Nunca el equipo mexicano había logrado superar la barrera de los cuatro partidos en los mundiales, y esa marca se había transformado en una obsesión manifiesta y casi en un asunto de estado. Esta vez y jugando en el único estadio del mundo que ha sido sede de tres mundiales lo consiguió y de qué manera. Fue una contundente victoria 2-0 cimentada en el primer tiempo con los goles de Julian Quiñonez y Raúl Jiménez, y una diferencia abismal de juego, presencia y propuesta.
Ahora los mexicanos jugarán su soñado quinto partido ante el ganador de Inglaterra-Congo, para por primera vez en su historia tratar de llegar a cuartos de final.
Gigante
Con la autoridad que nadie me ha conferido a riesgo de pudrirla debo decir que a primera vista el estadio Azteca es, después del Centenario, faltaba más, el mejor estadio del mundo.
“Cuando era niño y conocí el estadio Azteca / Me quedé, me aplastó ver al gigante” cantó, duro también, Andrés Calamaro.
No se anda con chiquitas el himno mexicano, extremadamente bélico. El himno nacional mexicano, escrito en el siglo XIX bajo la amenaza de intervenciones extranjeras, es un grito de guerra puro (“Guerra, guerra sin tregua al que intente / de la patria manchar los blasones”). Cantado por casi cien mil almas atrapadas por la espera de la tormenta y con el eco retumbando en el techo del estadio, se transformó en un antagonista invisible pero feroz para los ecuatorianos antes de que rodara la pelota, pero después también. Pero el himno no es nada. ¿Quién puede sostener esa sensación de enorme opresión de 100.000 personas gritando y los mexicanos metiendo 70.000 toques?
Mucho antes de que se postergara temporalmente por la tormenta, mucho antes de que el partido empezara, entendí por qué yo seguía en el Mundial y por qué había venido a México. Un aura indescriptible de Mundial. Todo, todo muy emocionante: la inmensidad del estadio, la gente, el ambiente. Todo único e impresionante.
Como un avión
En el minuto 21, el Piojo Alvarado le puso una pelota a correr al demoledor Julián Quiñones que, como un galgo, llegó al área, se corrió un poquito a su derecha y con esa pierna sacó un bombazo impresionante que hizo explotar el Azteca y a todo México. Golazo del colombiano que empezó a jugar al fútbol profesional en México.
Fue un ruido ensordecedor el que hizo mover al Azteca, seguramente superando los 140 decibelios que había alcanzado cuando el presentador le pidió a la gente el mayor grito posible.
Científicamente, un ruido que supera los 120 decibelios entra en el umbral del dolor para el oído humano; los 140 mencionados equivalen al despegue de un avión de reacción comercial a pocos metros. Ese mazazo sonoro desacomodó por completo las líneas de Ecuador, que tras el gol sintió el impacto psicológico y tardó varios minutos en volver a acoplarse bajo las órdenes de Beccacece.
Ecuador sintió el golpe del gol y quedó sin respuesta inmediata, mientras los de Javier Aguirre, maduros y ubicados, aprovecharon el momento y se quedaron con la pelota y el peligro. Tanto peligro que a la media hora llegó el segundo, y fue un golazo de Raúl Jiménez que, a los 30, puso el 2-0. Fue una pelota recuperada por el propio goleador, que hizo una pared con Quiñones y, a la vuelta de la devolución, sacó un bombazo que se metió arriba y a la izquierda de Galíndez.
Fue recién tras el 2-0 atronador que Ecuador reaccionó, y un slalom de Yeboah con remate venenoso fue mandado al córner por Rangel, que después debió soportar dos tiros de esquina cerradísimos, casi con una veintena de jugadores en el área chica, y respondió muy bien.
Atacó el equipo ecuatoriano por el lado de Angulo, pero no pudo, y se fueron a los vestuarios con la madura diferencia de 2-0 que permitió entonar alegremente en el entretiempo el Cielito lindo.
Ecuador metió cambios para tratar de encontrar el descuento y ponerse en partido, y llevó algo de juego cerca del área mexicana, pero México se replegó bien y lo atrapó en su telaraña.
Nada pudo conseguir el equipo de Beccacece y, en todo caso, pudo haber llegado el tercero de los mexicanos antes y después de la pausa de hidratación comercial. Así se fue muriendo el encuentro, con México manejando los hilos y Ecuador entregado a su propia impotencia ante la telaraña local.
Una fiesta que México y su gente escenificaron en el Azteca porque asi lo quería y así lo seguirán queriendo porque habrá más.