campeones del mundo con su enseña albiceleste, sino porque yo ya no estaré en los suelos mundialistas de 2026. Aunque, claro, ahora si me preguntan “¿paraguáio?”, contesto: “No, uruguayo”, pero casi seguro con algo de sangre guaraní en mis venas.

Elegí, como una pavada tal vez, pero para mí muy importante, llegar al Mundial acompañando a la celeste en su quinta participación consecutiva, pero por sobre todo, para completar esta inédita cantidad de presencias mundialistas en línea, hacerlo como trabajador activo de la diaria desde su fundación hasta mi cercana jubilación. Tomé la determinación de venir a hacerle el dos a nuestro editor Fermín Méndez, y de venir solo y exclusivamente a México, donde creo que, por lo menos hasta el 6 de julio, se está jugando el verdadero Mundial de la gente.

Los mexicanos se han tomado para sí sus increíblemente pocos partidos organizados en sus tres sedes. El verdadero Mundial está en México. En su gente, en sus casas, en sus calles, en sus comidas. Es infame que no le hayan dado más partidos al pueblo que reconoce al evento como propio y lo amasa, disfruta, sazona, perfuma y le pone el picante necesario. Un Mundial es mucho más que una competencia, que una serie de partidos de fútbol, que contingentes de turistas de todo el mundo que se cruzan en calles, plazas, boliches y estadios. Un Mundial debe tener el alma de la gente, y México es el lugar donde la tiene.