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"Ciencia para la paz: conocer, comprender, convivir", el 29 de setiembre de 2025, en el Palacio Legislativo.

Foto: Natalia Rovira

Ciencia para la paz: conocer, comprender, convivir

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El ciclo “Educación y cultura de paz. Educar para comprender, comprender para convivir” tuvo su lanzamiento en el Palacio Legislativo, sede del Parlamento Nacional.

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En el marco del Día del Futuro, el 29 de setiembre el Salón de Actos del Parlamento Nacional acogió el lanzamiento del Ciclo de Conversatorios 2025 de la Cátedra Unesco de Transformaciones Sociales y Condición Humana de la Universidad Claeh. Una conferencia inaugural sobre ciencia y paz, seguida de un diálogo plural entre investigación, educación y política, señaló el horizonte al que el ciclo entero aspira: educar para comprender, comprender para convivir.

El Parlamento Nacional no fue una elección casual. Comenzar en la casa de la democracia, en el contexto del Día del Futuro, tenía para la Cátedra Unesco de Transformaciones Sociales un sentido profundamente simbólico: es allí donde debe nutrirse la cultura de paz. Lucía Pardo, gerenta de proyectos especiales de la diaria, abrió la jornada subrayando que pensar el futuro no debería ser privilegio de algunos pocos, sino un ejercicio colectivo que parte de la escucha activa y se extiende hacia liceos y centros educativos de todo el país.

Luis Carrizo, coordinador de la Cátedra Unesco, situó el encuentro en la confluencia de tres vertientes fundacionales: el pensamiento humanista de Edgar Morin –quien envió un saludo expreso a la actividad–, la filosofía del desarrollo humano que inspiró al Claeh desde 1957, y la misión de la Unesco, creada hace 80 años precisamente para construir “baluartes de paz en las mentes de hombres y mujeres”. Un propósito que, en setiembre de 2025, cuando se realizó el lanzamiento, no podía ser más urgente. También destacó la composición de la mesa: desde la más encumbrada figura de la ciencia psicológica internacional hasta los jóvenes del Movimiento Minga presentes en la sala, quienes “también nos señalan el camino”, según apuntó.

Una ciencia comprometida con el mundo

La conferencia inaugural estuvo a cargo del doctor Germán Gutiérrez, presidente de la Unión Internacional de Ciencias Psicológicas y primer latinoamericano en presidir esa organización, fundada en París en 1885. Su intervención, “Ciencia para la paz: conocer, comprender, convivir”, propuso un recorrido desde la historia de la psicología hasta sus implicaciones éticas contemporáneas, articulado en torno a tres pilares que son también un programa.

Gutiérrez partió de una paradoja que la ciencia debe encarar sin evasiones: ha sido con demasiada frecuencia tanto parte de la solución como del problema. Las pruebas de inteligencia diseñadas para apoyar a niños en situación de vulnerabilidad derivaron en instrumentos de discriminación; los pesticidas que mejoraron la productividad agrícola produjeron a la vez contaminación y resistencia biológica. La ciencia no es neutral. De ahí la urgencia de volver sobre sus propias prácticas y sesgos.

Recorrió ejemplos reveladores: los estudios de Milgram y Zimbardo, durante décadas leídos como evidencia de que cualquier ser humano tiene potencial para el daño, merecen ser revisitados desde otro ángulo. En ambos experimentos había personas que resistían la orden de hacer daño. Esas personas –las que rompen el rol, las que desobedecen– son las que conviene estudiar con más detenimiento, porque pueden enseñarnos algo sobre la resistencia moral en tiempos de autoritarismo creciente. En el otro extremo, evocó los trabajos de Frans de Waal sobre reconciliación y sentido de justicia en primates: la cooperación y la empatía tienen raíces profundas en nuestra historia evolutiva. La naturaleza humana no es una condena.

Los tres pilares que propuso articulan un programa: conocer, mediante evidencia rigurosa sobre las causas del conflicto y las condiciones de la cooperación; comprender, contribuyendo a que las sociedades se vean a sí mismas con mayor claridad y que ese autoconocimiento informe las políticas; y convivir, promoviendo desde la diplomacia científica diálogos que trasciendan fronteras y reconociendo que la reputación, la gratitud y el vínculo social son resortes poderosos para la paz.

Voces para la paz: ciencia, educación, política, territorios

Moderada por Carrizo, la mesa de comentarios convocó a Rafael Radi, de la Academia Nacional de Ciencias; Zelmira May, especialista del sector Educación de la Oficina Regional Unesco Montevideo; Gabriel Quirici, director nacional de Educación, y el padre Mateo Méndez, director del Movimiento Minga, acompañado de decenas de jóvenes del proyecto presentes en la sala.

