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Rodrigo Bentancur y Maximiliano Araújo, de Uruguay, el 26 de junio tras la eliminación en fase de grupos del Mundial, en el estadio Akron de Guadalajara. Foto: Alfredo Estrella, AFP

Rodrigo Bentancur y Maximiliano Araújo, de Uruguay, el 26 de junio tras la eliminación en fase de grupos del Mundial, en el estadio Akron de Guadalajara. Foto: Alfredo Estrella, AFP

Uruguay en el Mundial: sin refugio para la desesperanza

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Cuando terminó el partido, cuando terminó mi trabajo y ya no quedaba ni la más mínima luz al final del túnel de esta magnífica fiesta del Mundial en México, me dejé caer en uno de los asientos del centro de prensa del estadio de Guadalajara.

Quedé inmóvil, sin hacer ni decir, ni pensar nada.

Al rato, tomé la decisión de caminar hacia los ómnibus que te sacan del complejo para dejarte en tres puntos distintos de la ciudad. Elegí el trayecto que iba hacia un hotel lujoso, lejano de mi lugar de estancia.

Miré el teléfono para ver la hora y advertí que en Uruguay ya era 27 de junio. ¡Qué día de mierda el 27 de junio! Qué día de desesperanza, oscuridad, incertidumbre y miedo.

No, nada que ver, no es lo mismo una derrota y una eliminación con la asunción de la pérdida de los derechos humanos y civiles, pero qué sensación fea revivirlo. También es cierto que ya debemos de ser solo unos cientos de miles los que vivimos ese día y todos los oscuros y grises que vinieron. Tal vez sea eso a escala: pensar que se vienen días grises para la celeste, pero ya sabemos por dónde puede salir el sol.

Me subí al coche, estiré un “buenas noches”, porque el chofer no tenía nada que ver con mi frustración ni con mi decepción, y me senté a mitad del pasillo con la cabeza baja. Quedé en ese silencio espeso mientras por la cabeza me pasaban 20.000 ideas, pero ninguna capaz de despertarme o de arrimarme un poco de placer y alegría.

En la penumbra del ómnibus, que era también la penumbra de mi humor, escuché una voz que me identificó y que reconocí de primera. “¡Mirá, el Chenlo!”, dijo Gonzalo. Era Gonzalo Delgado, a quien quiero y conozco desde muchachito. Gonza venía con Carlos Tanco, con la misma idea de salir del estadio hasta llegar a un punto que les permitiera conectar con la vivienda o el hotel donde se estaban quedando. Gonzalo se sentó a mi lado, me dio un abrazo, un beso, me palmeó el muslo izquierdo y me dijo: “Vamo arriba, bo”. Le respondí: “Estoy destrozado. No hay forma de levantar esto. Cómo pega”. Pero se lo dije con buen tono, porque vi que mi estado anímico tan bajo lo había asustado.

Conversamos un poco y otra vez me quedé en silencio, porque me di cuenta de que esa muestra de amor filial de Gonzalo me había liberado la necesidad de querer irme rápido de ahí, de estar con Bettina, mi compañera, de abrazar a mis hijos e hijas, de besar a mis nietas y nietos. De alguna manera, el fútbol se implica en la vida de forma tal que nada tiene que ver con goles, partidos, campeonatos, las manos de Fernando Muslera, los pies de Lamine Yamal, el Mundial o la gente. Una derrota de estas es un mazazo y lo que uno precisa es refugiarse en sus afectos más profundos.

Es el destino inexorable de estos viajes. Siempre, en los seis mundiales en los que he coincidido con la presencia de la selección uruguaya con motivo de mi trabajo, hay un partido que me tiró para afuera y me dejó desvencijado. Por la razón que sea: porque las expectativas eran otras, porque no se pudo alcanzar lo que parecía alcanzable o porque, en el estricto marco de la competencia, perdimos. Mi sensación de frustración y depresión tenía un punto de partida que no se reducía solamente a la eliminación o a la derrota que nos cerró el cajón en este Mundial. El dolor venía de antes, de los tres partidos de la serie; de las formas, de haber competido con otros a los que –fueran superiores, inferiores o iguales– pudimos haber superado incluso jugando mal o prescindiendo de la propuesta táctica y de los futbolistas que yo pensaba que iban a ser determinantes. Ojo, cuando perdimos la semifinal con los holandeses en 2010 fue frustración momentánea, pero con la satisfacción de haber arrancado un camino; en la de 2014 rajé para casa en la eliminación con los colombianos, pero todo estaba teñido con lo de Luis Suárez. En 2018, la vez que más sentí que podíamos ser campeones, también fue distinto, porque se nos frustró una ilusión en un partido, pero todo lo anterior había sido excepcional. No estuve en 2002 pero sé que fue terriblemente duro, y sí fui a Italia 90 y sé que fue un golpazo.

