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Marcelo Bielsa, director técnico de Uruguay, el 21 de junio, en el Hard Rock Stadium de Miami.

Foto: Lars Baron, Getty Images, AFP

Procesos completos, proyectos inconclusos y viceversa

Marcelo Bielsa en el período tipo entre Mundial y Mundial no pudo establecer la forma de juego que lo caracteriza.

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El contrato de trabajo de Marcelo Bielsa terminó con el último minuto del partido frente a España. El entrenador no seguirá con Uruguay, a cuyo fútbol, dijo, exaltado por la presión del momento, no le dejó absolutamente nada.

Bielsa pudo cumplir con un proceso de trabajo, en una mínima continuidad en relación con el tiempo del proceso que llevó adelante Óscar Tabárez, que fue de más de 15 años.

¿Y ahora quién?

Lo que en otro tiempo era casi la desvirtuada lógica de buscar la conducción como fuera, pasando de un entrenador a otro, quedó en el olvido con el desarrollo de un plan exitoso de integración y conducción de las selecciones nacionales que llevó adelante el Maestro, pero ya hemos regresado. Antes era lo más común que se sucedieran un técnico tras otro, a tal punto que, si tomamos como elemento de investigación los últimos 38 años de la selección uruguaya, se dividen en dos mitades: 19 años con Tabárez, tres con Bielsa y uno con Diego Alonso, y los otros 15 con 12 entrenadores distintos.

Entre el primer ciclo de Tabárez con la celeste (1988-1990) y el segundo, que fue interrumpido unilateralmente tras 15 años y ocho meses de labor, pasaron 16 años y 12 directores técnicos. Habían estado antes Luis Cubilla (1991-1993), Ildo Maneiro (1993), Roberto Fleitas (un partido en 1993), Héctor Núñez (1994-1996), Juan Ahuntchaín (1996-1997), Roque Máspoli (1997), Víctor Púa (1997, 1999 y 2001-2002), Daniel Passarella (1999-2000), Jorge da Silva (un partido en 2002), Juan Ramón Carrasco (2003-2004), Jorge Fossati (2004-2005) y Gustavo Ferrín (dos partidos en 2003 y un partido en 2006). En ese período la celeste logró el título de campeón sudamericano en 1995, en la Copa América que se organizó en nuestro país, y clasificó al Mundial de 2002 en Corea-Japón, donde quedó prontamente eliminada. No pudo clasificar a los mundiales de 1994, 1998 ni 2006.

Nunca había podido pasar porque, de hecho, lo más largo como proceso de conducción pudo haber sido un período mundialista, y casi nunca se habían completado los cuatro años, como le sucedió a Bielsa ahora. El primero y el único que logró jugar todas las competiciones en cuatro años fue Omar Bienvenido Borrás entre 1982 y 1986; después y antes, como ya se ha visto, no hubo procesos integrales.

La historia con Bielsa

Cumplida ya la labor del argentino al frente de la selección uruguaya, seguramente habrá una evaluación técnica de su paso por la celeste, su aporte y su legado. Es decir, por motivos profesionales se deberá revisar la obra del entrenador argentino al frente de la selección.

También deberá haber otros tipos de análisis referentes a los procesos de trabajo. Ahí, en esa esquina de la revisión, aparecerá inevitablemente la figura de Óscar Washington Tabárez y su idea, desarrollo y acción del plan de institucionalización de las selecciones nacionales, plan que solo era un proyecto el 8 de marzo de 2006 y que se transformó en un proceso continuo hasta que lo echaron en noviembre de 2021, después de 16 años de fecundo trabajo o más, porque la inercia del desarrollo de su plan, ejecutado y aceptado por decenas de colaboradores que le pusieron el cuerpo a la idea, tuvo que ver con el único título mundial que Uruguay logró desde 1950: el Mundial sub 20 Argentina 2023.

No se trata de logros deportivos, ni siquiera de acumulación de trabajo o de frustraciones en la bolsa. Se trata de demostrar que los procesos de trabajo ejecutando proyectos establecidos son absolutamente necesarios para el desarrollo de las selecciones uruguayas.

