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Foto: Federico Gutiérrez

“Las herramientas para frenar el neofascismo están en el feminismo”: Luciana Peker dibuja un mapa de la extrema derecha global en La odiocracia

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La periodista argentina especializada en género conversó con la diaria sobre su nuevo libro, en el que expone las alianzas de esta “nueva internacional del odio” y disecciona por qué ya es un “sistema constituido” que tiene a los feminismos como principal enemigo.

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“Lo único más poderoso que el odio es el amor”, dijo Bad Bunny hace unos días después de ganar un Grammy, y la frase se convirtió rápidamente en la bandera de quienes condenan las políticas, discursos y crímenes de odio que avanzan en distintas partes del mundo contra las mujeres, disidencias, migrantes, personas afro e indígenas, en una lista más larga, encarnada por poblaciones históricamente vulneradas en sus derechos. Al frente de esa cruzada están los representantes de una extrema derecha global que hoy tiene como máximos exponentes a Javier Milei, Donald Trump y Elon Musk, quienes forman parte de lo que la periodista argentina Luciana Peker define como una “nueva internacional del odio” en su nuevo libro La odiocracia: al fondo a la derecha, publicado la semana pasada por la editorial española Libros del KO.

La referente del periodismo de género escribió sobre el odio después de dedicarle tres libros al amor. La decisión está bien fundamentada. “Más allá de dignísimas excepciones, desde los investigadores hasta el periodismo, en todos lados volvió a haber una mirada casi exclusivamente masculina también para explicar lo que les hacen a las mujeres. Y yo creo que es imposible analizar el fenómeno de la extrema derecha sin las mujeres”, dice Peker a la diaria. En ese sentido, para ella, escribir este libro era “ineludible”, “casi como respirar”.

Lo dice del otro lado de la pantalla, en España, donde está exiliada desde fines de 2023, después de vivir amenazas y una campaña de hostigamiento llevada a cabo por personas vinculadas a la extrema derecha en Argentina. Desde ese punto de vista, La odiocracia también surge como una respuesta a ese odio que vivió en carne propia.

A lo largo de 200 páginas, Peker ata cabos, expone alianzas y desnuda cómo funciona este nuevo “sistema de odio” mundial, protagonizado por varones poderosos que, ya sea al frente de gobiernos autoritarios o como emblemas del “tecnofascismo”, están unidos –entre otras cosas– por el ensañamiento con los logros del movimiento feminista, que consideran su “enemigo principal”. En este escenario adverso, la escritora deja planteada una certeza: que “la única tensión masiva, democrática, global, popular contra el capitalismo violento, misógino y autoritario es la construcción feminista”. De todo esto conversó con la diaria.

En el libro hablás de “odiocracia” como un “nuevo sistema de odio global”. ¿Qué lo caracteriza?

Con odiocracia lo que quiero decir es que la democracia sigue funcionando en algunos lugares más que en otros, y funciona más allá de que [los ultraderechistas] estén en el poder o no. Para ponerlo situado en Uruguay, por ejemplo, cuando hay organizaciones como Varones Unidos, esa odiocracia funciona igual aunque no estén en el poder, y entonces se lo llama “la internacional reaccionaria”. No es lo mismo que estén en el poder o que no estén, y eso se siente, se ve y se transmite: cuando llegan al poder y tienen el contrapoder y el poder del Estado, se produce una hegemonía irrespirable. Se llama odiocracia porque hoy ya es un sistema constituido y es más fuerte la política de odiar al otro que la virtud de sistemas donde existen la solidaridad, la cooperación, el Estado presente, la ayuda mutua, los lazos sociales.

Indudablemente, para mí, hay una repetición histórica y un lazo con las dictaduras en el Cono Sur. Además, las extremas derechas están súper organizadas. De hecho, creo que el único movimiento social con ese nivel de organización transnacional es el feminismo, pero que obviamente, al ser el gran enemigo de esta internacional reaccionaria, y ante una cooperación internacional que le soltó la mano, pierde esa capacidad de unidad transnacional.

¿Te parece que, frente a este ataque de la extrema derecha a los feminismos, hoy estamos ante la derrota de los feminismos? ¿O no hablarías en esos términos?

El único actor social que fue capaz de enfrentar este neofascismo fue el feminismo, el feminismo popular, y muy especialmente el feminismo latinoamericano, con una construcción de encuentros, interseccional, potente, pujante. La extrema derecha, al tomarlo como enemigo, en países que además están empobrecidos, endeudados, con crisis, con inseguridad, claramente hace que se produzca un debilitamiento. Después, dentro de los feminismos se tendría que haber apelado más a la solidaridad; esta idea de que “tocan a una y tocan a todas” no fue cierta, se soltó la mano.