Pero atención: no tiene que ver con las repercusiones de la prensa, que seguramente en todas, menos en Sudáfrica 2010, habrán dejado entrever que se estaba ante un fracaso.

Explicándole a un tapatío lo que es un ollazo

Sin la idoneidad como para determinar, dirigir y ejecutar en el fútbol de élite, los 5.000 partidos arriba del lomo que tengo me permitían entender que estábamos en un callejón sin salida y que, aunque no fuera más que un recurso de urgencia y necesidad, pudimos haber ensayado lo que en otros tiempos llamaban la heroica: la de los ollazos, la de meter y meter hasta que una va a quedar, sin andar pensando en transiciones, cajones, presión.

Pienso en esta serie chueca y depresiva que nos dejó tirados al lado del camino. Entiendo que otras tantas veces he filtrado mucho mejor la decepción y la frustración, pero asimismo pienso en los demás. En mis hijos varones, recontra futboleros; en mis hijas y mis nietos, todos alimentando la expectativa y edificando una conducta vinculada con el fútbol uruguayo y la vida. Pienso en los hinchas, todos, ellos y ellas, desde los más consustanciados hasta las más alejadas, como Bettina, que tal vez no sepa cuántos son los futbolistas que deben estar en la cancha, pero que preparó nuestra casa para que los partidos se vieran casi como en un estadio.

Es entonces que entiendo que esta vez a mí me ha golpeado más, pero por la idea de tierra arrasada con la que hemos quedado después de tres lustros fecundos y de prosperidad en la competencia; pero fundamentalmente en la organización y su ejecución a partir de un círculo virtuoso que empezaba desde los chiquilines de 14 años y terminaba con la selección mayor bajo la idea de solidaridad, respeto y esfuerzo.

Nos bajamos en un lugar donde parecía que los edificios y las esquinas bailaban. Era un ambiente hiperfestivo, una vocinglería en todos los idiomas, carcajadas, alegrías y fiesta, fiesta mundial. Pero los tres estábamos absolutamente petrificados por la situación, más que por la derrota, porque deberá pasar bastante camino subterráneo más para volver a ver la luz.

Me duele acá

En mayo escribí una columna titulada “El cuerpo del hincha no miente. La selección celeste que nos duele”, en la que ensayaba un texto que refería a que hay respuestas del cuerpo que funcionan como una alerta visceral. Narraba que eso me había sucedido en los amistosos con Inglaterra y Argelia, pero que venía dándome cuenta de que me pasaba desde hacía más de un año, cuando la feroz goleada de Estados Unidos. Refería a que eran las mismas sensaciones que tenía de muchacho cuando, en plena dictadura, no se veía una luz al fondo del túnel.

Cuando terminó el partido en Wembley, identifiqué las mismas respuestas de mi cuerpo de cuando veía a la selección de Omar Borrás. Aquella coyuntura de grandes futbolistas bajo una conducción de recursos raros. Pero venía de antes: del Tano Roberto Porta en el Mundial de 1974, de Carlos Silva Cabrera, del Chema Rodríguez, del dolor con Juan Eduardo Hohberg en 1977, de José María Rodríguez y de don Raúl Bentancur. Solo con Roque Máspoli en el Mundialito sentí seguridad, la misma que después el Maestro Tabárez nos proyectó a mí y a todos.

Aquellos partidos, con el Mundial a la vuelta de la esquina, eran el síntoma de que, sin equilibrio, la propuesta de Marcelo Bielsa nos dejaba expuestos a la intemperie. Esa incoherencia es la que hoy parece que nos agobió: quisimos ser protagonistas, pero terminamos siendo víctimas de nuestra propia intensidad. El desasosiego estaba ahí, a la vuelta de la esquina, igual que este torneo, con un equipo que había perdido la vieja manía de saber sufrir para terminar ganando.

Hace años se convocó a Bielsa por su matriz inmodificable: atacar, atacar y atacar. Pero el desencuentro entre esa idea y la propuesta ejecutada en la cancha fue enorme. Jugamos a otra cosa; atacamos poco, llegamos menos y convertimos poquísimo. Si al menos nos hubiésemos parecido a lo que queríamos ser, habría espacio para la ilusión, pero esta ya quedó pisoteada.

Vamo arriba nosotros, bo, lo demás ya pasó. Ahora me vine para Ciudad de México y me voy a prender con México y los sudamericanos, y cualquier selección del tercer mundo me viene bien también.