Seguro que Bielsa tiene y tendrá un proyecto que, por lo visto en su paso de tres años con la selección, apunta a su tipo de juego y a la elección de jugadores que, a su criterio y prueba, puedan cumplir con la idea que él propone y que apunta a que, jugando de esa manera, se logren triunfos y buenos resultados. El proceso de trabajo fue ese y no hay engaño al respecto: eligió grupos de futbolistas de su agrado para su fútbol y que se adaptaran a sus formas y su autoridad, casi sin contar, en principio, con ninguno de los que habían sido ampliamente exitosos con Tabárez, y se dedicó a ello.

El proceso es el camino

Antes de Tabárez, Uruguay nunca había tenido un proceso de trabajo acompañado de un proyecto ejecutado y corregido, que no solo dejó un precedente tardío pero oportuno, en un fútbol glorioso pero desorganizado en por lo menos sus primeros 100 años. Solo eso ya habla de la necesidad de establecer procesos de trabajo, independientemente de la riqueza o la amplitud del proyecto que lo acompaña.

Durante décadas, en centenas de partidos y decenas de torneos, fue así. Con director técnico y sin él –durante muchos años las nominaciones eran de una junta o comisión de selección–, alguien elegía a quienes consideraba los mejores de ese momento, o los que entendía que podían afrontar con mayor capacidad o experiencia la instancia: una juntada, una preparación de una semana y a la cancha. Estaban acá, jugaban en nuestras canchas, se conocían y eran conocidos. No había plan, proyecto ni proceso. Todo era partido a partido.

La celeste de cada día

Durante décadas fue así. Nuestros mejores estaban casi todos aquí, y otros de los mejores, pocos, poquitos, que se habían ido a jugar a Europa o Argentina, no eran considerados para ponerse la celeste.

Desde 1970 en adelante empezó a cambiar progresivamente la cosa y ya casi todos nuestros mejores futbolistas empezaron a estar fuera del Campeonato Uruguayo, y los poquitos que quedaban, o aparecían encantando al escenario, pronto conocían lo que era hacerse el bolso y marchar rumbo al aeropuerto de Carrasco.

En 1972, el Pulpa Washington Etchamendi decidió probar trayendo a algunos futbolistas que no estaban en Uruguay para jugar la Minicopa en Brasil. Roberto Porta lo multiplicó para el Mundial de 1974, en una nefasta experiencia de “mejores” que jugaban por ahí y no conseguían juego de conjunto, y tras esa pésima experiencia en el Mundial de Alemania pasó casi una década para que vistieran la celeste jugadores que no participaban en nuestros torneos; en realidad, se trató básicamente de jugadores que, jugando en la selección, habían emigrado, en el mismo proceso en que se disputaba y se obtenía la Copa América de 1983, dirigidos por Omar Borrás.

En cuanto a proceso de trabajo, tal vez el del profesor Borrás haya sido parecido al de Bielsa 40 años después: desde afuera se lo veía convencido, tal vez un poco autoritario y muy discutido en la elección de algunos jugadores y su forma de jugar, que tuvo la debacle en México 1986.

¿Quiénes deben jugar?

El concepto de “en la selección juegan los mejores” o “hay que aprovechar el momento de tal” siguió primando en el mundo del fútbol uruguayo con la única excepción del primer ciclo de Tabárez y los años de Héctor Pichón Núñez. Había entonces una suerte de núcleo básico por decantación de calidad y experiencias, al que se sumaban incidentalmente algunos nuevos valores.

El remate del siglo XX y la primera década del XXI nos agarró sin advertir que la gran estructura del fútbol había cambiado. Geopolítica y globalidad parecían ser conceptos que no llegaban a los escritorios de los vestuarios y, por convicción, por intereses comerciales de terceros o hasta por la conjunción de esos acontecimientos y otras variables, nuestros técnicos, cual mánager de PlayStation, elegían, a golpe de balde, de hat-tricks lejanos o atajadas que llegaban en álbumes de recortes recientes, a esos “mejores” que, cuando se juntaban en la cancha, no podían combinar ni repetir sus destrezas individuales ni colectivas, desconociendo tácticas, estrategias, experiencias, frustraciones y aciertos como colectivo, como grupo.