El tema es que la violencia no es inocua, genera efectos, y evidentemente estamos ante un momento de estos efectos, en donde el ataque de este neofascismo a los feminismos tiene consecuencias muy claras, y eso es el retroceso de los feminismos. Es cierto que puede ser angustiante hablarlo, pero, si lo esquivamos, no es cierto que lo evitemos. La única manera de sobrepasar esto es tener muy claro dónde estamos paradas para tomar mejores estrategias. Creo que, en este momento, la única salida es con los feminismos, ya no los feminismos solos: son los feminismos y los movimientos sociales. El ataque de Trump a los migrantes muestra que no hay posibilidad de que seamos solo las mujeres y las disidencias, y ahí se presentan dos desafíos: un feminismo que pueda ser más inclusivo y articular con movimientos sociales y con varones –varones que dejen de hacer alianza con los varones de extrema derecha y puedan entender las interpelaciones del feminismo–; y las herramientas que hay de cooperación internacional y de gobiernos democráticos dejando de temblar, dudar y sacar el cuerpo para realmente volver a fortalecer a quienes hoy pueden constituir un parate a este avance del neofascismo.

El panorama es muy desafiante y es un escenario preocupante, eso no se puede soslayar. Entonces, no es que creo que hoy el feminismo está fuerte, sino que veo un retroceso súper amplio. Ahora, las herramientas para frenar el neofascismo están en el feminismo. Lo que necesitamos es más apoyo de organizaciones externas y más apoyo entre nosotras.

Los principales exponentes de esta “internacional del odio” parten de una ideología común, pero, más allá de que sus tentáculos se extiendan por el mundo, ejercen su poder en los distintos países donde gobiernan (o militan o tienen las sedes de sus empresas). Decís en el libro: “La derecha en Europa es light salvo para los migrantes y la derecha en América Latina es dark para todos”. ¿Por qué es importante hacer esta diferenciación?

Lo que intento hacer en el libro es trasladar una visión, que por supuesto es feminista y es actual, de la pregunta: ¿qué hubiera hecho Eduardo Galeano con todo esto? Hay que volver a pensar como pensó Galeano Las venas abiertas de América Latina y escribir como él, más allá de su talento y de sus particularidades, en el sentido de pensarnos desde el sur, desde las diferencias de América Latina con el norte. Creo que hay un lazo absoluto entre Galeano y Bad Bunny nombrando a todos los países de América Latina en el Super Bowl. En ese sentido, es esencial entender que acá hay un fenómeno global de odio que impacta en todo el mundo, pero ese impacto es muy diferencial en América Latina. Primero, esta teoría Donroe –la teoría Monroe de Donald–, “América para los americanos”, “América somos todos”, que era una obsesión de Galeano. Y hay también otra explicación de Galeano que yo agiorno al feminismo: donde hay más riqueza en la construcción cultural de estos últimos años, que es en el feminismo, hoy hay más saqueo, y el saqueo es por la violencia y por el extractivismo puro de sacar los logros para apropiárselos.

La extrema derecha está en todo el mundo y es extremadamente peligrosa para todos los países, pero en América Latina es mucho más peligrosa, y si el Plan Cóndor en Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay tuvo algo tan tremendo en las violaciones a los derechos humanos, las torturas, las desapariciones y planes sistemáticos contra la economía de los países, hoy que Scott Bessent [secretario del Tesoro de Estados Unidos] diga directamente que prestaban plata a través de este mecanismo de “swap”, de cambio de monedas, para que sea un eje central en la conquista territorial de una derecha sobre toda América Latina, que era el lugar estratégico… realmente hoy ya no es el patio trasero, es el baño trasero y un Trump imperial que va por todo hacia ese objetivo.

¿Qué se cocina en el laboratorio de la extrema derecha de Argentina?

El laboratorio de extrema derecha de Argentina es el más peligroso de todos, porque es una muestra de que se disciplina a un país que había tenido una trayectoria de rebeldía y de protesta, donde se pudo vencer al feminismo, donde se pudo ejercer un castigo económico, donde se pudo interferir directamente con las democracias y donde la jurisprudencia en derechos humanos, más allá de que la siga teniendo con los genocidas, incluso en Argentina, ya es un mundo donde no se puede hablar de derechos humanos. En ese sentido creo que es el laboratorio más extremo de esta extrema derecha, y que tiene ya repercusiones en el ámbito internacional y muy especialmente en América Latina.

