Economía Academia

Foto: Gianni Schiaffarino (archivo, junio de 2026)

Transición demográfica, tecnología y migración: ningún ser humano es una isla

El viejo reflejo del país de brazos abiertos convive, cada vez más, con la tentación de mirar al que llega como amenaza. Y creo que debería ser exactamente al revés: en la quinta etapa de la transición demográfica, cada persona que se instala y echa raíces no nos quita nada. Nos repone.

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“Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo”. John Donne escribió esa meditación en 1624, postrado por una enfermedad que lo tenía al borde de la muerte, mientras escuchaba doblar las campanas de Londres y se preguntaba si tocaban por él.

Cuatro siglos después, Nuccio Ordine rescató el texto para abrir (y titular) Los hombres no son islas (2022), su antología de clásicos que nos ayudan a vivir. En el comentario que acompaña la pieza, Ordine subraya cómo Donne transformó el dolor en una pregunta sobre el lugar de cada individuo dentro de la humanidad. La respuesta del poeta es de las que no envejecen: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

En Uruguay las campanas suenan hace rato, aunque preferimos no preguntar por quién. En 2025 nacieron 28.903 niños, casi 20.000 menos que hace una década (MSP). La tasa de fecundidad cayó a 1,16 hijos por mujer, uno de los registros más bajos del planeta. Por quinto año consecutivo murió más gente que la que nació. Los expertos en demografía describen este estadio como la quinta etapa de la transición demográfica: aquella en la que un país deja de reponerse a sí mismo. Japón llegó a ese punto con más de 120 millones de habitantes, industria robótica y ahorro acumulado. Nosotros, por el contrario, llegamos con tres millones y medio y una conversación pendiente.

A este respecto, hay un dato del Censo 2023 que pasó casi inadvertido y merecería estar en el centro del debate público: sin la inmigración de la última década, la población uruguaya habría disminuido (INE). Conviene leerlo dos veces. No habría crecido menos: habría disminuido. Y por primera vez desde 1908 (desde que existe registro) la población extranjera residente creció entre dos censos. Venezolanos (27%), argentinos (22%) y cubanos (20%) encabezaron la corriente. Fueron ellos quienes evitaron que Uruguay se achicara.

La corriente cubana merece un capítulo aparte. En 2025 ingresaron al país más de 22.000 cubanos y salieron unos 7.000: un saldo del orden de las 15.000 personas, el triple que el año anterior. Ese mismo año se emitieron 13.852 cédulas de identidad a personas nacidas en Cuba, más que a ciudadanos de cualquier otra nacionalidad. La Organización Internacional para las Migraciones lo lee sin ambigüedades: Uruguay dejó de ser un país de tránsito hacia el norte para convertirse en un destino de asentamiento de largo plazo. Muchos llegan después de travesías continentales de meses, cruzan selvas y fronteras, y eligen quedarse acá, en el rincón más austral y más caro de la ruta. Habría que preguntarse qué ven ellos en este país que nosotros dejamos de ver.

Si empezamos a entender el impacto en algunos sectores clave de nuestra economía, daremos cuenta de la relevancia (y la necesidad) del fenómeno: a enero de 2026, más de 104.000 extranjeros cotizan al BPS. Son casi el 7% de los trabajadores registrados y duplican la cifra de 2017 (BPS), con una edad promedio de 40 años. En buen romance: llegan en plena edad productiva, con frecuencia con la formación que nuestra pobre tasa de egreso de secundaria no ha logrado cerrar, y aportan desde el primer día a un sistema de seguridad social con fragilidades financieras.

¿Qué sucedería si retiramos mañana esos 104.000 cotizantes? La construcción, los cuidados, la gastronomía, el agro, la salud y el transporte perderían trabajadores que ya escasean, y la seguridad social quedaría con un agujero adicional de decenas de miles de aportantes, justo cuando la proyección oficial indica que hacia 2070 uno de cada tres uruguayos tendrá 65 años o más (INE, revisión 2025). El dilema se ha movido de qué hacemos con los inmigrantes a qué haríamos sin ellos.