Seguro así fue con Daniel Passarella. Víctor Púa recibió un grupo más o menos fijo. Juan Ramón Carrasco armaba dinámicamente su plantel, con muchísimas situaciones que carecían de continuidad sistemática de trabajo. Jorge Fossati también trabajaba sobre un gran grupo de potenciales seleccionables. También es cierto que, en una década con prevalencia absoluta de Francisco Casal como agente y representante de los mejores futbolistas uruguayos, había en esas nóminas muchísimos futbolistas de los registrados en algunos libros contables del contratista.

Proceso mata proyecto

Pero lo seguro es que con ninguno de esos directores técnicos –tal vez un poco el primer Tabárez, tal vez otro poco Héctor Núñez, a quien lo echaron apenas un puñado de partidos después de haber sido campeón de América– hubo proyecto que alimentara un proceso y que no debiera estar sostenido por una secuencia de buenos resultados. Al fin y al cabo, cuando hubo proceso por secuencia de partidos se debió a un collar de buenos resultados y no a otras variables que, aunque no tan importantes como el resultado, son las que a la larga dan sostén a los procesos.

Está dicho: el proceso de Bielsa se sustanció en su actividad como entrenador y director técnico de la selección mayor. Tuvo un pasaje con la selección sub 23, en el que tampoco logró alcanzar la meta mínima; sus futbolistas, como un anticipo de lo que después sucedería con la mayor, tuvieron un desbarranque grande y pronunciado en la propia serie y se quedaron sin pasar a la segunda fase.

Este proceso de trabajo, basado en el proyecto de un tipo de desarrollo del juego de altísima intensidad y con propuesta ofensiva, era el que traía Bielsa ya desde sus inicios como director técnico. Ya con su contrato terminado, parece quedar claro que no se pudo darle forma final al proyecto, sea porque los futbolistas que él eligió no se encuadraban en la modalidad, o simplemente porque la media de los jugadores elegibles no estaba a la altura de lo que el proyecto exigía.

El otro contraste, a esta altura inadmisible y que no es responsabilidad de Bielsa porque él no acordó eso, fue haber cortado la secuencia integral del futbolista seleccionado que formaba parte de un proceso integral desde los 13 o 14 años, cuando se empezaban a preparar las sub 15, para después ser el colchón de la sub 17 y luego la sub 20 y hasta la sub 23, aunque ya para ese nivel los futbolistas estaban jugando en la mayor.

“Las selecciones nacionales han sido inconexas. En la selección mayor no hubo continuidad de la organización ni de las estrategias, luego de llegado el tiempo de determinada meta, generalmente vinculada a la disputa de los Campeonatos Mundiales. Tampoco ha existido la coordinación ni la consecuente continuidad entre la selección mayor y las de nivel juvenil, que aportan talentos a aquella. Ese tránsito natural de un talento desde las selecciones juveniles hacia la mayor no se ha enriquecido más que en algunos períodos determinados, por lo que ese proceso siempre ha sido históricamente discontinuo”, decía Tabárez en su proyecto en 2006.

¿Es acaso eso una falla en el proceso de Bielsa?: sí, lo es, pero nada tiene que ver el director técnico argentino, porque eso no estaba en su proyecto.

Aunque tal vez un poco tardío para pensar un ciclo de trabajo entre Mundial y Mundial –el director técnico argentino recién empezó en cancha en julio de 2023–, hubo un proceso de trabajo acotado a todas las participaciones posibles de la selección hasta el final del Mundial, y está bien que así haya sido por las potestades y seguridades que el orientador podía tener para hacer su trabajo. Pero parece que se descuidaron o no se solucionaron de buena manera unas cuantas cosas que terminaron en esta eliminación prematura.

Que el dolor y la frustración no exageren ni apuren las conclusiones que se deben tomar de esta experiencia, de modo tal de seguir adelante con un proceso y un proyecto que nos devuelvan las expectativas naturales de la celeste.