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Biblioteca del Penal de Libertad.

Foto: S/d de autor

Estudiantes del Penal de Libertad impulsaron la primera biblioteca universitaria del sistema penitenciario uruguayo

Estanterías con materiales de estudio, libros, una computadora y un pequeño sector de cafetería ocupan hoy el lugar donde antes había un calabozo de aislamiento.

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Hasta 2022, el espacio donde hoy funciona la biblioteca era un sector destinado al aislamiento dentro de la Unidad 3, conocida como Penal de Libertad, del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR). Cuando se inauguró el centro universitario, dos de esos antiguos calabozos fueron transformados en salones de clase. El tercero permaneció sin uso hasta que los propios estudiantes impulsaron una nueva idea: convertirlo en una biblioteca y un espacio de encuentro.

La iniciativa no buscaba solamente recuperar un espacio en desuso, sino ampliar el centro universitario dentro de la unidad. La posibilidad de sumar ese lugar permitió proyectar una biblioteca que, además de ofrecer más lugar para estudiar, buscó organizar los materiales de estudio disponibles y facilitar su acceso. El proyecto fue presentado en junio de 2024 y, según contaron los estudiantes, recibió la aprobación en octubre del año siguiente. Las obras comenzaron finalmente en enero de 2026.

A partir de abril, docentes y estudiantes de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República (Udelar) se incorporaron al proyecto para acompañar el diseño de la biblioteca, colaborar en la organización de los materiales y aportar herramientas vinculadas a la bibliotecología y la comunicación.

Para llevar adelante la transformación del espacio, los estudiantes contaron con el apoyo de otras personas privadas de libertad que aportaron sus conocimientos y oficios. Un maestro albañil estuvo a cargo de las principales obras de remodelación: se retiró la antigua puerta del calabozo, se instalaron ventanas, se colocó un nuevo piso, se pintaron las paredes y se construyó un pasaplatos.

La intervención también alcanzó el exterior de la biblioteca. Sobre la fachada, una persona privada de libertad que colaboró con el proyecto pintó el logo de la Udelar y una composición que resume el sentido de la transformación: un candado, una flecha y un libro acompañan la frase “De un espacio pensado para aislar, a un espacio pensado para encontrarse”.

El miércoles 29 de julio, luego de varios meses de trabajo, el espacio quedó terminado y fue inaugurado. Actualmente reúne materiales de estudio, libros de lectura recreativa y juegos de mesa organizados en estantes de madera e identificados por temáticas para facilitar su consulta.

Para uno de los estudiantes del centro universitario, la posibilidad de transformar ese espacio parecía “fantasiosa”. Explica que, en un contexto donde cualquier modificación requiere autorizaciones y el ingreso de materiales atraviesa restricciones, imaginar una biblioteca parecía más un deseo que una posibilidad concreta. Sin embargo, sostiene que el proyecto avanzó gracias a la “decisión, voluntad y perseverancia” de quienes insistieron hasta hacerlo realidad.

Durante el acto de apertura, docentes, estudiantes, autoridades de la Udelar y del INR se reunieron frente a la puerta de la biblioteca. La actividad fue conducida por dos estudiantes que cursan carreras universitarias en la unidad y recordaron el camino recorrido desde la presentación de la iniciativa: “16 meses de insistir” hasta obtener la autorización que permitió convertir la idea en realidad.

Además, plantearon una nueva iniciativa para continuar ampliando el espacio del centro universitario mediante la creación de una huerta en un espacio verde ubicado al costado de la biblioteca. La propuesta busca continuar un proceso que, según plantearon los propios estudiantes, no termina con esta inauguración.

“Una biblioteca es un puente, es una forma de poder ir hacia otros lugares”, afirmó el prorrector de Enseñanza de la Udelar, Pablo Martinis. Estos espacios, sostuvo, permiten “mirar más lejos” y descubrir otros lugares y posibilidades, incluso cuando las personas no pueden trasladarse físicamente.

La transformación del lugar también fue destacada por el decano de la Facultad de Información y Comunicación, Federico Beltramelli, quien señaló que los espacios deben pensarse en relación con las experiencias que allí se construyen. “Estamos en un espacio-tiempo que fue transformado desde un espacio de encierro a un espacio de apertura”, expresó. En esa línea, sostuvo que las bibliotecas son “una condición de mundos posibles”, por las oportunidades que habilitan a través de la lectura y el encuentro con otros.

La directora del INR, Ana Juanche, destacó el rol de los estudiantes privados de libertad en el impulso de la iniciativa y valoró su capacidad para convocar a la Udelar, al INR y a otros actores para concretar el proyecto. Además, señaló que la biblioteca fue posible gracias al trabajo conjunto entre ambas instituciones y reconoció que ese proceso implicó adaptar formas de trabajo entre organismos con lógicas de funcionamiento diferentes. En ese sentido, sostuvo que el INR tiene “normas todavía bastante rígidas” que “de a poquito vamos modificando”.

Para Juanche, este tipo de iniciativas muestran la importancia de que las instituciones pongan a las personas en el centro y representan “un paso adelante en materializar la democracia”.

Según cuentan los estudiantes, la biblioteca no fue pensada únicamente para quienes actualmente cursan una carrera universitaria. La intención, explican, es que también pueda ser utilizada por otras personas privadas de libertad, tanto por quienes estudian como por quienes no lo hacen.

Más que la transformación de un antiguo calabozo, ven en la biblioteca otra manera de pensar el lugar que habitan y de abrir oportunidades para quienes lleguen después. Para uno de ellos, ese cambio comienza “cuando uno llega a pensar más allá de la reja”.

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