Radi identificó tres dimensiones del papel de la ciencia en la construcción de paz: su capacidad de generar una base común de datos para el diálogo; la existencia de colectivos científicos dedicados al estudio del conflicto y la cooperación –la teoría de juegos y su aplicación a la Guerra Fría como ejemplo–, y la responsabilidad comunicativa de los científicos, su obligación de “comunicar con esperanza los caminos posibles”. Propuso, además, una lectura dinámica de la paz, similar a la de la salud: no una condición estable, sino un proceso. Y señaló una tensión que la literatura documenta: los sectores con más poder tienden a definir la paz como armonía; los más vulnerables, como justicia. Si esos ideales son radicalmente distintos, la convergencia se vuelve muy difícil.

"Ciencia para la paz: conocer, comprender, convivir", el 29 de setiembre de 2025, en el Palacio Legislativo.

Foto: Natalia Rovira

May conectó la conferencia con el informe Delors de 1996 y sus cuatro pilares: aprender a ser, a saber, a hacer y a convivir. Treinta años después, el desafío sigue siendo cómo traducir esos principios en aprendizajes concretos. Recordó la Recomendación de la Unesco sobre Educación para la Paz (2023) como hoja de ruta subutilizada: tiene potencial transformador, pero el tránsito desde los grandes acuerdos hasta las acciones en el territorio sigue siendo un dique no resuelto. Los organismos internacionales, señaló, tienen la responsabilidad de articular mejor los mundos del conocimiento, la política y la práctica cotidiana.

Además de director nacional de Educación, Quirici es profesor de Historia. Comenzó señalando que, para construir la paz, desde la educación se debe tratar de encontrar una vida digna para cada persona de la sociedad. Identificó una deuda estructural: la escasa circulación de reflexión pedagógica entre quienes toman decisiones y quienes trabajan en el aula. Propuso incorporar la temporalidad histórica y el humanismo como advertencia a los esencialismos y avanzar en la comprensión de la multicausalidad de los fenómenos y el comportamiento social. En ese mismo sentido, señaló la empatía como genuina herramienta pedagógica y clave de una sensibilidad humanista universal.

Presentó experiencias concretas –la de niñas y adolescentes en el programa +Mujer en Ciencia en los clubes de ciencia de Lavalleja y Rocha; los Centros Educativos de Capacitación, Arte y Producción (Cecap) de la Dirección Nacional de Educación para la reinserción educativa; el acuerdo con el gobierno de Corea para equipar los Cecap con Ceilab y tecnología de punta– como ejemplos de que es posible articular lo más avanzado del conocimiento con los entornos de mayor vulnerabilidad. Y lanzó un llamado: Uruguay tiene la tradición y el potencial para encarar “misiones pedagógicas del siglo XXI” que garanticen que la educación llegue a quienes más la necesitan, con más tiempo, más escucha y más experiencias integrales.

El padre Mateo Méndez habló con la autoridad de quien trabaja a diario con jóvenes en condiciones de extrema precariedad. Describió el Movimiento Minga como un espacio donde el punto de partida no es lo que la institución tiene para ofrecer, sino la pregunta “¿Tú qué querés hacer con tu vida?”. La escucha genuina es la primera condición de cualquier pedagogía de la paz. Y fue contundente sobre los límites de esa pedagogía cuando faltan condiciones materiales básicas: “Para nosotros hay temas que son de ayer: el tema de la vivienda”. Su testimonio, marcado por la memoria de su propia infancia en condiciones de pobreza extrema, desplazó el debate desde lo conceptual hacia lo urgente: la cultura de paz no puede edificarse sobre la indignidad cotidiana.

La palabra de la vicepresidenta

El cierre estuvo a cargo de Carolina Cosse, vicepresidenta de la República y presidenta de la Asamblea General. Habló de “mundos paralelos” que coexisten en la realidad uruguaya y que no siempre se conocen: el mundo de la ciencia, el de las políticas públicas, el de los jóvenes del Movimiento Minga que no tienen baño ni calzado. “A uno de esos mundos nunca le va a ir bien negando al otro”. Reivindicó la educación pública como “la joya de la historia de Uruguay” e instó a forzarse a ir de un plano al otro, a abandonar zonas de comodidad. Su mensaje central fue una apuesta por la conversación: conversar más, no evitar ningún tema, tener paciencia con el otro y “devolverle el valor a la palabra”.

Una apertura que es también una promesa

El acto de lanzamiento dejó instaladas varias tensiones productivas que el ciclo 2025 buscaría explorar: entre ciencia y territorio, entre grandes documentos y prácticas concretas, entre paz como armonía y paz como justicia. Pero también dejó algo más: la certeza de que vale la pena el esfuerzo. Como recordó Gutiérrez al final de su conferencia, los científicos son persistentes y les atraen los problemas difíciles. Y construir una cultura de paz, en 2025, es sin duda el más difícil y el más necesario.

Ver las otras notas de la segunda edición del suplemento Pensar complejidad

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