Por supuesto, considero que la experiencia de [Nayib] Bukele en El Salvador es terrorífica y que generó en América Central un régimen autoritario plenamente; en Guatemala el corte del acceso de un gobierno electo por el pueblo como el de Bernardo Arévalo lo que hizo fue que ya no importa cómo llegar al poder; en Perú ponen a una presidenta que no fue electa; y de eso no se vuelve. Pero Argentina es el más peligroso de todos porque es el país que logró los juicios tanto a las juntas militares en 1985 como después, que tiene hoy todavía 1.200 condenados por delitos de lesa humanidad, y donde, por ejemplo, está condenada la obediencia debida. Es el país donde se avanzó mucho más allá que Nuremberg en las condenas a los genocidas y en la práctica de derechos humanos. Por otro lado, es un país que indudablemente fue el motor de lo que llamamos la cuarta ola feminista a partir del Ni Una Menos en 2015, y que no es un feminismo de una agenda chiquita, sino un feminismo popular, político, politizado, hijo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Un país donde la deuda externa hace muchos años que limita la democracia, pero donde ahora el Fondo Monetario Internacional pone directamente el PIN y donde Estados Unidos por primera vez está diciendo “intervenimos la economía para generar un resultado electoral”, que es algo que viola todas las pautas de autonomía. Lo hicieron con Argentina y ahora lo hacen en Honduras. Después viene la intervención a Venezuela y ahora la intervención a Cuba, que no tiene que ver con las discusiones sobre autoritarismo y democracia, sino fuera de toda humanidad, con Marco Rubio como capo mafioso de esta ruptura del orden internacional.

Tus últimos libros fueron un análisis feminista del amor y los vínculos sexoafectivos que queremos (las mujeres y disidencias) en estos tiempos –¿El amor es o se hace? (2023), Sexteame: amor y sexo en la era de las mujeres deseantes (2020), Putita golosa. Por un feminismo del goce (2018)–. Este se enfoca en el odio (que promueven los líderes de la ultraderecha global). ¿Por qué das este giro?

Es importante entender que nosotras interpelamos el amor y el sexo. Y la reacción de la odiocracia es una reacción de odio misógino, en lo económico, en lo político, pero también a la posición de disfrute sexual y al cuestionamiento de la violencia, de la desigualdad en las tareas de cuidado, de la desigualdad económica, etcétera. Eso me parece central, porque nosotras proponíamos modos amorosos que si bien cuestionan las reglas machistas sobre el amor y el sexo, eran desde un lugar de interés; queríamos deconstruir el amor y el sexo para reconstruir el amor y el sexo. Era en términos de ruptura con los códigos anteriores, pero no de ruptura de los lazos amorosos y sexuales. El odio es una respuesta y una contestación a esos cuestionamientos feministas sobre el amor y el sexo.

En el libro decís que los líderes ultraderechistas toman las conquistas feministas –por ejemplo, de la libertad sexual– para satisfacer sus intereses, al mismo tiempo que buscan coartar esos derechos para las mujeres y disidencias. Mencionás los casos Musk y Milei, que promueven el conservadurismo amoroso y modelos de familia que ellos no representan. ¿Por qué alguien como Milei, que no está casado y no tiene hijos, puede promover impunemente que las mujeres tienen que casarse, tener hijos y que no pueden abortar?

Que te hable del problema de la tasa de natalidad un señor que en su vida cambió un pañal, acompañó a una sobrina a la plaza, se casó o lavó el plato de alguien es paradójico. Tiene algo de la burla que es asumido como natural, pero que genera un choque, y ahí hay una apropiación de todos los derechos del feminismo. Antes, Carlos Saúl [Menem] se tenía que casar para poder ser presidente. Raúl Alfonsín tenía una amante de toda la vida, pero tenía que mostrarse casado. François Mitterrand tenía una hija extramatrimonial que recién se conoció el día de su entierro. Los hombres tenían el peso del patriarcado y los beneficios del patriarcado. Ahora tienen los beneficios de un extrapatriarcado –porque es un patriarcado odiante, violento, virulento para con las mujeres y las diversidades– y tienen los beneficios de que ya no tienen que dar ninguna respuesta al patriarcado. Esos beneficios no cayeron solos, los conseguimos nosotras. Hoy una persona que no tiene hijos puede ejercer un rol de poder; está perfecto. Pero los hombres pueden hacer eso. Las mujeres no. No pueden llegar al poder, si llegan son mucho más cuestionadas y no tienen esa libertad. Entonces, hay un aprovechamiento de los derechos que flexibilizaron los estereotipos de género y en ese aprovechamiento además hay un ensañamiento contra las que conseguimos esos derechos. Hay algo de apropiarse de los derechos que les abren el juego a otras maneras masculinas de ejercer el poder, pero de usar ese poder contra los feminismos y las disidencias.

¿Creés que la odiocracia es un ciclo más en la historia, o llegó para quedarse?

