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La educación emocional no es ideología, es evidencia

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En 2017 recorrí escuelas públicas y concertadas de Barcelona y observé una transformación silenciosa. No se trataba de tablets en el aula ni de cambios curriculares espectaculares. Era algo más profundo: educación emocional aplicada de manera sistemática.

Las maestras repetían una frase que aún resuena en mí. Desde que trabajaban en educación emocional el clima de aula había mejorado muchísimo, la violencia había disminuido y los alumnos estaban más conectados con el aprendizaje. No era discurso. Era experiencia cotidiana, sostenida en la práctica diaria.

Mientras escuchaba, pensaba inevitablemente en Uruguay. En nuestras escuelas públicas, en los contextos atravesados por la desigualdad, en la violencia que muchas veces ingresa al aula desde fuera. Me preguntaba si aquello podía funcionar aquí o si era una experiencia europea difícil de trasladar.

Decidí no quedarme en la intuición. Diseñé una investigación comparativa entre dos centros con características socioculturales similares: uno implementaba un programa sistemático de educación emocional y el otro no. Los resultados fueron claros: donde se trabajaban competencias socioemocionales descendían significativamente las conductas disruptivas, mejoraba el clima escolar y aumentaba el compromiso académico.

Con esa evidencia regresé a Uruguay y Lidia Barboza, directora de un posgrado en liderazgo, innovación y gestión educativa, me propuso trabajar desde esta arista de innovación. Recuerdo el silencio atento de los directores y el entusiasmo que siguió. En 2017, la directora Lilian Seró decidió aplicar la educación emocional en una escuela de alta vulnerabilidad en Paysandú. Ese fue el primer paso. Posteriormente, la directora de un jardín de infantes de Casavalle, Yoselín Romero, decidió comenzar con alumnos de 3 a 5 años.

En 2018 eran diez escuelas. En 2019 ya eran 40, la mayoría públicas. Se formaron 765 docentes, directores e inspectores. No fue una campaña publicitaria ni una política impuesta desde arriba. Fue una decisión profesional basada en evidencia y compromiso.

El paso decisivo fue someter la experiencia al máximo rigor académico. El 11 de noviembre de 2024 defendí en la Universitat Ramon Llull-Blanquerna la tesis doctoral titulada “Estudio de caso: diseño, desarrollo y evaluación de un programa de competencias emocionales en una escuela pública del Uruguay como medida preventiva y de desarrollo integral”. La investigación se realizó en una escuela pública de alta vulnerabilidad social en Casavalle.

El estudio incluyó seis instrumentos de evaluación, mediciones pretest y postest, herramientas validadas internacionalmente, análisis estadístico y seguimiento sistemático del proceso. No hablamos de percepciones aisladas. Hablamos de datos.

Los resultados en Unidad Casavalle son contundentes. En materia de violencia, al inicio del año, el 71,6% de los reportes recopilados por las maestras registraban agresiones físicas o psicológicas. Tras la aplicación del Programa de Actividades de Educación Emocional, las agresiones descendieron al 3,3%, con semanas completas sin episodios de violencia. En cuanto a la valoración estudiantil, el 88% manifestó interés en participar en las actividades; el 80% consideró adecuado el tiempo dedicado; el 87,7% afirmó que lo aprendido le servirá para la vida; y el 80% expresó sentirse más tranquilo, satisfecho y alegre.

Las inasistencias también descendieron de forma progresiva: comenzaron el año con un 50,3% de faltas, bajaron a 32%, luego a 22,8%, en octubre a 13,4% y cerraron diciembre con apenas 2,3% de ausencias.

En relación con la tristeza, las maestras informaron que al inicio el 80,1% de los 171 estudiantes asistía con síntomas asociados a tristeza. Tras la intervención, ese porcentaje descendió a 56,2%. Según la directora y el equipo docente, los estudiantes comenzaron a enfrentar sus emociones de manera más sostenida, con mayor bienestar y apoyo entre pares y docentes.

Estos datos no son una excepción. Coinciden con la evidencia internacional acumulada durante más de dos décadas: los programas socioemocionales bien implementados reducen conductas problemáticas, mejoran el clima escolar y fortalecen las trayectorias educativas.

¿La educación emocional resuelve la pobreza estructural? No. ¿Elimina la desigualdad social? Tampoco. ¿Sustituye políticas económicas o sociales? De ninguna manera. Pero sí transforma la vida dentro de la escuela. Y eso no es menor.

En contextos vulnerables, la escuela suele ser el único espacio de estabilidad emocional para muchos niños y niñas. Si disminuye la agresividad, si mejoran las relaciones, si baja la inasistencia, estamos creando condiciones reales para que el aprendizaje ocurra. Sin seguridad emocional no hay aprendizaje sostenido.

Por eso la discusión no debería ser ideológica, sino técnica. La educación emocional no es una bandera partidaria ni una consigna cultural. No pertenece a la izquierda ni a la derecha. Pertenece al campo de la evidencia educativa. Cuando afirmamos que no es ideología, decimos que sus efectos pueden medirse, que se evalúan con instrumentos validados, que sus resultados se analizan estadísticamente y que se someten a investigación académica.

¿La educación emocional resuelve la pobreza estructural? No. ¿Elimina la desigualdad social? Tampoco. ¿Sustituye políticas económicas o sociales? De ninguna manera. Pero sí transforma la vida dentro de la escuela. Y eso no es menor.

Ideología es defender o rechazar una propuesta sin mirar los datos. Ciencia es discutirla a partir de resultados.

Podemos debatir cómo mejorarla. Podemos exigir mayor rigor. Podemos discutir modelos y estrategias. Lo que no podemos es descalificarla como si fuera una corriente cultural cuando la evidencia muestra impacto positivo en convivencia, bienestar y prevención.

Hay, además, una condición indispensable: la formación docente. La educación emocional no funciona como actividad aislada ni como cartel en la pared. Funciona cuando los docentes reciben formación sólida, cuando existe un modelo estructurado y cuando el equipo directivo acompaña el proceso.

Sin formación se convierte en voluntarismo. Con formación se convierte en política educativa transformadora.

Hoy Uruguay enfrenta desafíos complejos en convivencia, permanencia y motivación estudiantil. Ninguna medida aislada resolverá todo. Pero ignorar una herramienta que demuestra impacto positivo sería irresponsable.

Reducir la educación emocional a ideología es, paradójicamente, una postura ideológica.

La escuela cambió cuando comenzamos a educar las emociones. Cambiaron las conversaciones, la forma de resolver conflictos y la manera en que los estudiantes se perciben a sí mismos. Cuando cambia el clima de una escuela, cambia la posibilidad de futuro. Y eso, en Uruguay, no es un lujo. Es una urgencia.

Si quisieran ver una escuela trabajando en clave emocional, ir a la escuela 350.

Carmen Albana Sanz es maestra y doctora en Educación Emocional (Universidad de Blanquerna-Ramon Llull). Coordina programas de formación docente en educación emocional y es coautora del Proyecto de Ley de Educación Emocional Uruguay.

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