¿Escenarios alternativos o complementarios?

Hay quien responde: tecnología. Y no es una respuesta antojadiza. Un flamante paper de Daron Acemoglu, David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott parece haber encontrado que, contra la intuición dominante, las caídas de natalidad de las últimas siete décadas se asociaron a mayor crecimiento del producto por adulto en edad de trabajar, más patentes ahorradoras de mano de obra, más actividad de alta tecnología y mayor productividad, sin daño sobre el PIB agregado (Baby Busts and Growth Booms, NBER, julio 2026).

El mecanismo parece ser simple y elegante: la escasez de trabajadores jóvenes empuja a las economías a innovar para sustituirlos. La restricción demográfica, bien procesada, puede convertirse en un acelerador del desarrollo tecnológico.

A veces los grandes titulares no son todo lo que parecen. Los posibles grandes hallazgos vienen como los medicamentos, con letra chica para analizar. El trabajo, a decir de sus autores, “describe el pasado” y nada asegura que sirvan de guía para la transición que viene. Jesús Fernández-Villaverde, economista de la Universidad de Pensilvania, fue más lejos: estamos navegando hacia terra incognita. La evidencia histórica proviene de países con fecundidad en declive suave (la Alemania de 1980, la más baja de su época, tenía 1,56 hijos por mujer), no del régimen ultrabajo actual, en el que cada generación puede ser apenas un tercio de la anterior.

Y señaló un detalle que nos toca de cerca: los países de baja natalidad que crecieron fueron, precisamente, los que recibieron inmigración en las décadas siguientes. El optimismo tecnológico trae la inmigración incorporada en la muestra. Uruguay, con 1,16 hijos por mujer, ya está del otro lado de esa frontera. Puede (y debe) automatizar todo lo automatizable; si la escasez de trabajadores nos empuja a hacerlo, bienvenida sea. Lo que ningún robot hace, todavía, es cotizar al BPS, llenar un aula, fundar una familia o consumir en el almacén de la esquina. La disyuntiva entre inmigración y tecnología podría ser falsa: los países que mejor procesaron su envejecimiento hicieron las dos cosas a la vez. Bajo estas condiciones y dadas nuestras limitaciones, con qué argumento nos daríamos el lujo de cerrar alguna de estas dos puertas.

Ahora bien, promover y retener inmigrantes exige bastante más que dejarlos entrar. Exige reválidas de títulos que no demoren años, acceso a la vivienda que no condene a la pensión hacinada, y una regularización ágil que convierta al recién llegado en vecino, contribuyente y ciudadano. El programa de residencias por arraigo lanzado este año apunta en esa dirección; falta que la sociedad acompañe. Porque el viejo reflejo del país de brazos abiertos convive, cada vez más, con la tentación de mirar al que llega como amenaza. Y creo que debería ser exactamente al revés: en la quinta etapa de la transición demográfica, cada persona que se instala y echa raíces no nos quita nada. Nos repone.

Donne lo entendió desde una cama de enfermo: “Si el mar se lleva un terrón, Europa entera queda disminuida”. Escuchaba campanas que creía ajenas y descubrió que hablaban de él. Algo parecido nos pasa con las historias de los cubanos que cruzan un continente para empezar de nuevo en Pando o en Paysandú, o tratados por gobiernos y prensa como lote de ganado en pie deportado: las leemos como la crónica de otros, cuando en realidad son el capítulo más esperanzador de nuestra propia demografía. Ningún ser humano es una isla. Ningún país tampoco; ni siquiera este, que tantas veces se autopercibió como una.

Agradezco la inspiración a Javier Mazza y Valentina García. Me regalaron para mi último cumpleaños el libro al que esta columna hace referencia. Los hombres no son islas, autosuficientes. Nos nutrimos de afectos.

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