Más que asegurar que no va a terminar, creo que podemos terminar con la odiocracia, no me parece que sea imbatible. Sí creo que tenemos que recurrir a nuestras mejores herramientas y que no podemos las feministas solas; necesitamos de organizaciones, del sindicalismo, de los movimientos de pueblos originarios, del ecologismo, de los movimientos sociales. Necesitamos alianzas. Esto es algo muy poderoso, es algo de otro orden que no es similar a lo que hemos vivido antes. No es la derecha clásica, no es una alternancia electoral, no es algo a lo que estemos acostumbrados. No creo que sea imbatible y, como muestra también Benito [Bad Bunny], hay forma de contestarle. Tenemos que buscar qué, cómo y además no tenemos que tener miedo de equivocarnos, porque no hay un camino seguro sobre un escenario nuevo. Es muy importante eso: no importa equivocarnos, importa hacer algo. En principio, que esto pase en el segundo mandato de Trump, después de ganar el primero, muestra que llegan, muestra que vuelven, muestra que no se quieren ir, muestra que Trump se va y genera una Corte Suprema donde se deroga el aborto, más allá de que no estaba en el poder. Es decir, no es un fenómeno electoral.

Yo digo que esto no es polarización, sino paralización, porque además la polarización requiere una estructura democrática para polarizar. La oligarquía es totalitaria, actúa como si tuviera el 90% de los votos, no como si tuviera el 51%. Además, se produce un anestesiamiento social, un miedo, en donde son posibles las reelecciones, y a su vez ya no es un poder local: la fuerza de Trump es un cóndor que viene a decirte “mirá, acá yo voy a ayudar a Milei y no voy a ayudar a [Axel] Kicillof” [en referencia a las declaraciones del presidente estadounidense antes de la elecciones legislativas de octubre], pero no es una sugerencia, es autoritarismo y la gente se entrega a eso. Entonces, son posibles las reelecciones aunque la gente la esté pasando mal. Hay un secuestro de la voluntad popular, porque hay una amenaza frente a ese secuestro, y entonces se pueden dar reelecciones, se puede dar una continuidad, se puede dar un marco regional en el que es muy difícil desenvolverse fuera de esa trama. Hoy, ¿cómo se desenvuelve Uruguay fuera de la trama que está dando esta alianza de países de ultraderecha que quiere Milei? ¿Qué puede hacer un solo país? ¿Qué pasaría si deja de estar Lula, que tiene 80 años y que es un líder al que Trump quiere voltear a toda costa? ¿Qué pasa si se cae Colombia? ¿Cómo se actúa? Entonces, no son imbatibles, pero se requiere otro análisis y otra capacidad de confrontar con lo que está pasando.

Vos sos una víctima directa del odio que promueve la ultraderecha, tanto es así que tuviste que dejar tu país y exiliarte en España debido a las amenazas que recibiste. ¿Este libro es, de alguna forma, tu respuesta de resistencia?

Es una respuesta. De hecho, sentí que volví a vivir cuando pudo salir el libro y lo sentí de una manera muy física, muy orgánica, muy real. Primero porque tengo 52 años y escribo periodismo de género desde los 22, entonces escribir es mi propia vida. Hay algo de que te silencien que es que realmente se apaga tu existencia. Pero además porque creo que es algo ineludible y que estos mecanismos, que son muy perversos, en donde todos nos callamos –porque exponerse tiene tantos costos–, generan un adormecimiento que es casi como una depresión colectiva, en donde se deja de respirar. De hecho, me pasó que en la presentación del libro, con [las periodistas] Gabriela Wiener y Andrea Aldana, cuando leíamos en voz alta, solamente escuchar que las personas que hoy tienen poder sobre nosotros están puestas en falta, en ridículo, controvertidas por nuestra propia letra, por nuestra voz, es una sensación... Porque vos no le vas a ganar nunca a Musk con un libro, pero hay una sensación de que, fuera de su cancha, volvés a ser alguien vital, porque hoy también la idea de perder o ganar está puesta muy en lo electoral y creo que lo que se está perdiendo es la resistencia cultural, a la que a mí me gusta decirle ahora reexistencia, porque no es solo resistir, pero sí es defender. Y no es poco: está bien ir a la defensa, ir al arco, atajar los penales. No podemos decir “estamos goleando”, pero sí creo que, a pesar de que incluso los diagnósticos sean angustiantes, la capacidad de volver a hablar y de escucharnos es de revitalización. Y, sí, para mí fue una manera de contestar. Creo que cuando te atacan sos víctima, pero no quedarte en el lugar de la victimización es escribir y tomar de vuelta la voz y el poder sobre tu propia historia y sobre la historia colectiva.

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